Democracia y populismo



Por Daniel V. González

ilustra central 30  años democracia (1)La ironía de Winston Churchill sobre la democracia ya puede ser archivada: hoy nadie la cuestiona, en su versión republicana, como el único sistema de gobierno compatible con la libertad. Ya no necesita argumentaciones para su defensa: es el sistema que queremos porque sabemos que es el que más nos conviene. Sin democracia, no hay libertad, reina la arbitrariedad y las decisiones del país pasan a ser el designio de una persona o una pequeña cúpula.

Sin embargo, en el momento exacto en que se cumplen 30 años del retorno de la Argentina a la democracia, la foto que podemos tomar sorprende al país en una situación complicada, tensa, caótica, salpicada con protestas, saqueos de comercios, violencia callejera. ¿Se trata de un hecho puramente casual, una mera coincidencia temporal sin importancia? ¿O es una muestra clara de la fragilidad que, transcurridos 30 años, aún conserva el sistema político argentino?

Un escenario favorable
Los cambios habidos en el escenario mundial en los últimos 30 años han sido favorables a la expansión y consolidación de la democracia republicana en todo el mundo. Las modificaciones intentadas por Mijail Gorvachov en la URSS en 1986 a través de la Glasnot y la Perestroika, derivaron en la implosión de un sistema que aparentaba solidez pero que tenía los pies de barro. El socialismo finalmente evidenció sus contradicciones insalvables, su ineficacia productiva, su desdén por las libertades individuales. El tenebroso muro de Berlín se derrumbó como si fuera de juguete. Estallaron juntos socialismo y dictadura y se abrió la puerta a capitalismo y democracia.
En los años siguientes el clima de libertad se extendió a toda Europa del Este donde fueron reemplazadas, algunas de la peor manera, todos los gobiernos militares dictatoriales impuestos durante décadas desde los acuerdos de Yalta, en 1945. El socialismo estalló en pedazos y, con él, la posibilidad de una sociedad sofocada por la fuerza de un poder dictatorial.
Francis Fukuyama formuló una observación para nada forzada sino más bien obvia: tras el hundimiento socialista, sólo quedaba el camino del capitalismo, en lo económico, y la democracia, en lo político. Y, tras las reformas en China y la rebelión en varios países musulmanes en 2010, sus dichos parecen ratificarse. Aunque, claro, existe una amplia gama de matices para uno y otro. Hay capitalismo con mayor o menor intervención del Estado y hay democracias con mayor o menor independencia de poderes y grados de libertad individual.

Caudillismo y democracia
En la Argentina, a menudo hemos despreciado la democracia. Le añadimos el calificativo de “formal” para contraponerla a otra, hipotética y difusa, llamada “real” que aseguraría el goce de bienes esenciales a los pobres. La democracia formal, estaría despreocupada de tales objetivos e insistiría, con cierto cretinismo, en el mero funcionamiento institucional.
La democracia “real” supone un caudillo. Actúa en nombre del pueblo, en su presunto beneficio y, ungido por el voto popular, siente que esta circunstancia la habilita para avanzar sobre las libertades de otros sectores a quienes identifica como enemigos del pueblo.
Esta forma de democracia, de bajo nivel institucional, tiende a concentrar el poder en una persona: el presidente. El parlamento se transforma en un simple organismo que aprueba sin chistar los proyectos que le baja el Ejecutivo, y la Justicia, complaciente y temerosa del único poder real que existe: el presidente.
En estos casos, la democracia se degrada. El Ejecutivo aprovecha su mayoría circunstancial para pedir mayores poderes al parlamento, que se los otorga sin objeción. La justificación es simple: es necesario más poder para realizar las transformaciones que benefician al pueblo y para luchar contra los enemigos del pueblo y de la Patria. Rápidamente llega una creciente intromisión del Estado en la economía. Restricciones cambiarias, limitaciones en comercio exterior, controles de precios, aprietes a fabricantes y empresarios en general. Es que la libertad política es indisociable de la libertad económica.

Populismo, enfermedad infantil de la democracia
democracia2El modo caudillista de la democracia es el populismo, que no termina de aceptar a la democracia republicana tal cual es. No le gusta la libertad de prensa: prefiere una prensa adicta, manejada a través de la pauta publicitaria. No soporta las autonomías provinciales: quiere mantener a los Estados dependientes de las transferencias financieras del poder central. No acepta la natural alternancia en el poder: siempre aspira a quedarse todo el tiempo posible. No admite la división de poderes: pretende que es necesario que todo el poder esté concentrado en la figura presidencial, en nombre de la gobernabilidad y de las imprescindibles transformaciones que impulsa.
Para la visión populista de la democracia, no existe el largo plazo. La dilapidación de los recursos es su constante. Casi su razón de ser. Al menos en la Argentina, sin abundancia no hay populismo. La última década el país accedió a niveles extraordinarios de ingresos, debido a un cambio en los precios internacionales de sus productos de exportación. Esto generó un ensanchamiento de sus posibilidades económicas, al igual que toda la región.
Sin embargo, este contexto de prosperidad ha sido en gran medida desaprovechado por el gobierno pues únicamente se pensó en utilizarlo para consolidarse en el poder sobre la base de una redistribución de ingresos ficticia, sin sustento en un crecimiento sólido de la economía. Es así cómo, problemas que creíamos superados, han regresado con vigor para recordarnos, en el 30ª aniversario de la recuperación de la democracia, que vivimos en una situación de gran precariedad.
De todos modos, el populismo –como tentación o como realidad- existe en el imaginario de todos los partidos políticos, en las circunstancias

La democracia de estos días
democracia1Como decíamos al principio, la democracia argentina en su trigésimo aniversario no luce bien. Está desmejorada. ¿Qué está pasando? ¿Es apenas un sacudón intrascendente, propio de cualquier sociedad democrática o, por el contrario, se trata de problemas que reflejan desequilibrios más profundos?
Lo que se nos presenta como una crisis policial, con reclamos generalizados de las fuerzas de seguridad en casi todas las provincias del país, encierra algunos otros temas que resultan evidentes a simple vista.
Uno de ellos, la inflación. Los sueldos están siendo carcomidos por el aumento de los precios. Ha regresado la inflación, que atormentó los primeros años de la democracia, durante el gobierno de Alfonsín y parte del gobierno de Menem. Es la inflación la que horada los ingresos fijos y disemina las protestas y los reclamos salariales. Y no se trata de un problema circunstancial. Detenerla será, como siempre, traumático. La crisis policial también nos trae, potenciado, un antiguo problema: la dependencia de las provincias de los fondos nacionales.
Pero lo más notable que esta protesta policial ha puesto en el tapete es la ruptura de un orden social básico, el quiebre de la disciplina social más elemental. Sin policía, los vecinos –al menos muchos de ellos- deciden apropiarse de todo lo que encuentran. Como si la ley se sostuviera apenas por la inminencia de la represión. Un cuadro de fragilidad que denota la presencia de valores e instituciones apenas hilvanadas pese a que han transcurrido ya tres décadas de vigencia. Quien vea a los saqueos como el desorden propio y natural de una sociedad democrática, se está equivocando. Estamos ante un fenómeno que no debe ser subestimado de ningún modo.
Se ve que, para algunos problemas y en relación con la democracia, rige la conocida tesis de Lepera, potenciada porque, en definitiva, parece que treinta años no es nada.