Gato por liebre

Por Ricardo Cabrales
[email protected]

John_DigweedEn una acalorada tardecita en las postrimerías de 2013 una morocha sofisticada con acento porteño, consulta a un par de pibes en el Buen Pastor sobre un lugar para bailar ‘punchis’. Las discos están de despedida por el cierre del ciclo lectivo y con parsimonia, los chicos la envían directo al Facebook para dar con las fiestas de fin de año. -Eso sí, no pasan progressive, flaca- advierten con suspicacia.
La historia de la música electrónica cordobesa cuenta con sus hitos indeclinables: en 1993 el dúo Beat Cairo editaba el maxi single “Luna Mix” y un par de años después la banda de rock industrial San Emiliano contaría con los remixes de Andrés Oddone y Chelo Scotti, para su disco “Almasdebil”. El primero se convertiría en un referente esencial de la escena mediterránea y el segundo migraría hacia Hamburgo, como residente del emblemático club Golden Pudel.
Aunque el trabajo con medios electrónicos seguramente se remonta a varias décadas atrás, tal vez con las expediciones del Centro de Música Experimental de la UNC, la de pista de baile de vuelo rapaz, bien diferente a las fiestas multitudinarias tendría lugar en ámbitos privados como La Cantera, en Agua de Oro. La masificación de la movida con estéticas variopintas viviría su ebullición en consonancia con el estallido tardío de las raves de fin de siglo, atestadas de gente y con eximios selectores de moda arengando a un público embebido en psicodelia.
La escasez de sitios para tocar en esos años de vaciamiento cultural, pizza y champán con la resaca del pub obligando a las fiestas clandestinas; las visitas para generar intercambios con artistas de Alemania propiciadas por el Goethe-Institut y el ávido director Christoph Bertrams; los ciclos de DJs + músicos del Centro Cultural España Córdoba; el brillo de La Sala y Hangar 18 en el ex Abasto, generaron un circuito que nada tuvo para envidiarle a la Buenos Aires que todo lo ve. Teníamos todos los sonidos al alcance de la pista: tecno, house, trance, acid house, trip hop, minimal, progressive…
Los sucesos de diciembre 2001 afectaron a la escena en sus hábitos de consumo: de las pastillas de éxtasis y cartones de LSD baratos, la cocaína se apoderó de la pista en virtud de precio y decadencia, perdiendo viaje y ese tamiz de amor y paz en todos lados. En otra vereda diferente, la crisis también impulsó la reunión de músicos de rock, electroacústicos, productores o artistas sonoros y DJs para intercambiar softwares, ideas y propulsar un nuevo giro con más ediciones, ciclos y un festival.
Cuatro DJs cordobeses se erigieron en referentes nacionales desde diferentes estéticas: Cristóbal Paz, Simbad Seguí, Facu Carri y Andrés Oddone. Éste último siempre con un pie en la producción, cruce y actividades para productores de música, propulsó “Córdoba Electrónica 2001/02”, un compilado con el sello del CCEC, seguido por el virtual “Casa de Juegos”, extensivo a artistas de otras latitudes. También sumaban a la cuenta tres ediciones del colectivo Diálogo Beat y las primeras de cordobeses en Europa.
El muestrario de la electrónica más seductora y distante de la pista tuvo su sección en el Niú Fest de 2006 y 2007, acompañada de foros de discusión sobre diferentes aspectos de la cultura en ámbitos independientes y ofreciendo un espacio esencial a la producción con medios electrónicos en un léxico para todo el mundo. Las fiestas Random fueron la puerta a la diversidad y las Bullybass se adelantaron a la moda estrepitosa del dubstep, creciendo en modo exponencial en calidad y cantidad de asistentes.
Las últimas producciones de la época en CD fueron el “Trans Argentinien Express”, reversiones de clásicos electrónicos alemanes por artistas argentinos (en su mayoría cordobeses, otra vez vía Goethe-Institut) y las arriesgadas del sello depto rec, tutelado por los músicos Yamil Burguener y Tala Gamond. Lamentablemente la pista perdió su carácter de múltiples estéticas, la concurrencia se concentró en las escalas de DJs internacionales (los más caros del mundo) y los regentes de clubes nunca llegaron a pagarles a los productores dignamente para fomentar una escena.
Las visitas del DJ británico John Digweed ya son recurrentes en la temporada estival cordobesa. En 2011 editó el disco triple “Live in Córdoba”, un registro de 5 horas en Saldán de progressive house y el año pasado extendió su sets a tres fechas en La Estación. Aunque destaca siempre su trabajo como difusor de nuevas propuestas a través de su sello Bedrock, que hace pensar en una labor desde la periferia, su facturación lo sitúa entre los DJs del ranking con mayor poder adquisitivo.
Esperamos que nuestra morocha haya dado con la fiesta adecuada. Esta revisión atodavelocidad intenta dar cuenta de por qué los cordobeses con vieja data no dejan pasar la lógica “gato por liebre”. Es una pena que las ofertas del escenario electrónico suscriban hoy sólo a las foráneas de carácter masivo, pocas veces en consonancia con la excelencia artística. Pero bien, el beat del submundo cordobés otra vez está quitándose los estertores de la piel de la serpiente y siempre tiene una carta: este año vamos a bailar al son de nuestras mejores melodías, y en lo posible, será a cielo abierto.