Un feminicidio del 1903



FeminicAl llegar a la redacción del diario, a la nochecita, me crucé con mi corpulento colega, Mateo Hermida, quien salía llevando su ritmo habitual, el de una correntada. “Lo estuve esperando”, dijo, “venga, acompañemé”, mientras con brazo decidido me llevaba. “¿Adónde vamos, tan apurados?”, pregunté mientras me guiaba hacia un coche de alquiler estacionado. El cochero había bajado del Milord a ajustar una correa, y retomó su puesto de inmediato al llegar nosotros. “Le explico en el camino”, respondió Mateo mientras subíamos. Los caballos movieron el vehículo y poco después Mateo me informó que había habido un crimen en pueblo General Paz: se trataba de una viuda joven y hermosa, según había oído comentar, la cual habría sido asesinada por un amante, hacía algunas horas. Los caballos emparejaron el trote bordeando las vías del tren por el bulevar Wheelwright, en dirección al puente. “¿Tienen al criminal?”, pregunté. “Han detenido a un joven jardinero, quien libaba su néctar”, respondió Mateo, pensativo. Volvió a lloviznar. El cochero se subió una capota que traía puesta. Cruzamos el río y seguimos al este por la avenida 24 de Septiembre. El traqueteo del coche me adormeció. Oía la potente voz de Hermida hablando con el cochero. Todo se hacía lejano y arrullador para mí. Cruzaban por mi mente imágenes en estampida, silenciosas. Me habría borrado de allí, de ser posible, y admito que en algún momento eso ocurrió, pues al detenerse el coche sentí como que regresaba de otro mundo, no sé cuánto tiempo después. Había otros dos carros, uno era de la policía. Seguí a Mateo hacia una casona elegante, delante de la cual un par de agentes se sacudían el garrotillo. La puerta se abrió de pronto, para dar salida a un personaje canoso, quien le decía algo al agente que permanecía adentro. Mateo dio unos trancos hacia la entrada y su voz tronó: “¡Doctor!” El hombre se volvió, reconoció a mi compañero y esbozó una sonrisa. “Cómo anda, Hermida. ¡Poco le falta para llegar antes que ocurra el crimen!”, dijo. Mateo me presentó al Dr. Antúnez, secretario de un juzgado. El hombre tenía, en lugar de ojos, unas hendijas que le daban a cualquier expresión suya una nota de sorna. Era de buen porte; algo más corpulento que Mateo, y su piel era oscura como la de un moro. “¿Podemos echar un vistazo?” preguntó mi colega y, antes de que Antúnez se opusiese, Mateo lo palmeó y prácticamente lo condujo del hombro al interior, haciéndome una seña para que lo siguiese. El agente cerró tras que entramos. Antúnez le advirtió a Mateo que en breve llegaría el doctor Funes, y que esperaba que para entonces nos hubiésemos marchado, a lo que mi colega dio su palabra. Luego le encomendó a un oficial Mansilla que nos dejase husmear un rato, y partió.