De la Sota pagó alto costo local pero logró apoyo político anti K

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra cordoba saqueadaJosé Manuel de la Sota sobrevivió ayer a una de las jornadas más tensas que recuerde. Durante los dos días que duró el acuartelamiento de la Policía se sucedieron saqueos, incendios y destrucción a gran escala. Córdoba estuvo en boca de todo el país por los peores motivos: la inseguridad y la desprotección de sus habitantes.
Durante el caos que fue la noche del martes y la madrugada del miércoles fue difícil predecir cuál podría ser el resultado político de tantos desmanes. Es probable que el propio gobernador no tuviera una idea exacta del cariz que habían tomado los acontecimientos durante el forzoso silencio de radio que le impuso el vuelo de seis horas desde Panamá. En todo caso, el panorama que se le presentó al bajar del avión fue desolador. No hay nada peor para un político que una situación fuera de su control.
Muchos analistas especularon que la postal de saqueos y vecinos armados en defensa de sus propiedades sería demasiado para un gobierno duramente golpeado tras el narcoescándalo policial. Durante algunas horas de confusión y desasosiego esta presunción pareció ser correcta. Pero entonces sucedió lo inesperado: el gobierno nacional prefirió hacerse el desentendido de lo que ocurría en Córdoba. Ni Jorge Capitanich ni Sergio Berni movieron un dedo para enviar a la Gendarmería Nacional, pese a los insistentes llamados desde la provincia. Negaron, inclusive, que alguien se lo hubiera requerido, y culparon a De la Sota por no haber solucionado a tiempo una “mera cuestión salarial”.
Semejante respuesta mereció el reproche de todo el arco político nacional y relativizó los previos esfuerzos del jefe de gabinete por corregir los pésimos modales institucionales del kirchnerismo pre – Capitanich. Este error fue aprovechado a fondo por De la Sota cuando, dos horas después de vencido el ultimátum a los amotinados, anunció las bases del acuerdo con los policías ante un auditorio compuesto por religiosos, políticos, sindicalistas, empresarios e intendentes.
“Los cordobeses tenemos que quemar el DNI porque no nos consideran de Argentina”, fue la imagen a la que recurrió para sintetizar la prescindencia de las autoridades nacionales ante una situación de inusitada gravedad. La indignación se entiende: con cerca de 5.000 de gendarmes patrullando el conurbano bonaerense (un territorio de tanta responsabilidad de Daniel Scioli como Villa Allende lo es para De la Sota), la discriminación hacia la provincia se torna tan evidente como injustificable.
Lo curioso es que el escenario podría haber sido el opuesto. Si, en las primeras horas del miércoles, tanto Capitanich como Berni hubieran viajado a Córdoba con un puñado de gendarmes a bordo de un Hércules de la Fuerza Aérea (o en alguno de los tantos aviones deficitarios de Aerolíneas) a modo avanzadilla del contingente principal que habrían de enviar después, los héroes de la jornada hubieran sido ellos. En tal supuesto, habrían podido compartir la foto del arreglo con la policía provincial y se hubieran congraciado con la opinión pública provincial. Como yapa, el gobernador habría quedado en deuda y en una posición de inferioridad para discutir los temas pendientes con la Nación.
Pero eligieron hacer lo contrario, y están pagando un costo por ello. No sólo porque han quedado frente al país como funcionarios pérfidos y arbitrarios, sino porque devolvieron vida y prestigio a un rival político que podría haber quedado al borde del nocaut. Esta impericia, sumada a la habilidad de De la Sota por transformar un problema –que sin duda le compete– en una suerte de relanzamiento de su lucha contra la violencia, ha tenido el efecto de presentarlo, nuevamente, como el adversario al que la Casa Rosada más detesta.
Lo increíble es que todo esto sucede a las vísperas del reinicio del diálogo entre la Nación y la provincia. Debido a sus groseros errores de apreciación política, ahora Capitanich deberá recibir a un gobernador que sobreactuará su indignación y que reclamará, más que nunca, que el gobierno federal cumpla con sus compromisos. En contraposición, el jefe de gabinete sonará poco creíble y deberá permanecer a la defensiva. La reunión, de finalmente producirse, tendrá una audiencia que envidiarán muchos de los programas del prime time televisivo. Todavía se recuerda que, en 1998, De la Sota tuvo una reunión de apenas un minuto con Ramón Mestre ofendido por la intransigencia del ex gobernador al tratar el calendario electoral.
La negativa a enviar la gendarmería es el segundo cepo nacional que logra esquivar el gobernador. El primero –y origen de todos los malentendidos– fue la negativa de la Casa Rosada a cumplir con acuerdos previamente firmados. Cristina suponía que, con tal asfixia financiera, los ímpetus de De la Sota se morigerarían y terminaría por alinearse. La provincia, lejos de amedrentarse, respondió con la Tasa Vial y mayor presión fiscal, sorteando el desafío. Huelga decir que ambos cepos –tanto el financiero y como el de seguridad– continuarán alimentando el discurso nacional del cordobés por varios meses más.
Las consecuencias de los saqueos son, pues, paradojales. Porque, de haber amenazado la gobernabilidad en la provincia y puesto en jaque todo el discurso delasotista, terminaron reposicionando al gobernador en su conflicto con el gobierno federal, un símbolo autonomista que ya mostraba un severo desgaste. Además, es muy probable que la Policía –cuya legitimidad había quedado fuertemente cuestionada– haya recuperado algo de dignidad y espíritu de cuerpo, y se proponga enfrentar con mayor decisión a la delincuencia.
Territorialmente, es indudable que el gobernador pagará un costo por estos sucesos pero, a nivel nacional, el hecho que Mauricio Macri, Antonio Bonfatti, Daniel Scioli, Sergio Massa y Julio Cobos se hayan solidarizado públicamente con él lo ratifican como uno de los actores principales de la política argentina. Son derivaciones que, insistimos, podrían haber resultado totalmente diferentes si el histórico ADN del kirchnerismo no hubiera prevalecido, otra vez, sobre las más sanas (y ahora en entredicho) intenciones de Jorge Capitanich, repentinamente desdibujado tras su gran metida de pata en Córdoba.