Tantas Alicias como admita el imaginario

Por Gabriel Ábalos
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Pat Andrea sigue sacando Alicias de su imaginario.
Pat Andrea sigue sacando Alicias de su imaginario.

El viernes y el sábado por la tarde, el artista holandés Pat Andrea acompañó su muestra Alicia, inaugurada en el Museo Caraffa, realizando una intervención sobre la pared de la sala donde expone sus obras. Su trabajo en vivo fue un grato condimento para quienes visitaron la muestra el fin de semana. Trepado a una escalera, el artista nacido en La Haya le daba forma a una nueva pieza de su serie dedicada al personaje de Lewis Carroll, la que desarrolló a través de un largo período, para ser publicada en libro.
“En los últimos años se ha hecho costumbre que yo haga algo especial para acompañar las muestras –dice Pat Andrea con su español bastante fluido. “La presentación anterior fue en San Juan, en el Nuevo Museo de Arte Moderno, e hice una escultura afuera del museo. A veces hago obras que están más cerca de la serie de Alicia, y otras que tienen más que ver con mi obra libre.”
Sobre el origen de estas obras explica el artista que “todo surgió cuando una editora de París me pidió que hiciera esta serie especialmente, porque planeaba una edición del libro de Alicia, un libro muy bien hecho, enorme y muy caro. Ella había visto mis dibujos, mis cuadros, en catálogos y no pudo olvidarlos. Un día me llamó y me preguntó si yo me quería hacer cargo de ilustrar a Lewis Carroll para su serie de libros, que son grandes textos de la humanidad ilustrados por el ‘gran arte’. Por supuesto, acepté el desafío”.
Fueron muchas horas de dedicación al proceso creativo, el cual evidentemente tiene aún cuerda para el artista. “En realidad, entre la obra literaria Alicia y lo mío, no hay gran diferencia: los dos son mundos irreales, de sueños, de falta de razón. Abro las puertas de mi inconsciencia y pinto las imágenes que salen”, dice Andrea. El mundo de Alicia, en versión de Pat, es el resultado de una relectura muy detallada del libro, y transmite la inquietud, las zonas oscuras y los simbolismos que aportan los personajes. Lo “infantil” del mundo de Alicia no siempre lo es, como no lo son muchas veces los propios sueños.
Hay una premisa que ha respetado el ilustrador para toda la serie: “Todos los rostros de Alicia son diferentes, tal vez se parecen un poquito, porque tengo mi tipo de mujer preferido, por supuesto –dice, y aclara de inmediato: “me refiero a un tipo preferido en sentido clásico, no a las mujeres reales.” Y se explaya en la cuestión de los rostros de Alicia: “Uno de los puntos de la serie fue, entonces, que Alicia no tuviera una cara única, precisamente. Yo comencé la serie buscando una Alicia moderna, real, mirando a todas las mujeres en la calle y preguntándoles a algunas si les podía tomar una foto, o dibujar. Carroll escribió una historia con una Alicia de 8 años: yo me encontré una vez con una chica un poquito mayor de esa edad, de 12 años. Comencé a trabajar con ese rostro y no fue una buena solución. Salió un estilo de historieta, porque siempre había una misma persona, y se volvió monótono, perdió el interés. Yo quería hacer otra cosa, arte, una obra libre pero totalmente respetuosa del texto de Carroll, que leí mil veces. Y una de las decisiones más importantes que tomé es que Alicia no tuviese una cara única, que Alicia representara a todas las mujeres”, expresa.
También es visible en los cuadros la incrustación de personajes ajenos a la historia de Alicia. Dice Pat que esto “surgió por el puro placer de hacerlo, y ver si la gente los reconoce. Por ejemplo, en un cuadro aparecen los caballeros de Piero della Francesca, y en otro, ambientado en un tren, hay un insecto que tiene uno de los billetes al revés, y tiene escrito el nombre del héroe de la Metamorfosis de Kafka. Fue uno de los momentos más felices de mi obra, que pude ubicar a Kafka y Lewis Carroll juntos. Dos maestros del absurdo moderno”, reflexiona Pat Andrea
Y a propósito de maestros, el sábado se produjo en el museo el encuentro del artista visitante, con nuestro Cristóbal Reynoso, Crist, quien fotografiaba y admiraba los trazos de Andrea. Ambos aprovecharon para conversar, en un alto del trabajo del holandés.