La estrategia de la ausencia

Por Gonzalo Neidal

DYN95.JPGEs probable que la prolongada ausencia de la presidenta no se deba ni a las secuelas de su bajón postelectoral ni a la fatiga natural propia de toda gestión de gobierno. Seguramente se trata de una estudiada estrategia comunicacional prolijamente pensada y luego aconsejada por el equipo encargado de custodiar su imagen y preservarla de los ajetreos propios de la función presidencial.
El cierre del año no ha sido bueno para el gobierno. Primero, los saqueos. Después los cortes de energía. La reacción para los acontecimientos de los primeros días de diciembre fue el baile, caprichoso e inoportuno, de la fiesta por los 30 años de democracia. Ante los cortes de luz, en cambio, la respuesta fue la ausencia más completa. Sin tuits, sin mensaje presidencial de Navidad, sin declaraciones. Apenas si asomaron algunos de sus funcionarios y, por supuesto, el grupo de intelectuales oficialistas que se expresa a través de la nutrida y copiosa prensa pro gubernamental.
Pero la presidenta, ausente. Sin noticias suyas. Probablemente el cálculo consista en no permitir que su imagen quede asociada a la situación de padecimientos de la población. Familias sin luz durante largos días, comerciantes con pérdidas de sus mercaderías, cortes de agua, quema de cubiertas, manifestaciones en muchas esquinas de la Capital y del Gran Buenos Aires. Un panorama que naturalmente invita a esconderse en los apacibles fríos de El Calafate, que esta vez fue como nunca su “lugar en el mundo”.

2014, un año largo
Todas las advertencias y señalamientos realizados por distintos sectores acerca de las insuficiencias y errores de la política económica están cobrando realidad dramáticamente.
Quizá los dos temas más descollantes sean la inflación y la energía.
En el primer caso, ha sido el aumento desmesurado del gasto público lo que agotó los crecientes recursos del estado. No alcanzó el incremento de la presión tributaria hasta niveles récords. El gobierno, lejos de limitar los gastos, prefirió redoblar la apuesta y apelar a la emisión monetaria, con impacto en la inflación.
Todo ello comenzó a acentuarse tras la crisis con el campo. Fue una política dictada por la necesidad de recuperar los votos perdidos en 2009. Lo lograron, sin duda, pero a un costo formidable para el país, para los futuros gobiernos y también para la propia gestión actual, que ya enfrenta las consecuencias de tanto desmán populista.
No será fácil al gobierno parar la bola de nieve inflacionaria. A los bonos de fin de año se sumará pronto la ronda anual de paritarias en el que cada gremio pedirá aumentos teniendo en cuenta la inflación pasada y también la que se avecina, que se anuncia en una franja del 30/35% para todo el año. Estos aumentos a su vez no harán más que echar un nuevo balde de nafta sobre el proceso inflacionario en marcha, dando una nueva vuelta de tuerca a una situación que ya hemos vivido en el pasado y que, como sabemos, siempre termina en un sacudón importante de la economía.
La inflación estará en el centro de la escena del año que comienza. Y, con ella, los temas vinculados, como los subsidios que ya han comenzado a reducirse. Sin embargo, un ajuste más afinado de esta pesada carga sobre el presupuesto es resistido por el gobierno, que prefiere el camino más impersonal e indirecto de la emisión monetaria y la consiguiente e inevitable inflación que conlleva. De este modo, siempre existirá la posibilidad de echarle la culpa a las corporaciones por aumentar los precios en búsqueda de una ganancia mayor.

La energía, el otro gran tema
Que la Argentina haya pasado de ser exportador de combustibles a importador neto por unos 8.000 millones de dólares anuales, se debe a muchos factores. Pero el principal de ellos es la imprevisión oficial. Ninguna crisis estuvo más anunciada que ésta. La advertencia de los expertos fue unánime: íbamos camino a la pérdida del autoabastecimiento, con grandes costos para el país.
Y finalmente ocurrió. De repente, hace dos años, la presidenta aceptó el hecho aunque lo atribuyó al mayor consumo de la población y a la falta de inversión de las empresas concesionarias. Luego vino la estatización de YPF, los festejos y vítores. Pero el problema ya estaba instalado. Irremediablemente. Ahora nos queda la esperanza, al cabo de varios años, de que la explotación del yacimiento de Vaca Muerta (descubierto bajo la gestión de Repsol) nos salve de esta situación. Pero eso demanda inversiones cuantiosas que suponen la concurrencia del capital extranjero, que es reticente a invertir en el país por razones de inseguridad jurídica. La encerrona es importante y será la próxima gestión la que deba encargarse de este tema que constituye una fuerte hipoteca sobre el comercio exterior argentino, la disponibilidad de divisas y el costo de la energía para el consumo de la población.



La gran incógnita
Queda por ver, y 2014 será decisivo en ese sentido, si las consecuencias de estos desmanes serán pagados por este gobierno o si Cristina logrará pasarle al próximo el pesado costo del inevitable ajuste que se nos viene.
Al comienzo de este mandato, hace exactamente dos años, todo hacía pensar que resultaba inevitable que sea este gobierno quien pagara la factura. Por primera vez, se decía, le tocará al peronismo afrontar las consecuencias de sus propias políticas.
Pasados dos años, es evidente que el pronóstico no resultó equivocado pero también está claro que vía emisión monetaria, el gobierno evitó afrontar reducciones de gastos que parecían inminentes. Decidió tomar el camino de la Casa de Moneda, menos traumático en el corto plazo pero mucho más difícil de remover para las futuras gestiones.
Pero aún así, con estas postergaciones tramposas y dilatorias, la situación económica continúa agravándose. Y lo hace en el marco de un contexto mundial que parece haber superado tanto la crisis ecuménica de 2008 como el más reciente cimbronazo europeo, que incluyó a varios países (Grecia, Portugal, España, etc.) y que finalmente ya parece superado.
Es imprescindible que esta vez el proceso populista se desarrolle hasta el final con sus propios protagonistas. Que ningún sacudón político impida que sea Cristina Kirchner quien entregue el poder a su sucesor. Todos estamos ansiosos por ver cómo endereza el barco y lo lleva, intacto, hacia el puerto final de la sucesión presidencial.