Un López Rega de filiación maoísta

Por Pablo Esteban Dávila

chinoEn su columna de ayer en el matutino “La Nación”, el columnista Joaquín Morales Solá deslizó una inquietante versión sobre el rol que le cupo a Carlos “el Chino” Zannini durante los saqueos producidos en Córdoba. Según el columnista, “Capitanich quiso acudir en ayuda de José Manuel de la Sota, pero se le interpusieron en una noche avanzada Carlos Zannini y Sergio Berni. Zannini detesta a De la Sota, pero también odia a su oriunda Córdoba. Un viejo amigo lo llamó desde Córdoba y le suplicó: ‘Te pido que mandes la Gendarmería. Te pido que lo hagas como cordobés’. Zannini le contestó con una frase furiosa: ‘Hace mucho que no soy cordobés. Soy santacruceño’ (…) Cuando amaneció, Cristina cambió la orden y mandó la Gendarmería a Córdoba. La devastación estaba consumada”.
Esta especie, cuyo contenido básico había sido adelantado por Alfil en forma casi simultánea con aquellos acontecimientos, presenta un panorama desolador sobre el actual momento del mandato de Cristina Fernández. Una presidente disminuida, casi en funciones part time por sus problemas de salud, aparece rodeada por los contenidos conceptuales y las definiciones políticas de su Secretario Legal y Técnico, transformado por estos tiempos en una especie de López Rega de filiación maoísta.
Zannini nunca ha desmentido su adhesión juvenil al bagaje ideológico del líder chino, ni parece que en su madurez haya renunciado a sus lineamientos. Seguramente por estas anteojeras políticas es que detesta a De la Sota, con quien –y por lo que se sabe– nunca ha tenido demasiados contactos. Debe presumirse que es el talante conservador del que hace gala el gobernador lo que lo saca de quicio; advierte en él un adversario ideológico, una característica cada vez más difícil de encontrar en esta Argentina postmoderna y, por lo tanto, inquietante.
Zannini dista de ser un personaje conocido, mucho menos popular. Sólo los expertos en el gobierno nacional saben de su existencia y de su decisiva influencia sobre la mandataria. El común de las gentes ignora su real importancia dentro del esquema de poder kirchnerista. Nunca ha sido votado para algún cargo electivo, ni se espera que ello ocurra en el futuro. El suyo es el ascendiente que se deriva de la capacidad de intriga, de las maquinaciones silentes tras bambalinas, lejanas de las opiniones de un caudillo territorial. Probablemente estas características expliquen los tan sorprendentes como inexactos análisis que, sobre la actual situación del país, el Secretario Legal y Técnico proporciona a la presidente con preocupante recurrencia.
Pese a las muchas evidencias que podrían relativizar el poder predictivo de Zannini, aparentemente sus servicios son cada vez más valorados por Cristina. Esto hace que las pretensiones de renovación que prometía la inclusión Jorge Milton Capitanich en las políticas de la Casa Rosada sean mutiladas cada vez con mayor frecuencia. En la imaginable interna que se libra entre ambos, los pronósticos de victoria del chaqueño son sombríos, en tanto que la sombra de este cordobés renegado parece agigantarse conforme el gobierno continúa en su curva descendente.
La perspectiva de una presidente cooptada en mayor medida por Zannini preocupa a los gobernadores, tanto los oficialistas como los opositores. Entre los primeros, subsiste la duda originaria respecto a sus reales intenciones en relación al futuro del kirchnerismo. ¿Es intención del influyente Secretario Legal y Técnico que sea un peronista cercano al gobierno el que suceda a la presidente? ¿O, por el contrario, forma parte de su estrategia que ninguno de ellos la sobreviva, así como Carlos Menem lo intentó en su momento con Eduardo Duhalde? En cambio, en el segundo grupo de gobernadores las inquietudes son de más corto plazo y tienen que ver con el instinto de supervivencia. Imaginan que un Capitanich debilitado podría trabar el acceso a los recursos del gobierno nacional, cuando no el reinicio de las tradicionales zancadillas políticas a las que los K han sido tan afectos en los últimos diez años. La visita que le prodigó José Manuel de la Sota la semana pasada forma parte de una estrategia de apuntalamiento del jefe de gabinete que buena parte de los mandatarios provinciales están dispuestos a llevar adelante para contrarrestar el influjo de Zannini.
