Francisco, los pobres y la economía

Por Daniel V. González

Papa francisco I - bergoglio 001Desde el inicio mismo de su papado, Francisco ha expresado su preocupación por los pobres. Su nombre ha sido tomado de San Francisco de Asís, como para no dejar dudas acerca de la intención y voluntad de poner en un primer plano a quienes sufren por su condición social, por haber quedado en los márgenes de la economía sin mayores perspectivas de mejoría inmediata.

La situación de los más carenciados ha sido una preocupación constante de la Iglesia que, a través de su Doctrina Social, ha ido fijando posiciones sobre la situación del mundo, de la economía, de los trabajadores y de los pobres. El corpus de esa doctrina parte de la Encíclica Rerum Novarum (León XIII, 1891) y se desarrolla a lo largo de más de un siglo hasta la Encíclica Caritas in veritate (Caridad en la verdad), de 2009 debida a Benedicto XVI. A lo largo de todos estos años la Iglesia ha ido modificando y adaptando sus puntos de vista a la cambiante realidad económica mundial. A los cuarenta años de la Rerum Novarum, en su octogésimo aniversario y luego al cumplir un siglo, nuevas Encíclicas han tenido en cuenta las nuevas realidades y esto ha significado puntos de vista actualizados que contemplan e intentan explicar los fenómenos económicos y sociales en su evolución permanente.

Este proceso de adaptación de las ideas a las nuevas situaciones sociales y económicas es explicado por la propia Iglesia en estos términos:



“No hay dos tipos de doctrina social, una preconciliar y otra postconciliar, diferentes entre sí, sino una única enseñanza, coherente y al mismo tiempo siempre nueva. Es justo señalar las peculiaridades de una u otra Encíclica, de la enseñanza de uno u otro Pontífice, pero sin perder nunca de vista la coherencia de todo el corpus doctrinal en su conjunto. Coherencia no significa sistema cerrado, sino más bien la fidelidad dinámica a una luz recibida”.

A diferencia de muchos sociólogos, economistas y corrientes de pensamiento que adoptan un punto de vista y lo mantienen sin modificaciones a lo largo del tiempo, la Iglesia siempre transita un proceso consciente de ajuste de sus propias ideas a través de las cuales intenta vincularse al mundo real y ser una expresión antigua pero lozana de las percepciones, anhelos y esperanzas de sus fieles. De este modo, la Iglesia se aparta de los peligros del dogmatismo y el anacronismo. El análisis permanente de la realidad y su mirada carente de rechazos ideológicos establecidos a priori, le permiten el remozamiento periódico y permanente de sus puntos de vista que siempre son formulados con gran solidez conceptual y agudeza expositiva.

Repasaremos algunas definiciones recientes de la Iglesia para luego tratar de establecer los vínculos y diferencias con el primer texto publicado por Francisco, la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, hecho conocer en noviembre pasado.

La nueva economía

Publicado en 2005, en las postrimerías del papado de Juan Pablo II, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se basa en las Encíclicas y otros documentos y avanza hacia definiciones muy precisas sobre los temas más calientes de la economía actual: mercado, participación del estado, globalización, pobreza, etcétera.

El texto contiene definiciones claras y contundentes acerca del rol del libre mercado:

“El libre mercado es una institución socialmente importante por su capacidad de garantizar resultados eficientes en la producción de bienes y servicios. Históricamente, el mercado ha dado prueba de saber iniciar y sostener a largo plazo, el desarrollo económico. Existen buenas razones para retener que, en muchas circunstancias, ‘el libre mercado sea el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades’. La doctrina social de la Iglesia aprecia las seguras ventajas que ofrecen los mecanismos del libre mercado, tanto para utilizar mejor los recursos, como para agilizar el intercambio de productos: estos mecanismos, ‘sobre todo, dan la primacía a la voluntad y a las preferencias de la persona que en el contrato, se confrontan con las de otras personas’.”

Más adelante, agrega:

“Un mercado verdaderamente competitivo es un instrumento eficaz para conseguir importantes objetivos de justicia: moderar los excesos de ganancia de las empresas; responder a las exigencias de los consumidores; realizar una mejor utilización y ahorro de los recursos; premiar los esfuerzos empresariales y la habilidad de innovación; hacer circular la información, de modo que realmente se pueda comparar y adquirir los productos en un contexto de sana competencia”.

