Un hombre, una casa, sus huesos

Por Víctor Ramés
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Casa entrevistaEl niño, mientras crecía, jugaba en la casona, allí por 1760. Ya no existen ni los huesos del hombre que luego llegó a ser aquel niño, pero la casona todavía ocupa su esquina. El padre del niño era comerciante, venía de Vigo, Pontevedra, ocupó cargos honrosos en el Virreinato y fue vecino de prestigio en la breve Córdoba de aquel tiempo. El nombre del padre era José, José Rodríguez. El nombre del niño era Victorino Rodríguez Ladrón de Guevara. José había construido en el solar que era dote de su esposa, Catalina Ladrón de Guevara, la casona solariega de dos plantas, con local comercial, capilla, patios y vivienda de esclavos, donde nació Victorino en 1755. Hoy la casa de esquina más antigua de Córdoba, con entrada entonces por la calle Real, hoy llamada Rosario de Santa fe, e Ituzaingó.
A los trece años, Victorino entró a estudiar Artes en la universidad. Salió Bachiller, tres años más tarde, y entonces se matriculó en la Facultad de Teología. Debido a no llevar sotana, debió renunciar al título de doctor, aunque luego obtuvo el de abogado en 1784, en Chuquisaca, Alto Perú, con el que regresó ese año a Córdoba. El mismo año en que Rafael de Sobremonte vino a ocupar la gobernación de la ciudad, y lo hizo como inquilino de la bella casona donde de niño jugaba Victorino, y que el Marqués habitó durante trece años. Don José Rodríguez, aparte de arrendar la casa, decidió invertir adquiriendo en un remate la Estancia de Alta Gracia, que fuese perla de los jesuitas, antes de su expulsión en 1767, y luego predio en decadencia.
En 1786, el padre de Victorino falleció, y dejó tras de sí una no muy alentadora situación económica, que obligó a doña Catalina a desprenderse de la casona familiar para afrontar deudas. Victorino entretanto ocupaba su primer cargo público y pronto, con llegada franca al despacho del Marqués, comenzó una ascendente carrera concejil. En los siguientes años, Sobremonte redobló esfuerzos para crear una cátedra de leyes en la universidad de Córdoba, lo que logró en 1791, año en que se sumó a la existente cátedra de Derecho Canónico, una de Derecho Romano. Fue Victorino Rodríguez el catedrático designado por el gobernador, y a quien le cupo el honor de impartir los primeros conocimientos de Jurisprudencia en esta ciudad, a través de la cátedra de Instituta, en la que enseñó durante diecisiete años. Al hijo de José Rodríguez el sol de la historia le dio de lleno esta vez. Y el título de doctor, negado por la institución, se volvió una especie de “honoris causa” brindado por el tiempo.
En 1805 murió doña Catalina, la madre, y fue enterrada en la Iglesia de San Francisco. No pudo ver a Victorino Rodríguez ascender al cargo de gobernador de Córdoba por los siguientes dos años, período en que se produjeron las dos invasiones inglesas, y el ascenso a Virrey de Santiago de Liniers.
Era leyenda en la ciudad la inquina que se profesaron Rodríguez y el Dean Gregorio Funes. Habiendo concluido el mandato como gobernador de Victorino, y asumido el Dean Funes como rector de la Universidad, el choque entre ambos determinó que el primer profesor cordobés de leyes abandonase la cátedra de Instituta, en 1808.
Rodríguez cultivó una cercana relación con el ex virrey Liniers, ambos leales a la Corona Hispana, y aparecen juntos en lo que podría ser una mueca de la historia: el 25 de Mayo de 1810, día en que el pueblo de Buenos Aires derroca a la administración española, Santiago de Liniers, decidido a residir en Córdoba, adquiere la Estancia de Alta Gracia a Victorino Rodríguez, quien la había rescatado en un remate del embargo de bienes de su padre José.
El destino une desde allí a Victorino y a Liniers, definidos en un mismo arco opositor, tan noble como trágico, por la revolución criolla. Le tocó al Dean Funes, entusiasta del levantamiento, comunicar la novedad en la Junta convocada en el Cabildo donde estaban, entre otros Liniers, el gobernador Gutiérrez de la Concha, el Obispo Orellana: la Córdoba colonial eje de la contrarrevolución. Un par de meses más tarde, son hechos prisioneros los hombres notables del complot cordobés, por los enviados de la Junta Revolucionaria. Quienes legaron sus iniciales para formar la sangrienta frase CLAMOR fueron: Concha, Liniers, Alejo de Allende, Joaquín Moreno, el obispo Orellana (amnistiado) y… Victorino Rodríguez. El niño que jugaba en la casona “del Marqués”, en los lejanos días de 1755. Se le atribuye la frase: “Hoy compareceremos en el tribunal de Dios”, instantes previos al fusilamiento, el 26 de agosto de 1810, 67 leguas al sudeste de Córdoba. La rueda de la revolución siguió su marcha.