La duda de los héroes

Por J.C. Maraddón
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ilustra el juego del hambreHay películas que pasan a la historia por su contribución al entretenimiento general, por la exquisitez de su andamiaje, en el que todas las piezas sincronizan tras el objetivo de que los espectadores nos solacemos en nuestra butaca. Aunque la mayoría de las veces estos productos son menospreciados por la crítica, constituyen la gran masa fílmica sobre la que se abalanzan las multitudes, que retribuyen con su preferencia a esos generosos dispositivos armados para llenar los espacios en blanco que destinamos al ocio y el esparcimiento.
Por supuesto, mucho mejor cotizan bajo los parámetros del arte esos largometrajes que se proponen una misión trascendental. Creaciones que generalmente superan los 120 minutos de duración y que abordan tópicos de profundidad filosófica, que se obstinan en dar respuesta a las grandes preguntas de la humanidad. Ese tipo de material es el que puebla la programación de los cineclubes, donde sirve de disparador para debates posteriores, cargados de opiniones sesudas y de meditados puntos de vista.
Sin embargo, no resulta tan difícil encontrar en esas supuestas joyas del sétimo arte muchos de los artilugios a los que apelan aquellas producciones de Hollywood que solo aspiran a embocar un éxito de taquilla. Ni tampoco es imposible hallar en un filme claramente encasillable como de acción y aventuras, detalles que disparan cuestionamientos hacia la moral imperante y hacia gobiernos, complejos mediáticos e instituciones en general.
En “Los juegos del hambre: en llamas”, por ejemplo, se repite la fábula antisistema que dominaba el argumento del primer episodio de la saga. En eso, la película que plantea un mundo dividido entre sojuzgados y dominadores, no aporta novedades de fuste dentro de ese reality show mortal al que son obligados a participar representantes de los distritos que viven bajo la represión de un núcleo de poder al que se identifica –de poco inocente manera- como “Capitolio”.
Pero el relato nos aporta, en este caso, un momento clave. Una instancia en la que se pondrá en discusión la figura ancestral del héroe, ese personaje que habita en fábulas y leyendas, pero que también aparece en las narraciones históricas, cobijado bajo la figura del “prócer”. Personas con cualidades superiores al promedio de sus congéneres; seres capaces de ofrendar su sacrificio con tal de dar cauce al bien común.
En “Los juegos del hambre: en llamas”, vuelve a ser la abnegada Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence), quien en su afán de proteger a su familia y de defender a su Distrito 12, se ha transformado en una heroína todoterreno. Y para nada pierde ese carácter en esta nueva entrega, donde su capacidad de supervivencia y su destreza física se lucen cuando debe entrar otra vez en competencia por capricho de los mandamases que la tienen entre ojos.
Puesta a jugar los Hunger Games, Katniss se esforzará todo lo que de ella se espera que se esfuerce. Pero en su vertiginoso desempeño, habrá un momento de duda que constituirá un núcleo problemático dentro de la narración. Cuando ella tensa su arco y apunta su flecha, quien se encuentra del otro lado de la mira imaginaria no es su enemigo, sino un aliado. Y eso le exigirá decidirse. Optar entre la salvación individual y la causa colectiva. Confiar en otro, además de confiar en sí misma.
La secuencia dura apenas unos segundos, pero presenta un ítem que salpica a la literatura universal desde hace siglos. Acosada por la ansiedad de saberse en peligro, la protagonista debe resolver qué hace, si dispara o no, si cree en el prójimo a ciegas o si lo ataca por las dudas no vaya a ser que tenga malas intenciones y que inmediatamente las muestre.
También los tanques de taquilla pueden dejarnos pensando. Meditando, como en este caso, acerca del maniqueísmo con el que a veces clasificamos a las películas que figuran en la cartelera.