Economía: todas medidas parciales

Por Gabriela Origlia

DYN07.JPGEn 1979 el Washington Post publicó un artículo titulado “El armario de las ideas está vacío”, en el que los principales pensadores de Estados Unidos admitieron su impotencia para resolver los problemas más urgentes del país. El texto podría aplicarse a la Argentina 2013, donde los funcionarios también parecen tener el placard vacío de soluciones, por lo que van echando mano a parches y nuevos parches con un horizonte máximo de dos años; el futuro es el 2015. Es cierto que el Gobierno reconoció que hay problemas en la economía pero sigue rodeando los ejes; es más, ni siquiera los nombra. Ni Jorge Capitanich ni Axel Kiciloff pronuncian los conceptos déficit fiscal e inflación.
Desde que llegaron las medidas que tomaron son una suba de impuestos para la compra de autos de más de $170 mil, un alza en la alícuota sobre operaciones de pasajes, en internet y –ahora- dólares para turismo, el anuncio –con muy buena repercusión- del acuerdo para indemnizar a Repsol y la admisión de que habrá quita de subsidios al transporte y la energía (sin mayores precisiones). Todas decisiones de ajuste. Cada una había sido anticipada por la mayoría de los economistas del país y sistemáticamente negada por los funcionarios y representantes del oficialismo (“Categóricamente no”, respondió Ricardo Echegaray, titular de la Afip en agosto cuando se lo consultó sobre una eventual alza del recargo; la resolución publicada en el Boletín Oficial el martes último lleva su firma).
La otra línea de acción es la aceleración del ritmo de la devaluación del dólar oficial que, en un comienzo, logró una reducción importante de la brecha con el paralelo. Pero, desde que se aumentó la retención a cuenta de Ganancias, el blue volvió a tomar envión. Más allá de qué nombre le quieran dar en el Gobierno, es una devaluación, el mismo concepto que desde la presidenta Cristina Fernández a Kiciloff usan para denostar a empresarios e industriales. Hasta ahora, quienes apostaron a que el Gobierno tomaría estas medidas y adelantaron consumos de autos de alta gama, de viajes al exterior y de compras en webs son los ganadores. Perdieron aquellos que confiaron en la palabra oficial.
La otra clave es que mientras se acelera la tasa de devaluación no tocan las tasas. Entonces, a quién le interesaría vender sus dólares y depositar los pesos cuando lo que los bancos les pagan está muy por debajo de la inflación. Si no hay consistencia y coordinación entre las medidas que se van tomando, no hay manera de que alcancen.
En los días de paliativos las reservas siguen cayendo bajo la mirada voluntarista de Capitanich, quien dice que el problema se irá resolviendo. No alcanza con dar señales de acercamiento al mundo para recibir dólares. Incluso los caminos que busca el Gobierno son de encrucijadas; en un mundo líquido donde Bolivia coloca deuda al 4,8% anual, Argentina indemniza a Repsol con tasas arriba del 8% y, para frenar el paralelo esteriliza bonos de los jubilados a través de Anses y, además, al bajar el precio de los papeles su rendimiento sube lo que implica más costo financiero para el país.
En este panorama los inversores –de los que tanto habla el oficialismo en relación al interés que despierta la asociación con YPF para explotar Vaca Muerta- esperan definiciones sobre si tendrán chances de sacar dólares del país y, sobre todo, a qué precio. Nadie entra sino puede salir. El mayor daño colateral del cepo es, precisamente, ese.
Ya comenzó la rueda de discusiones por “cadena de valor” para establecer nuevos acuerdos de precios. A esta altura, los argentinos descreen de un esquema que ya fracasó, pero el Gobierno insiste con la receta, ahora sin Guillermo Moreno (quien debe estar sonriendo mientras tomá un café en plaza Navona). En paralelo a los análisis, la inflación de noviembre y diciembre rondaría el tres por ciento mensual; la empujan las subas de los combustibles y de los alimentos. Para variar Kiciloff aclaró que no hay inflación porque las tarifas no suben. Se olvidó de decir que están pisadas por ellos con el consecuente impacto de los subsidios sobre las cuentas públicas.
Por ahora el Gobierno sigue sin decir si reducirá su nivel de gasto y cómo manejará la emisión. El problema no es el gasto público en sí, sino cuántos fondos se esterilizan sin eficiencia ni eficacia. Por ahora, las medidas sólo sirven para ganar tiempo. No para resolver problemas de fondo.