Mientras estas intrigas se suceden en palacio, la presidente opta por viajar a Calafate, un lugar más próximo al frío de la Antártida que a las regiones políticamente más calientes del país. No existen muchas precisiones respecto si, en forma previa a su partida, haya tomado alguna decisión tendiente a laudar en esta interna. Es cierto que de Capitanich valora su lealtad a lo largo del tiempo, así como su innegable poder territorial en el Chaco. Pero Zannini goza de su aprecio ideológico, del respeto que suelen otorgar las ensoñaciones fundacionales de las utopías que ambos cultivaron en su juventud. El chaqueño no forma parte de este círculo de confianza, en buena medida porque su alumbramiento político fue dado ya en democracia. Este, que debería ser un valor en sí mismo (en teoría, este tipo de dirigentes ha abrevado siempre en el respeto a la libertad y las garantías constitucionales) es, sin embargo y dentro de la afiebrada versión del mundo de la que adolecen los K, un atributo poco heroico. Tanto Cristina como Zannini prefieren el linaje de los treintañeros que, a pesar de ser nacidos y criados después de 1983, gustan de saltearse la historia hacia atrás e identificarse con familiares o conocidos víctimas de la dictadura.
Esta patología del kirchnerismo es difícil de comprender, y lo es mucho más de explicar. No sólo porque lo aleja de los sectores del peronismo que podrían hacer más llevadero su tránsito hacia el final del mandato de Cristina, sino porque no aporta ninguna racionalidad que le ayude a descifrar las complejas circunstancias que se encuentra viviendo el país. Repárese en las ridículas explicaciones –de las que Capitanich tampoco estuvo exento– respecto a la influencia de la dictadura militar en las recientes protestas policiales y los saqueos subsiguientes, para comprender lo alienante que puede resultar el entender a la historia (incluso la más reciente) como una lucha sin final entre la epopeya revolucionaria y las fuerzas de la reacción.
Para quienes gustan de las ideas políticas, el análisis de estas alucinaciones podría resultar fascinante, pero estas no son, de ninguna manera, el aspecto más importante del especial momento que vive el gobierno. Antes bien, la decisiva influencia de Zannini pone en entredicho uno de los supuestos más básicos del esquema de poder kirchnerista, cual es la infalibilidad del juicio de la presidente. Resulta extraño que, en el marco de una república presidencialista y dentro de un gobierno con decisiones tan concentradas, la propia mandataria se encuentre voluntariamente cercenada por uno de sus colaboradores inmediatos. Lejos del híper presidencialismo (una de las manifiestas pesadillas del doctor Eugenio Zaffaroni, el más K de los jueces supremos), el régimen de esta Cristina post operatoria se aproxima al de un sistema “hipo presidencial”, una suerte de populismo con baja glucosa.
Un poder presidencial atenuado hasta podría ser aconsejable, pero en el marco de instituciones que funcionen correctamente. Lamentablemente, ha sido el propio kirchnerismo el que las ha vaciado de contenido. Ni siquiera se salva, dentro de esta suerte de hecatombe republicana, las propias figuras de su gobierno. Porque, Constitución en mano, debería suponerse que es el jefe de gabinete quien tendría que figurar en el vértice de las responsabilidades políticas, respondiendo directamente a las directivas y orientaciones de la jefa de Estado. Sin embargo, en la realidad esto no es así. Es Zannini, no Capitanich, el que goza de la confianza más directa, sin fisuras, de la propia Cristina, aunque este exceso de confidencia la haya hecho cometer los errores más groseros y, al largo plazo, tal vez la condene a un aislamiento aún más acentuado.