El rey del sarcasmo

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra tangalangaEl humor típico de los años noventa en la Argentina era el que se especializaba en reírse de los demás. Humillar al semejante era una práctica habitual en los programas de la TV que punteaban en las mediciones de audiencia, sobre todo los piloteados por Marcelo Tinelli y Mario Pergolini, las dos figuras emergentes de ese periodo en la pantalla chica.
Puede interpretarse ese recurso de ridiculizar para causar gracia, como una extensión hacia los medios masivos de ciertas prácticas sociales y políticas que marcaron tendencia en esos años. O puede considerarse, simplemente, que para relajarse frente a la tele el público prefería aquellos videos donde el que sufría el escarnio era otro, alguien diferente del propio espectador, que tal vez había sido despedido de su trabajo.
Pero no vienen al caso las interpretaciones. Lo concreto es que muchas de esas chanzas consistían en hacer sufrir a uno para el bien de todos. Un principio de una crueldad indisimulable, que iba dejando en el camino el tendal de víctimas, siempre dispuestas a tomarse venganza a su vez, enfatizando las debilidades o los errores ajenos. Y así sucesivamente.
En esa cadena de bromismo a costa de los semejantes, existió además un condimento extra que nutrió de efectos especiales a los gags. Fue el toque -no precisamente de distinción- que aportaron las malas palabras, cuyo uso se había liberado durante los ochenta para el teatro y el cine, pero que recién serían comunes en la TV en la década siguiente. Y es que para definir al sujeto de la gastada era necesario recurrir a calificativos como “boludo” o “pelotudo”, palabras que facilitaban la carcajada inmediata de la audiencia.
Entre las cámaras ocultas y los insultos a flor de labios, los espacios televisivos cayeron en golpes bajos para los que el fin justificaba los medios. Mientras por una parte la troupe de “Cha Cha Cha” apelaba al recurso del absurdo como chispa para sus gracias, los ciclos más populares competían con bromas más propias de la estudiantina que del humorismo profesional.
Ese era el panorama en el que se desarrollaban las cosas cuando los cassetes del autodenominado “Doctor Tangalanga” se viralizaron, precediendo en el tiempo a los fenómenos que hoy se verifican solo en la web. Porque convengamos que el conocido bromista del teléfono, fallecido ayer a los 97 años, fue un pionero en esto de producir un material sonoro en forma amateur y lograr que miles de personas lo escuchen.
Si bien respetaba las consignas de la época (reírse del otro y decir guarangadas), resulta notoria la diferencia entre la picardía casi ingenua de Tangalanga y los híper producidos sketches que terminaban con la frase: “Era una broma para Marcelo”. En realidad, el anciano experto en cachadas no hacía sino consagrarse a un estilo humorístico de larga tradición en el país, al que las urgencias del rating habían pervertido hasta deformarlo.
Sin perder de vista su objetivo principal, que era simplemente ser gracioso, Tangalanga ponía todo su esfuerzo en evidenciar la hipocresía del marketing telefónico y de ciertas técnicas persuasivas que conservan las formas… hasta que no da para más. Como un provocador nato, lograba sacar de quicio al interlocutor más pacífico, exponiendo así la bestia que habita en cada ciudadano y que solo se mantiene oculta por una simple cuestión de convenciones sociales.
En este caso, no se trataba simplemente de reírse de los demás. En todo caso, el espectro se ampliaba hasta ocuparse de nuestra condición humana y de cómo, al caer en la trampa que nos tienden a través de una llamada, podemos sacar a luz nuestra peor mueca. El sarcasmo eterno del Doctor Tangalanga sobrevive a su mentor, para recordarnos que hasta el más pintado monta en cólera cuando le cascotean el rancho.