El Cordobazo de la Edad Oscura

Por Segundo Campos(*)

DPP_0034Presa del estupor recordé estos días una nota magistral escrita hace poco más de un año por Eduardo Fidanza en La Nación sobre las distintas “Argentinas” que conviven en nuestro territorio (porque no me animo ya, abusando del lenguaje, a llamarlo país). Fidanza destacaba cuatro: la argentina “oficial”, la “corrupta” y paraestatal, la “criminal” y la “desahuciada”. Recordar ese texto me condujo a pensar que este “Cordobazo”, por el contexto radicalmente distinto en el que ocurre, se diferenciaba nítidamente del original. No porque pretenda idealizar a aquél, ni exaltarlo como un episodio romántico que subestime el germen de violencia que ya se estaba incubando entonces en la Argentina.
Seguramente, los historiadores podrán -y de hecho, ya lo han hecho en varios trabajos clásicos- precisar mucho mejor las características de aquel episodio. Pero, siguiendo la línea interpretativa de Luis Alberto Romero, está bien claro que aún en medio del peor autoritarismo político y de una inflación ya crónica, aquéllas eran pujas distributivas que ocurrían en el marco de una sociedad, sin duda conflictiva, pero esencialmente integrada y en la que todavía ardían llamas -tal vez las últimas- de la posibilidad de movilidad y ascenso social.
Lo que ocurrió en el mismo sitio en estos días parece distante no sólo en el tiempo sino particularmente en la dimensión de su significado. Porque, a mi juicio, en esa breve pero fulminante pesadilla asomaron de manera perversa las aristas más dramáticas de esas cuatro Argentinas que magistralmente ilustró Fidanza en el artículo comentado:

1) una Argentina oficial, la del relato (lo que aplica también, por cierto, al gobierno provincial) que luego de una década de bonanza tiene mucho de ficción y muy poco, lamentablemente de realidad, y que en su defección se mostró, con todas sus mediocridades y mezquindades, abiertamente incapaz de evitar un cataclismo que puso en riesgo no solo la propiedad sino la seguridad básica y, sobre todo, la vida de los habitantes;

2) la Argentina “corrupta” que es la muestra de los vínculos espurios de un Estado desarticulado y colonizado por toda clase de intereses, una zona de interpenetración en la que la argentina oficial se cruza con la criminal. Estos días esa interpenetración se expresó en la desobediencia de los cuadros inferiores de la fuerza policial de la provincia que reaccionaron en forma extrema en un deteriorado contexto signado por la presencia de indudables signos de corrupción en los altos mandos, sobre los que pesan serias acusaciones de complicidad con el narcotráfico y el crimen organizado;



3) por cierto, la Argentina “criminal”, que ha sabido aprovechar la implosión estatal y a la que pudimos observar, pasmados, en las filmaciones que mostraron los medios de comunicación masiva enseñorearse transitoriamente en el territorio sembrando el terror, el caos y la violencia;

4) finalmente, la Argentina desahuciada, informal, excluida, la de esos cientos de miles de jóvenes que no estudian ni trabajan y cuyos padres en el mejor de los casos tienen un laburo precario en el sector informal de la economía o que, más seguramente, reciben a duras penas una insuficiente asignación “universal” (de sólo medio punto del PIB, frente a los más de cuatro que se gastan en los consumos de servicios subsidiados para los estratos de mayor poder adquisitivo, mientras pagan en forma plena el impuesto inflacionario recaudado para financiar un creciente desequilibrio fiscal). Una argentina lumpenizaday embrutecida -hay que decirlo- en la que las nociones básicas del derecho a la propiedad y la idea de un orden y una mínima cohesión social están cotidianamente ausentes y que ante la mínima oportunidad desata sus espasmos de furia contra los que, tal vez, tienen algo más, apenas un poco, en medio de un abismo de postraciones y marcada desigualdad.
¿Puede ser éste el saldo social después de la década de mayor holgura externa en un siglo y del periodo de mayor aumento de la recaudación tributaria y el gasto público en toda la historia macroeconómica argentina? Aparentemente sí. Al menos a juzgar por las groseras inconsistencias de la política económica de los últimos dos mandatos presidenciales -que nos han llevado a dilapidar la espléndida oportunidad brindada por una inédita combinación de factores favorables a la salida de la crisis finisecular. Y que, en medio de una inflación creciente causada por la necesidad de financiar monetariamente a un estado supuestamente desendeudado y solvente pero completamente ilíquido y falto de toda credibilidad están conduciendo indolentemente, a pesar del cepo, a una insólita crisis cambiaria.
Sin embargo, parece difícil atribuir tanta anomia y descomposición únicamente a la impericia y a las inconsistencias ostensibles de una mala política económica. En todo caso, el fracaso de la economía lo que hace es retrotraernos al punto de partida- en un siniestro juego de la oca- para recordarnos que quisimos barrer debajo de la alfombra tanta basura, la que dejó el último cuarto del siglo pasado. Y que la impericia y decadencia de nuestras elites dirigentes (no únicamente la clase política, por cierto) no supieron (ni se propusieron) empezar mínimamente a revertir, aún en las favorables condiciones que el país enfrentó al comienzo del nuevo milenio.
En su reciente Acuerdo para el Desarrollo Democrático el Club Político Argentino llamó a la dirigencia política del país sin ninguna clase de exclusiones a deponer el sectarismo y la desconfianza y a consensuar un conjunto de puntos mínimos a partir de los cuales comenzar a elaborar una agenda de acuerdos y políticas concretas que ayuden a salir de este presente perpetuo que mira al pasado y nos priva de una agenda de futuro compartido. La propuesta tuvo una amplia recepción favorable. Ahora hay que trabajar en su concreción. Todavía estamos a tiempo. Pero no queda mucho para evitar empantanarnos en el “hondo bajo fondo” en el que hemos descendido.

(*)Economista, socio del Club Político Argentino