¿Dónde mirarán los niños?



Por J.C. Maraddón
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ilustra bebe con controlMuchos minutos (horas, semanas, años) de exposición a la TV han pasado desde aquella época en la que los adultos eran quienes determinaban, dentro de la familia, qué programa se iba a ver. Tampoco había mucho para elegir: dos ó tres canales de televisión abierta constituían toda la oferta disponible, que además arrancaba al mediodía y terminaba, como muy tarde, a la medianoche.
Los ciclos infantiles se concentraban cerca de la hora del almuerzo y por la tarde. Para ese segmento de su audiencia, los canales destinaban dibujitos animados y algunas series como Los Tres Chiflados, Tarzán o Batman, por citar apenas un trío. Llegada la noche, no existía el horario de protección al menor, porque difícilmente los padres permitieran a sus hijos en edad escolar ver algún contenido no destinado específicamente a ellos. Y convengamos en que, por esos años, casi nada de lo que se veía en la pantalla chica excedía los límites de la moralina generalizada.
Para cambiar de canal, se procedía a través de medios mecánicos dispuestos en el contorno del mismo aparato: la rueda del dial o la modernísima botonera. Ese sistema y la ya mencionada escasez de señales implicaban limitaciones insalvables cuando un determinado programa no era del gusto del televidente. La gente tenía que ver lo que había… o no ver nada. Y para enterarse de qué estaban dando en otro canal, había que levantarse; una decisión que, muchas veces, no se justificaba.
La irrupción del control remoto alteró todo para que -en realidad- las cosas siguiesen igual. Mediante tan sofisticado adminículo, se podía cambiar de señal a la distancia (lo mismo que modificar el volumen, el brillo, el color, etcétera). Pero con una paleta de canales tan exigua como la que seguía existiendo, tampoco servía para mucho la novedad. Todavía no se le encontraba al control remoto la utilidad que recién se haría evidente con el desembarco de la televisión por cable.
Cuando en los primeros años ochenta se empezó a tender el cableado de la TV paga, entonces sí comenzó a perfilarse lo que sería el telespectador del futuro. Es decir, un enfermo del zapping, incapaz de sostener su atención en un único programa. Alguien que navegaba por la señales de cable con la misma fruición con la que hoy se fluye por internet. Horas y más horas perdidas mirando deportes exóticos, videoclips recurrentes, documentales soporíferos y sitcoms de toda ralea.
Tantas escaladas ascendentes y descendentes por el dial, obligaron a las empresas medidoras de audiencia a inventar el people meter, una especie de chip capaz de determinar qué se está sintonizando en un preciso momento cada uno de los aparatos elegidos para integrar la muestra de la que se extraerá el rating general. Una cosa trajo la otra. Y así la industria televisiva se preparó para la nueva era, la de una red de computadoras que arrasaría con una concepción anticuada del mundo y que daría paso al dominio de lo virtual.
En esta cadena de evolución, los programas destinados al público infantil salieron del acotado espectro que ocupaban para extenderse a canales enteros dedicados a los niños, con 24 horas de programación. Las nuevas generaciones crecieron con un manejo casi innato del control remoto, que se trasladó con igual ductilidad al mouse. Y de a poco, les disputaron a los adultos el monopolio de las decisiones acerca de qué ver en la pantalla. Y se lo ganaron.
Por eso, cuando estas tendencias ya se han consolidado hace rato, suena a verdad de Perogrullo el informe difundido por el Consejo Latinoamericano de Publicidad en Multicanales de TV de Paga, que demuestra cómo el encendido de la TV por cable y satelital creció aceleradamente entre “niños, adolescentes y jóvenes adultos” (de los 4 a los 34 años). Y es que, tal vez, estamos en presencia de saltos tecnológicos que podrían dejar en el pasado aquellos parámetros con los que se venía estudiando el consumo de medios.
Desde aquel chico que miraba “Viendo a Biondi” a éste que interactúa en las redes sociales y ve películas en Netflix, se ha abierto un abismo demasiado profundo. Un agujero negro en cuya profundidad podría perder sentido hasta mismo el concepto de la “televisión paga”.