Inflación, acuerdo con colchón armado



Por Gabriela Origlia

jorge capitanich 25-11
Jorge Capitanich

Con tres semanas de anticipación el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich y el ministro de Economía, Axel Kicillof, anunciaron su “receta” para luchar contra la inflación: acuerdo de precios. Es decir, la continuidad de la estrategia morenista sin Guillermo Moreno. Eso sí, con mejores modales y más despliegue de conceptos (cadena de valor, intermediarios, monitoreo, tiempo real). La otra variante pasa por el control, los militantes de “mirar para cuidar” serán reemplazados por la Afip. Hasta que llega el 2 de enero –fecha de inicio del nuevo control- las remarcaciones se multiplican y a los consumidores se les hace cada vez más difícil encontrar precios de referencias.
Las caras cambiaron pero respecto de la inflación los argumentos son los mismos. La pregunta es si el mismo camino conducirá a otro destino. Hasta el momento el Gobierno perdió la batalla contra la suba de precios. En los últimos cinco meses la inflación es de alrededor del 2% mensual y diciembre no presenta ninguna señal de que habrá una moderación. Capitanich enmarcó las alzas en un “efecto contagio” (mencionó que si hay un alza en la leche no debería tener que haberla en el corte de pelo). La nomenclatura no aparece en la teoría económica, que sí menciona otras clasificaciones en las que podría incluirse lo que sucede en la Argentina: expectativas (adelanto de consumo o de remarcación por estimaciones a futuro) y por aumento del circulante (velocidad de emisión de dinero). Sobre esas posibilidades, ni una palabra del funcionario.
En febrero de este año, a poco del primer congelamiento de precios ideado por el Gobierno, un informe del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de Córdoba (CPCE) señaló que mientras todo el grupo de alimentos que integran su canasta acumulaba un incremento del 26% anual, los productos de almacén sumaban el 40%, 13 puntos por encima del resto. “Es decir, había un colchón que permitiría absorber el congelamiento”, explica Mary Acosta, economista del CPCE, quien apunta que el esquema se está repitiendo ahora. Según los datos que releva la entidad el año cerrará con un alza en la canasta por encima del 30% por la aceleración de las subas en los últimos meses.
Un Gobierno políticamente debilitado corre con desventajas a la hora de hacer anuncios; su credibilidad está minada y, por lo tanto, le resulta cada vez más complejo que sus medidas funcionen. El concepto vale para cualquier área, incluida la inflación. Si no se empieza por aceptar que los números oficiales están alterados y se presenta un plan integral que ataque los diferentes frentes y factores que generan suba de precios –déficit fiscal, emisión monetaria- resulta difícil creer que los parches que ya fracasaron ahora tendrán éxito. El primer programa de congelamiento funcionó unas cuantas semanas y después se derritió.
Durante un tiempo la explicación del Gobierno para la “variación de precios” fue la mejora de ingresos de los asalariados que se volcaban a la demanda. Era el triunfo de los trabajadores en la “puja distributiva”. Faltó comentar la otra pata: si la inversión no acompaña la oferta resultará corta y la consecuencia inmediata es la suba de precios. El ejemplo más claro por estos días es el del sistema eléctrico.
Hace una década que se mantienen –a fuerza de subsidios crecientes- tarifas ridículamente bajas para determinadas zonas geográficas (con eje en la Capital Federal). Por supuesto, la demanda se disparó –refrigeración, calefacción eléctrica y piletas climatizadas-, la oferta no alcanzó para cubrirla y el resultado fue importar. También en este tema, a la hora de explicar el problema Capitanich planteó que la demanda energética crece porque más argentinos han accedido al empleo y por ende, a bienes durables como los aires acondicionado. Pidió controlar su uso y responsabilizó a las distribuidoras. Del rol del Estado, ni una palabra.
Frente a situaciones como las relatadas, la desproporción que se registra entre lo que muestra la realidad (no los medios) y las ideas que se instrumentan es una de las principales generadoras de incertidumbre y de pérdida de credibilidad. Los funcionarios convierten al Estado en el gran autor de los éxitos, pero deslindan absolutamente su responsabilidad frente a cómo responder a las demandas derivadas de ese mayor bienestar. Tal vez Capitanich debería rever la idea de que es un “logro” comprar un aire y no poder prenderlo en verano o bien que, para que el vecino lo encienda, la industria deba apagar sus máquinas. La frazada es corta como lo son los acuerdos de precios.