Táctica De la Sota: apoyar al sector moderado de los K



Por Pablo Esteban Dávila

ilustra dela sota y capitanich sacandose una fotoJosé Manuel de la Sota salió de su reunión con Jorge Milton Capitanich tal como había entrado: con las manos vacías. Apenas un anuncio del jefe de gabinete sobre que el gobierno nacional volverá a refinanciar la deuda que Córdoba mantiene con ella, una verdadera obviedad: desde el año 2003 que la Nación lo hace con todas las provincias, primero con el Plan de Financiamiento Ordenado (PFO) y luego con el Programa de Asistencia Financiera (PAF).
Sin embargo, y a despecho de esta rutinaria conquista, el gobernador salió satisfecho del encuentro. Lejos de cualquier desplante o dedicarle gestos destemplados, fue pródigo en mostrarse afectuoso con Capitanich, como si sus obvios planteos (deuda con la Caja de Jubilaciones incluida) hubieran sido debidamente contemplados.
¿Qué es lo que sucedió? ¿Hubo algún compromiso no verbalizado entre ambos? ¿Llegará Córdoba, finalmente, a un acuerdo razonable? Lamentablemente, ninguna respuesta podría ir más allá de la conjetura, al menos con la información disponible. Pero de lo que sí puede especularse lícitamente es que el resultado del encuentro fue una puesta en escena cuidadosamente planeada por De la Sota y convalidada por el propio Capitanich.
El objeto de esta representación fue darle un mensaje al resto del kirchnerismo. Al no cancelar la reunión pactada –pese a las desafortunadas declaraciones del jefe de gabinete tras los saqueos en Córdoba– el gobernador decidió apuntalar al ala moderada del gobierno nacional. Y lo hizo precisamente porque sabe positivamente que fue Carlos Zanini quien presionó a la presidente para que se lo abandonara a su propia suerte, aún en contra de la opinión del jefe de gabinete. Ni a De la Sota ni a cualquier otro de los gobernadores no alineados con la Casa Rosada le conviene el retorno al cristinismo duro, salvaje, del tipo que se hacía gala antes de la derrota oficialista en las legislativas. Ayudar al chaqueño es, pues, un imperativo de supervivencia política.
Seguramente Capitanich agradeció en privado el hecho que De la Sota lo hubiera visitado tal como estaba agendado. No son buenos momentos para él. El país está convulsionado por la protesta policial y los saqueos se han cobrado casi una decena de vidas, inclusive en el Chaco, su provincia. Los halcones del gobierno que se restregaban las manos de satisfacción al observar pasivamente de cómo la ciudad de Córdoba era presa de vándalos y delincuentes, ahora se aterran ante la perspectiva de unas navidades sangrientas. En pocos días, De la Sota pasó de ser el responsable de un estallido social a ser otro de los gobernadores víctimas de una fatal secuencia de problemas macro que amenazan de lleno la cohesión social.
El radical Julio Cobos fue uno de los pocos que se atrevió a llamar las cosas por su nombre. Dijo que “la ciudadanía tiene dos problemas: la inseguridad y la inflación” y que “la inflación está causando inseguridad”, magníficas declaraciones que, lamentablemente, no tuvieron el eco que deberían. El enfoque cobista es el correcto, toda vez que problema de la inflación es el más serio desafío que se le presenta a la economía K y el que amenaza con pegar por debajo de la línea de flotación del discurso oficial. La emisión monetaria que la genera no sólo no se coparticipa sino que se impone a las provincias como una nueva exacción desde el gobierno nacional. Son las provincias las jurisdicciones que más sufren el impacto de este impuesto no escrito, dado que la mayoría de sus costos son salarios y servicios, fatalmente indexados con el índice del costo de vida. Aunque Cobos no lo haya dicho, la inflación es hoy lo que eran las rentas del puerto antes de la batalla de Caseros, una verdadera cuestión federal.
Algún malintencionado podría ironizar que la situación es tan difícil que hasta un radical, como lo es el mendocino, se vuelve un realista en lo económico. Puede ser. Pero también debe decirse que las crisis separan a los realistas de los imbéciles. Dentro de esta última categoría se encuentran ciertos funcionarios nacionales –como lo es el caso del secretario de Justicia Julián Álvarez– quien dijo que hay grupos que promueven la “desestabilización” en las redes sociales, una posición avalada por el ministro del área, Julio Alak, aparentemente convencido que “los saqueos no son espontáneos, sino organizados e incentivados por sectores políticos”. También la propia presidente parece abonar estas posiciones. En medio de la conmemoración por los 30 años de democracia, afirmó que “hay que saber que estas cosas no suceden por casualidad, sino porque se quiere desgastar los valores de la democracia, para que la gente piense que es mejor vivir en otra forma que no sea la democrática”.
El pensamiento presidencial, coincidentemente con el de Alak y Álvarez, se enancan sobre la teoría de la conspiración, que es la tradicional coartada de quienes no se atreven a reconocer lo que efectivamente sucede bajo sus narices. Para ellos, siempre hay un demiurgo oculto que prestidigita hábilmente las calamidades más espantosas, las que siempre –¡oh casualidad!– terminan damnificando a quienes sostienen este tipo de teorías. Es un círculo perverso, en donde la hipótesis se demuestra a sí misma, puesto que un conspirador jamás confesaría sus fechorías ante la comunidad.
Lamentablemente para ellos, no existe más conspiración que la inflación, que socava los salarios y profundiza la pobreza de los sectores más vulnerables. Y que, cuando se trata de la policía –sin sindicatos ni representación gremial– produce mayores daños en que otros asalariados con mayores posibilidades de negociación o protesta. Esta es la problemática que advierte el país del realismo político, genuinamente preocupado por las consecuencias de un fenómeno del que nadie quiere hablar dentro del Ministerio de Economía. Quizá por esta razón, De la Sota haya pedido disculpas por no haber previsto la magnitud de los incidentes ocurridos tras la protesta policial. Es un gesto valiente, no imitado por otros gobernadores oficialistas con problemas aún más graves que los sufridos por el cordobés, concentrados en buscar culpables allí donde no hay más responsable que la inflación generada por una descontrolada emisión monetaria.
Disculparse por lo sucedido al lado de quien nominalmente le negó la ayuda en lo peor de los saqueos podría considerarse una exagerada auto flagelación, pero esto también tiene una lógica. Es otra de las sogas que el gobernador acaba de tirar a Capitanich, ahora que ya nadie supone que lo ocurrido es parte de la insondable singularidad cordobesa. Disculparse es también disculparlo, una muestra de convivencia política de la que son incapaces de producir los halcones que anidan en las cercanías de la presidente.
Es de esperar que el realismo político mostrado por De la Sota contagie a otros de sus colegas y que, entre todos, apuntalen la posición del jefe de gabinete. Porque, si Capitanich se siente inseguro en su puesto, no habrá Gendarmería Nacional que pueda sostenerlo.