Estas claras definiciones sobre el valor económico e incluso social de la libertad de mercados, no impide que más adelante el documento formule algunos cuestionamientos y advertencias:

“Cuando realiza las importantes funciones antes recordadas, el libre mercado se orienta al bien común y al desarrollo integral del hombre, mientras que la inversión de la relación entre medios y fines puede hacerlo degenerar en una institución inhumana y alienante, con repercusiones incontrolables”.

Y más adelante, señala los riesgos de una “idolatría del mercado”.

De todos modos, estas advertencias y puntualizaciones sobre los excesos y abusos a que puede llevar el libre mercado, de ninguna manera opacan la claridad, ni la precisión, ni los énfasis con los que el documento define el aporte de la libertad de mercados al crecimiento económico, al desarrollo tecnológico y al bienestar social.

Estas ideas se refuerzan aún más cuando se refiere a la acción del estado. Veamos:

“La acción del Estado y de los demás poderes públicos debe conformarse al principio de subsidiaridad y crear situaciones favorables al libre ejercicio de la actividad económica; debe también inspirarse en el principio de solidaridad y establecer los límites a la autonomía de las partes para defender a la más débil. La solidaridad sin subsidiaridad puede degenerar fácilmente en asistencialismo, mientras que la subsidiaridad sin solidaridad corre el peligro de alimentar formas de localismo egoísta. Para respetar estos dos principios fundamentales, la intervención del Estado en ámbito económico no debe ser ni ilimitada, ni insuficiente, sino proporcionada a las exigencias reales de la sociedad: « El Estado tiene el deber de secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis. El Estado tiene, además, el derecho a intervenir, cuando situaciones particulares de monopolio creen rémoras u obstáculos al desarrollo. Pero, aparte de estas incumbencias de armonización y dirección del desarrollo, el Estado puede ejercer funciones de suplencia en situaciones excepcionales ».

Las definiciones son de una gran precisión y no dejan margen para la duda acerca del pensamiento de la Iglesia. Aún cuando relativiza y previene sobre los fundamentalismos de mercado y la ausencia de solidaridad, una mirada completa de estos textos nos habla de una revalorización que con el paso de los años la Iglesia ha realizado acerca del rol del mercado y el estado en la economía y en la vida social.

Seguramente en este afinamiento de sus posiciones y este enderezamiento hacia el reconocimiento del mercado, mucho han tenido que ver los notables cambios ocurridos en la economía mundial durante los años ochenta y muy especialmente el hundimiento del mundo socialista liderado por la Unión Soviética.

Estos cambios, a los que hay que agregar la reformulación de la economía de China y su impacto en la economía mundial, con claros beneficios para los países emergentes, han mostrado las ventajas indudables del mercado sobre la severa planificación estatal de las economías, instancia empobrecedora que debió ser abandonada por ineficaz y empobrecedora.

Para no dejar lugar a dudas acerca del rol que se le adjudica al estado en la economía, el documento dice:

En cualquier caso, la intervención pública deberá atenerse a criterios de equidad, racionalidad y eficiencia, sin sustituir la acción de los particulares, contrariando su derecho a la libertad de iniciativa económica. El Estado, en este caso, resulta nocivo para la sociedad: una intervención directa demasiado amplia termina por anular la responsabilidad de los ciudadanos y produce un aumento excesivo de los aparatos públicos, guiados más por lógicas burocráticas que por el objetivo de satisfacer las necesidades de las personas.”

En términos similares se pronuncia acerca de los beneficios del comercio internacional y la globalización:

“El comercio representa un componente fundamental de las relaciones económicas internacionales, contribuyendo de manera determinante a la especialización productiva y al crecimiento económico de los diversos países. Hoy, más que nunca, el comercio internacional, si se orienta oportunamente, promueve el desarrollo y es capaz de crear nuevas fuentes de trabajo y suministrar recursos útiles”.

Este Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia es el documento más actualizado y con definiciones más claras sobre temas cruciales de la economía y la sociedad. Con estos antecedentes, Francisco hizo conocer algunos de sus puntos de vista en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. (Continuará)