Doscientos que pueden ser cuatro

Por Gabriela Origlia

ilustra capitanich con petardoSiempre verborrágico, aunque al final la suma de palabras no aporten nada, el jefe de Gabinete Jorge Capitanich, anunciará este viernes 200 objetivos de gestión para los próximos dos años. “La Presidenta me ha brindado claramente una instrucción que implica cumplir una seria de metas de Gobierno para los próximos dos años. Esto supone movilizar recursos en términos de expandir la actividad económica, promover el empleo, aumentar las exportaciones, generar naturalmente un clima de confianza para promover las inversiones tanto públicas como privadas. Ese va a ser el rol más importante que nosotros tengamos de aquí en adelante”, explica cada vez que se refiere al tema. Doscientos puntos parecen una exageración sobre todo para un país que podría resumir en cinco las claves a resolver en el corto plazo (que es el que alcanza la mirada confesa del Gobierno).
Bajar la inflación, atraer inversiones, diseñar un plan integral de seguridad y elevar la calidad de la educación básica. Esos objetivos –cumplidos- derivarían en una mejor calidad de vida de los ciudadanos. Que, al fin de cuentas, es la meta a la que toda gestión en cualquier punto del globo debe aspirar. Las 200 metas de Capitanich suenan a graficar el viejo dicho popular “el que mucho abarca poco aprieta”. Incluso, bajo la mirada de las ciencias del comportamiento, la cifra parece un exceso. Las recomendaciones de psicólogos y psiquiatras pasan por establecer pocas metas medibles y realistas. Y, a medida que se van cumpliendo, ir renovándolos.
Este mismo Gobierno –como ha pasado con otros, generosos y ambiciosos en metas múltiples- tiene una experiencia Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial 2020, donde abundan las aspiraciones de máxima mientras se piensa en importar trigo, cae el stock ganadero y Brasil desplaza a la Argentina en el mercado del maíz y los biocombustibles.
Es difícil creerle a la clase política –en cualquiera de las jurisdicciones- que en 24 meses alcanzarán 200 objetivos cuando no se puede prender un ventilador y llenar una Pelopincho es una hazaña o un atentado contra el bienestar colectivo. ¿Cómo confiar que Estados que culpan a los consumidores de ser responsables de los cortes de energía por prender un aire acondicionado no declarado pueden planificar dos centenas de estrategias? ¿Cómo creer que esos puntos no quedarán en letra muerta si para caminar por la ciudad de Córdoba hay que esquivar basura acumulada y usar una máscara anti gas porque las cloacas son a cielo abierto?
Los gobernantes se han convertido en relatores, en comentaristas de la realidad. Si, en el mejor de los casos, admiten un problema acto seguido encuentran un responsable que -por supuesto- no son ellos. Se enojan, reparten amenazas y así esperan convencer a ciudadanos cada vez más descreídos de la capacidad de gestión y de la pericia de sus autoridades. Frente a esta realidad, presentar 200 objetivos es poco convincente. Para muestra: hace una semana se presentó un acuerdo de precios sin precios.
Si un extraterrestre bajara en la Argentina y hojeara un diario o mirara un informativo descreería que este país creció sin interrupciones durante una década. Cortes de luz que se extienden durante días, inexistencia de generadores de emergencia para hospitales, rutas colapsadas porque la gente se traslada por las fiestas y el calor, falta de agua en vastas zonas, basura acumulada, efluentes que corren a la vera de las veredas. Claros ejemplos de que crecimiento y desarrollo no son sinónimos. Vale el archiconocido ejemplo de que la antena satelital adornando el techo de una villa de emergencia no convierte a esa familia en desarrollada. Mira la CNN y Tele Sur, pero no tiene agua potable ni cloacas.
Capitanich y todos los gobernantes podrían afilar el lápiz (y el sentido común) y hacer una lista más breve de objetivos. Reducir los puntos no los convertirá en “básicos” sino en realistas. Simplificar los enunciados y presentarlos de manera clara y precisa, con los correspondientes “cómo” concretarlos sería un paso adelante. También sería bueno que, al momento de confeccionar el listado tengan presente que la diferencia entre las expectativas generadas y la realidad final marca la magnitud de la desilusión y el descontento.