Los dos karmas del peronismo bonaerense



Por Pablo Ibáñez*

p10-1En un ritual desapasionado, casi de escribanía, Fernando Espinoza se convirtió en el décimo jefe del PJ bonaerense [1] desde 1983. Se infiltró, sin la mística de tiempos pasados, en el pequeño olimpo peronista donde habitan, entre otros, Herminio Iglesias, Antonio Cafiero, Eduardo Duhalde, Manuel Quindimil y Hugo Moyano. El álbum de familia de los caciquejos del PJ de Buenos Aires es una biopsia de los vaivenes que atravesó el partido. Sólo en los últimos tres años, con vacíos legales y chispazos, amontonó tres jefaturas entre el ACV de Alberto Balestrini, la frustrada fantasía de Moyano de evolucionar de jefe sindical a jefe político y la sobria estada, por decantación, de Cristina Alvarez Rodríguez.
Los 398.000 afiliados que, según las actas del PJ, votaron el 15 de diciembre –número que se nutre de una curiosa pasión electoral de los afiliados del PJ [2]– esconden, al menos, una virtud: el PJ bonaerense, aunque debió renovar los mandos en 2012, es de los poquísimos partidos que sistematizó la elección por voto directo de sus autoridades. El valor político y administrativo de esa persistencia no oculta las dos deudas que tiene el PJ bonaerense, dos “karmas” que no supo administrar en este cuarto de siglo. Se trata de los dos elementos que, mitos al margen, serán puestos en juego en el 2015.

El karma del extranjero
Eduardo Duhalde fue el único intendente que llegó a gobernador. Saltó de Lomas de Zamora, paso previo por la vicepresidencia con Carlos Menem, a mandar en La Plata. Fue, sobre todo, el único dirigente formado en la matriz del peronismo del conurbano que consiguió victorias electorales a nivel provincial.
La ola de la historia, quizá, lo acompañó: Duhalde llegó a gobernador en 1991, con el menemismo en alza y el radicalismo destruido luego de la salida precipitada de Raúl Alfonsín. Su mérito fue, más que nada, renovar en 1995 con 56%, diez puntos más que los que obtuvo cuando ganó por primera vez. Su antecesor peronista, Antonio Cafiero, sentó sin saberlo un precedente al definir un biotipo de dirigente nacional que baja a la provincia como ocurrió, luego, con Carlos Ruckauf, Felipe Solá y Daniel Scioli, al menos el primero y el último, como paso previo a pelear la presidencia.
Ninguno llegó con construcción política territorial propia. En los tres casos, aunque el de Solá tiene matices, muestra una falencia histórica del PJ bonaerense, que supo construir mandos locales, jefaturas rigurosas y esquemas de conducción aceitados pero fue incapaz de alumbrar en su escuela no un puñado sino un dirigente con encanto electoral. En los ’90, Pierri y Osvaldo Mércuri creyeron que podían heredar a Duhalde. Ninguno de los dos tenía chances. Y cuando el lomense recurrió a Ruckauf asumió el fracaso de los doce años de gobiernos peronistas en la provincia en cuanto a saber producir un heredero surgido del propio núcleo, la poderosa herramienta electoral que es el PJ bonaerense que, una y otra vez, tuvo que alquilar dirigentes extraterritoriales.
¿Por qué, si formó y consolidó gobiernos locales en dos tercios de la provincia, no logró engendrar un manojo de dirigentes con proyección provincial y capacidad electoral? La pregunta sigue vigente y la respuesta es múltiple: por la centralidad de los demiurgos de turno –Duhalde y Kirchner–, quienes prefirieron bendecir a extranjeros antes que dar volumen a figuras con base y peso territorial, pero además porque existe una especie de antagonismo inmanente: la permanencia en el territorio se vuelve insalubre, inhibe o deteriora las chances de expansión más allá del propio territorio. El dominio local es la fuerza y la debilidad de un intendente. Por eso, los procesos de desterritorialización de los dirigentes que sueñan con un más allá político es de manual: dejar el distrito en mitad del mandato para ensayar un destino más alto pero sin despegarse, jamás, del pago local o, incluso, con un salvoconducto para volver en cualquier momento.
La única excepción es Sergio Massa pero su caso no permite comparación alguna con los demás caciques porque bajó a Tigre ya constituido en dirigente nacional y lo hizo en busca de base política y autonomía de acción para dejar de ser un habitante de la superestructura, a tiro de decreto.
La debilidad está intacta en todos los peronismos. Cristina Kirchner validó a Martín Insaurralde y lo sentó en los primeros planos. Pero el kirchnerismo castigó al lomense por ser aquello que justamente la Presidenta vio en él. Detrás de Massa, casi invisible, se agazapa un puñado de alcaldes con la expectativa de crecer detrás de la estela del tigrense. La teoría del barrilete: si la cabeza sube, la cola también.
Pocos dirigentes lograron, en este tiempo, conjugar la superestructura con el territorio. Los dos más visibles son Florencio Randazzo y Julián Domínguez, que nunca se desentendieron de sus terruños pero avanzaron a otros planos, legislativos y de gestión. Son, no en vano, los dirigentes que aparecen en cualquier ruleta del 2015, en la que Insaurralde parecía tener un lugar aunque acumuló una ristra de errores que lo ponen en un no-lugar. Gabriel Mariotto, duelista de Insaurralde, busca también un espcio en la grilla de la gobernación, mientras Espinoza cuerpea por conseguir un espacio desde la jefatura del PJ. Los casos de Insaurralde y Espinoza son emblemáticos: dirigentes sub-50 que controlan municipios monumentales y deseos de proyectarse.
El dedo de Cristina fue sintomático. ¿Por qué no proclamó al jefe del distrito más poblado, un peronista clásico de Unidad Básica, y prefirió el perfil cool y televisivo de Insaurralde? Cristina pensó en clave electoral y eligió al más votable. Así y todo, en 2015 el peronismo bonaerense puede tener como candidato a gobernador a un dirigente de su propia matriz, en parte beneficiado por el sistema de las PASO.

