Un Capitanich locuaz incomoda al Gobierno



Por Pablo Esteban Dávila

ilustra capitanich dios kaliHasta la llegada de Jorge Milton Capitanich, la administración de Cristina Fernández se asemejaba a la de un gobierno incapaz de vérselas cara a cara con un periodista. Muchas cadenas nacionales, generosas andanadas de tuits, cantidades colosales de publicidad oficial en Fútbol para Todos pero muy poca comunicación. Algunos esporádicos y edulcorados reportajes concedidos a ciertos periodistas amigos, pero nada más allá de eso. Siempre fue extraño observar que un gobierno preocupado hasta la obsesión por la “diversidad de voces” hubiera hecho de su relato un mensaje unidireccional, construido desde el poder y sin posibilidades de interacción con otros posibles discursos.
Como un soplo de aire fresco, el nuevo jefe de gabinete decidió romper con esta tradición de ocultismo. Emulando a Carlos Corach – aquél magnífico ministro del Interior de Carlos Menem – decidió conceder ruedas de prensa informales todos los días. Al principio le fue bien. Los periodistas, acostumbrados a los modales bruscos y desconfiados del funcionariado K estándar, recibieron aquella apertura con deleite y consideración. Los primeros titulares sobre Capitanich reflejaron tal estado de ánimo, concediéndole efectos balsámicos sobre un gobierno proverbialmente hostil a responder cualquier tipo de preguntas.
Pero aquella luna de miel duró poco. Fueron los saqueos iniciados en Córdoba los que provocaron su primera metida de pata a gran escala. Probablemente por presión de Carlos Zanini (ya hemos hablado de esto) Capitanich dijo, en aquella ocasión, que lo que ocurría era de responsabilidad “exclusiva y excluyente” de José Manuel De la Sota, algo que mereció el repudio generalizado de buena parte de la población. El yerro fue tan evidente que hasta el propio gobernador – el supuesto culpable de lo sucedido – tuvo que recurrir en su ayuda, asistiendo a una reunión de resultados inciertos el pasado martes en la Casa Rosada.
Ese fue el comienzo de una escalada de problemas que tienen a mal traer al jefe de gabinete, al punto que sus celebradas conferencias de prensa se han transformado en una auténtica pesadilla comunicacional. Ayer fue el punto más alto (o más bajo, según como se lo mire) de sus equívocas expresiones: admitió que el Gobierno cuenta con “recursos limitados” para prevenir eventuales incidentes el próximo viernes 20 de diciembre.
La fecha tiene todos los componentes de aquellos días infaustos que consignaba el supersticioso calendario oficial del Imperio Romano. Un 20 de diciembre, doce años atrás, el gobierno de Fernando De la Rúa se consumía en un gigantesco caos nacional de saqueos, cacerolazos y muertos. El aniversario es, ciertamente, una calenda maldita para toda la clase política que, en épocas aciagas (la presente claramente lo es) constituye una genuina barrera psicológica para cualquier gobernante. Afortunadamente, sólo la izquierda lo considera como un hito celebratorio – vaya uno a saber por qué – por lo que el arco político mayoritario ha tratado, casi todos los años, que tal fecha pase lo más inadvertidamente posible.
Sin embargo, la olla a presión en que se ha transformado la Argentina tras la “década ganada” se encuentra cocinando todo tipo de posibilidades en relación al aniversario de referenncia. Hay miles de convocatorias circulando por las redes sociales con todo tipo de iniciativas, desde nuevos saqueos hasta renovadas protestas anti gubernamentales. Aunque es probable que nada suceda, lo recomendable sería que las autoridades estuvieran atentas a la marcha de los sucesos y llevaran la mayor tranquilidad posible a la población, tratando de generar una atmósfera de contención. Sin embargo, este principio de razonabilidad parece no contar de momento para Capitanich, quién acaba de revelar que las cartas que tiene en la mano no alcanzan para redoblar la apuesta.
Por supuesto que el gobierno federal no tiene todas las respuestas ante una crisis global de seguridad. Ni sumando todos los gendarmes, prefectos o policías federales podrían suplirse los cientos de miles de uniformados provinciales; esto lo sabe cualquiera que tenga un mínimo de información. Pero una cosa es conocer de esta limitación y otra muy diferente es proclamarla. Hay muchos oídos atentos, desde delincuentes comunes hasta activistas ideologizados, que desean escuchar este tipo de confesiones. En consecuencia, flaco servicio acaba de prestar el jefe de gabinete a los atribulados gobernadores que, a duras penas, cuentan con el auxilio nacional para llevar algo de calma ante episodios de inseguridad aguda. Porque, si el último recurso a la violencia legal está condicionado por la escasez… ¿a quién recurrir ante un desborde? ¿Al Papa Francisco? ¿A las fuerzas de paz de la ONU? No son preocupaciones para tomarse a la ligera, especialmente con una población cada vez más desconfiada en la posibilidad que las autoridades legítimas puedan controlar eficazmente brotes delictivos como los que ocurren en todo el país.
Tal vez Capitanich debería comenzar a hablar menos, a riesgo de convertirse en el anti héroe de un gobierno que, antes de su designación, se encontraba completamente mudo. Si, al comienzo de su gestión, el modelo a seguir era el de Corach, debería recordar que el país de los noventa – aquél tan denostado por la progresía argentina – era bastante más normal que el legado por la bonanza kirchnerista. El exministro menemista respondía a la prensa con una agenda llena de cuestiones políticas, pero normalmente vacía de graves problemas sociales. Y no precisamente porque estos no existieran, sino porque todavía no contagiaban epidémicamente al resto del cuerpo social como sí ocurre ahora.
Las evidencias sugieren que Capitanich tendría que ser más prudente en lo que dice. El horno no está para bollos. Debería comprender que cada vez son más los gobernadores que lo consideran un tipo racional y que lo vislumbran como la única garantía de entendimiento con un gobierno habitualmente ajeno a las dificultades de sus provincias. Si el jefe de gabinete trastabilla, muchos de ellos podrían quedarse sin el último puente de sensatez que existe en el entorno presidencial. De la Sota lo advirtió gracias a la pedagogía del abismo: las opciones son Capitanich o Zanini. No hay más. Muchos de sus colegas tal vez lo aprendan en los próximos días. Mientras tanto, el jefe de gabinete debería recordar aquél proverbio hindú que señala que “cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio”. Ojalá lo haga pronto.