Alegatos finales en el caso Petrone

La Cámara Décima del Crimen (Juan José Rojas Moresi, Eduardo Valdés y Juan Manuel Ugarte) escuchará hoy los alegatos de los defensores, del fiscal y de otros actores, en el juicio que debe dilucidar responsabilidades sobre la maniobra fraudulenta para usurpar un predio de 63 hectáreas a la vera de la autopista a Carlos Paz, propiedad de Susana Munist de Ruiz Orrico al momento de la estafa (2005).

El juicio ha sido largo en todos sus tramos: en el proceso de instrucción de ocho años y en la audiencia pública que se extendió casi cuatro meses y llevó al estrado a más de 40 testigos. Por esto e invocando el principio jurídico de “concentración” (valorado como pertinente por casi todas las partes), la Cámara habilitó la feria judicial de enero y dispuso que hoy se realicen los alegatos, reservando el jueves 9 de enero para dictar sentencia.
Trascendió que el ordenamiento acordado para los alegatos a favor y en contra de los seis imputados -y con uno de ellos que le da una expectabilidad especial, Jorge Petrone, dueño de la empresa Gama-, es el siguiente: Julio Loza, actor civil en la demanda de Munist de Ruiz Orrico; los fiscales Pablo Sironi y Enrique Gavier; Pedro Sacone, en representación de la Provincia; y finalmente los abogados de los seis imputados, anotándose para el cierre Marcelo Brito, defensor de Jorge Petrone.
“A confesión de partes, relevo de pruebas”. Esta sentencia popular es cierta menos para administrar justicia, que con siglos de ciencia jurídica no toma la confesión como prueba. Si hubiera sido de otra manera, la larga audiencia debiera haber terminado el mismo día que pidió declarar Diego Oxandaburu. Este imputado, con locuacidad y desenfado para hablar de sí mismo, hizo una larga exposición y después respondió preguntas, consignando detalles y minuciosas circunstancias del ardid que dejaron afuera a Petrone.
Aunque ciertamente la confesión no es prueba, su consistencia jurídica cambia si las circunstancias y los detalles al testimoniar son confirmados por otros testigos. La Cámara será finalmente la que valore estas coincidencias, pero el propio abogado defensor en el primer tramo del proceso (entre otros testimonios), Venancio Petito, pareció confirmar detalles mínimos del relato de Oxandaburu. Lo cierto es que este letrado (hijo de un ex vocal del Tribunal Superior) tal vez se sintió desobligado del secreto profesional en algunos tramos de su testimonio o que sus dichos no lesionaban esta obligación.

Lustig, un artista de la estafa

sopre byn
Diego Oxandaburu, uno de los imputados en la causa.

Victor Lustig fue un artista de la estafa, un hombre locuaz y culto que desplegó su singular talento a principios de siglo XX pero que consumó su opera prima en 1925. En plena recuperación de Europa de la Primera Guerra Mundial “vendió” la Torre Eiffel a un comprador de chatarra, luego de una gran puesta de escena ante media docena de encumbrados empresarios parisinos. El olfato de Lustig seleccionó como víctima a André Poisson, rico e inseguro, que no era parte de la élite de negocios de Francia y que con una operación de esta escala quería obtener reconocimiento
Luego de una astuta maniobra de convencimiento y simulando ser funcionario francés corrupto (algo siempre verosímil en cualquier latitud y tiempo), Lustig se hizo del millonario reembolso y también de una coima, partiendo de inmediato a Viena en compañía de su cómplice, Robert Tourbillon. La víctima ni siquiera lo denunció a la Policía para no ser objeto de la humillación pública. Entonado ante el doblete –estafa e impunidad- intentó un mes más tarde volver a vender, otra vez como chatarra, el símbolo de la exposición industrial de París de 1870, aunque no con el mismo resultado.
La estafa es un subproducto no deseado de la actividad económica. Córdoba tuvo también su propio Lustig, al menos si se toma como efectivamente certero el fallo condenatorio (8 años) de 1995 contra el dirigente radical, ya radiado de la escena política, Luis Medina Allende, sancionado por venderle el Buen Pastor en varios millones de dólares a un empresario alemán (Martín Thesing).
Por el “manual negro” de las maniobras estafatorias desfila una galería de personajes, que tienen como denominador común astucia, audacia y otras virtudes aplicadas a actividades nobles y también al crimen. Sin perjuicio de lo que decida hoy la Cámara Décima del Crimen, por el banquillo de este juicio han pasado algunos imputados que les cabe a la perfección estas características “lombrosianas”, de personas que se juegan a un solo golpe la fortuna o la cárcel, y que están en las antípodas de los que resuelven con tenacidad pero sin premuras llegar a la recompensa de un gran patrimonio.