El karma presidencial
Como regla se instaló aquello de que ningún gobernador bonaerense llegó, por votos, a ser presidente. En verdad la estadística es acotada porque sólo lo intentaron Oscar Alende [3], Cafiero y Duhalde. Ruckauf se perfilaba con chances ciertas en 2001 pero erró un movimiento que lo sacó automáticamente de la cancha. Solá pudo ocupar el lugar de Kirchner en 2003 aunque, sospechador serial, rehusó la invitación de Duhalde para ser su candidato convencido de que se trataba de una emboscada. Una cosa no excluía a la otra. El karma, llegado el caso, es más profundo: ningún peronista de Buenos Aires, desde Domingo Mercante en adelante, llegó a presidente, salvo –claro– el interinato de Duhalde o que se quiera computar, a partir de su crianza en Tolosa, a Cristina de Kirchner como bonaerense.
Ahora asoma, a simple vista, algo distinto. Con la foto de este fin de año, varios bonaerenses relucen en la grilla presidencial del 2015. Scioli y Massa, son los que mejor rankean. Se puede agregar, un escalón detrás por visibilidad y expectativa, a Randazzo. Domínguez, con el tiempo, se meterá en el ajedrez. Es un hecho inédito la presencia de tantos actores del PJ de Buenos Aires en el ring presidencial que, además, saltean una escala: Massa, Randazzo y Domínguez –salvo Scioli que no tiene segunda reelección– están, en paralelo, en la carrera por la gobernación aunque en principio apuntan al premio mayor. La razón es simple: la provincia de Buenos Aires, lo dijo Duhalde allá por el 2003 y lo repite Massa en estos tiempos, sólo puede gobernarse desde la Casa Rosada.
La división del peronismo parece, a priori, mejorar las expectativas porque la sumatoria del voto panperonista[4] y las incipientes y volátiles tendencias sobre las preferencias del votante para 2015[5], proyectan la idea de que el sucesor de Cristina Kirchner será un peronista. Podrá ser K, post K o anti K, pero peronista al fin. En tránsito hacia esa aventura, el PJ de Buenos Aires lidiará con su inhabilidad para construir figuras que ganen elecciones Clase A, cuando el sistema de partidos se primariza en una democracia de candidatos, y con el “bonaerencentrismo” que, como un reflujo de unitarios y federales, históricamente le impidió construir empatías con los peronismos de otras provincias.

[1] Herminio Iglesias, Antonio Cafiero, Eduardo Duhalde –delegó en Alberto Pierri-, Manuel Quindimil, José María Díaz Bancalari (tomó el cargo tras renuncia de Duhalde), Alberto Balestrini, Hugo Moyano, Cristina Alvarez Rodríguez.
[2] Un caso: en La Plata hubo lista única y según las actas votaron unos 18.000 afiliados a Pablo Bruera. En la general del 27-O, la lista del intendente superó por poco los 60.000 votos.
[3] Fue gobernador del frondizismo entre 1958 y 1962 y fue candidato a presidente en 1973 y en 1983.
[4] El 27 de octubre, en la provincia de Buenos Aires el panperonismo acumuló más de 80% sumando los votos de Massa, Insuarralde, De Narváez (en alianza con Moyano) y Gerónimo Venegas, todos declarados peronistas.
[5] Carlos Fara y Graciela Römer, aun con variantes, presentaron encuestas que muestran al voto peronista como el mayoritario para 2015.

(*) Publicado en El Estadista