La sustitución del héroe

Por Víctor Ramés

Captura_general_pazSegún su propio cálculo, Celestino Murúa tendría noventa y tres años en 1903, cuando el Profesor y yo conseguimos dar con su rancho en San Vicente, tras una averiguación en el Mercado. El Profesor era más baqueano que yo y supo desentrañar las indicaciones que nos dio el Güesito, un sobrino nieto de Murúa.
Lo encontramos tirado en un camastro, en un ambiente oscuro y poco ventilado, y al comienzo se mostró reacio a hablar. Pero nuestra paciencia y unos traguitos de caña que habíamos llevado terminaron por aflojarle la lengua. De joven había sido miliciano de la tropa del coronel Barcal, y para el tiempo de las campañas del general Paz contra Quiroga, López y Reinafé, nuestro hombre había actuado a las órdenes del comandante Bartolito Benavidez, de la Punilla. Conseguimos que nos contase algunos episodios de su vida de soldado, y movido ya por las imágenes del recuerdo, que alentaba el vaho de la caña, dio por fin en rememorar aquella antigua tarde de 1831, la del diez de mayo. Se había desatado un tiroteo entre guerrilleros federales y unitarios, y él y sus compañeros, que se hallaban en la punta del ala izquierda de la partida federal, vieron de pronto venir a un jinete. “Era un teniente, oficial del general Paz, que nos había confundido con la partida unitaria. En un momento miré de pronto hacia donde se cortaba un bosquecito y alcancé a divisar la cabeza de un malacara nervioso. Mientras unos compañeros míos rodeaban al desconcertado oficial, los sables en alto, un camarada que había sabido servir a las órdenes del jefe unitario empezó a decir, en voz baja primero, y cada vez más fuerte, el nombre del General Paz. Se refería al jinete del caballo que yo había alcanzado a ver. Silbaron unas balas, una agitación nos recorrió, volví a mirar y lo vi dar un respingo en su montura, pero comenzó a venir hacia nosotros, con el malacara medio de costado. De repente asomó detrás de él un viejo baqueano, que a los gritos lo instó a devolverse. La voz del viejo fue tapada por la del Chuño, mi camarada nativo de Santa Rosa, que le gritaba: ¡Párese, general! Y a nosotros: ¡Ese es el general Paz! En un instante, Paz tomó partido por las advertencias del baqueano, e inició la retirada al trote, y yo antes de pensarlo me largué tras de él, mientras varios emprendíamos la persecución. Calculo que en ese momento, el ordenanza del general aprovechó la confusión para hacerse humo. Eché mano a mis boleadoras y las entré a revolear por sobre la cabeza. Se me cruzó Romerito, muy rápido haciendo la punta, y yo le grité “Agáchese, que lo tengo a tiro!”. Celestino contó, incorporándose como si el cuerpo no constituyese ningún peso para él, con ademanes que reforzaban la descripción, el momento culminante de su vida: cómo había soltado las bolas con el brazo en alto y cómo éstas silbaron sobre la cabeza gacha de José Romero, y fueron directo a maniar las patas traseras del caballo del general.
“Boleado, el pingo se fue de costeleta con un estrepito, y Paz voló por encima y cayó secamente a tierra. Quedó un polvaderal”, dijo Celestino. “Cuando llegamos junto a él, el corazón me sacudía el pecho: me sentía grande, invencible”. Luego contó que entre los milicianos que llegaron tras él se contaba un tal Pancho Zeballos, santafecino, de la partida de Estanislao López. El detalle venía a cuento, como enseguida se verá. Luego de que rodearon al prisionero, dijo Celestino que él lo miró a los ojos, fijamente. Paz no sabría que él lo había boleado, pero le sostuvo la mirada con una fiereza también dirigida a todos los que tenía alrededor. “No seríamos nada bonitos para el manco”, comentó con sorna. Dio luego algunos detalles sobre el traslado del ilustre prisionero hasta donde se encontraba la división de Pancho Reinafé, y dicho relato distaba de ser edificante. Los vencedores mortificaron a Paz con palabras y con actos, llegando a quitarle parte de sus pertenencias. Eran las reglas de la guerra, mal tejidas con las de la ignorancia, pero de todos modos la rememoración sirvió también como testimonio de la conducta del héroe de La Tablada, en todo momento altiva y digna, aun dentro de su comprensible amargura.
Refirió Celestino cómo después, de a poco, le fueron llegaron noticias de que el tal Pancho Zeballos alardeaba de haber sido él el autor del tiro de bolas. “Seguramente contaría su bolazo en pulperías y postas, cuando no estaban presentes otros testigos de aquel momento. Tanto y tanto se cansó de repetirlo, que al final acabó quedándose él con el mérito, lo que le valió recibir incluso un ascenso y unos patacones para premiarlo, que le entregó el propio Rosas”.
El esfuerzo por revivir aquellos tiempos idos, especialmente la injusticia que, de boca en boca, se volvió borra en la memoria, hizo que un cansancio plomizo se posara sobre Celestino Murúa, quien se quedó en silencio, respirando con dificultad. Era como si se hubiese borrado, de pronto, en la penumbra. Ni el Profesor ni yo dijimos nada. Ambos sentíamos como si se apagasen los ecos de aquella pequeña grande epopeya del pasado. Yo meditaba acerca de lo poco que queda de la historia: apenas una vieja voz cascada que mañana ya no estaría, a veces algún pedazo de papel manuscrito, o una memoria fatigada de volver una y otra vez a los mismos sitios. La ocasión crea al héroe y, en este caso, la leyenda creció hasta asfixiar la modesta solidez de los hechos.