Un marxista seduciendo burgueses

Por Gonzalo Neidal

Littles_on_chess_boardLa presidenta no habla más. Ahora hablan sus ministros. Y hablan todos los días.
Pero hay una diferencia: la presidenta estaba eximida de tratar temas concretos. Incluso de mantener algún rigor técnico. Para eso es presidenta, caramba. Ella puede decir que la batalla de Carabobo fue la última contra los españoles en América, desplazando a Ayacucho y a Antonio José de Sucre. Le está permitido. Incluso esos deslices aparecen como un gesto de coquetería femenina. Como el famoso “hache dos cero” para reformular el agua. Pero a los ministros les está vedado hacer discursos agregando gruesos puñados de fantasía, invocaciones épicas y palabras vibrantes. A ellos se les exigen precisiones y cierta consistencia técnica. Por eso su tarea es un tanto más complicada que aparecer en TV acariciando un perrito llamado Simón.
Y, dentro de la dupla parlante, la peor parte la lleva el ministro de economía, Axel Kicillof. Capitanich cuenta con autorización para un margen de poesía. Por ejemplo, ayer se permitió manifestar preocupación por la deuda pública de los EE UU. Eso fue en respuesta a declaraciones de funcionarios norteamericanos que mostraban similar sentimiento respecto de las reservas argentinas.
Pero a Kicillof le ha tocado bailar con la más fea, sin ninguna duda.
De todos modos, va aprendiendo rápido. Con el paso de los días va postergando de a poco sus frases puramente ideológicas y va abordando los problemas que realmente preocupan a los empresarios. No está mal para alguien que viene de un sentimiento de desprecio por temas tales como la seguridad jurídica y el denominado clima de negocios.
Con estos antecedentes, más de un industrial ha de haber quedado sorprendido ayer por la mañana cuando el ministro expuso en la 19ª Conferencia Industrial Argentina organizada por la UIA. El ministro los invitó a tomar el camino “más difícil” de la inversión y la tecnología y no el “fácil” de la devaluación, los subsidios y… la disminución de los salarios. Y les dijo que deben darse cuenta de que los salarios altos benefician a la industria pues generan demanda de sus productos. Claro que ni siquiera rozó algo que resulta obvio: por estos días, lo que atenta contra el poder adquisitivo de los salarios es la inflación. Y en este tema el gobierno tiene algo que ver.

Viento de cola
Resultó muy interesante que el ministro reconociera que en estos años, en la última década, el país fue beneficiado por condiciones favorables en el mercado mundial. El formidable aumento de los precios de los productos que exportamos (agrarios, combustibles en los primeros años) nos benefició con ingresos extra. Pero, claro: arguyó que Argentina fue el país que mejor aprovechó este viento de popa, gracias a la magnífica conducción de Néstor y Cristina.
A juzgar por los resultados y por las dificultades actuales de la economía, no pareciera que esto ha sido como lo dice el ministro. Tenemos dificultades con las reservas, que son bajísimas. Tenemos problemas severos con los combustibles ya que hemos pasado de una situación de excedencia, heredada de los malditos noventa, a una de pesado déficit. Todo ello producto del despilfarro y la imprevisión de los timoneles. Y ni mencionemos los niveles argentinos de inflación, sin parangón en la región, excepto el caso de Venezuela, consecuencia directa de los desmanejos fiscales del gobierno.
De todos modos, si atribuimos el crecimiento de estos años a los timoneles y no a la bonanza, acordémonos de esta línea argumental para cuando nos veamos tentados de asignar nuestros problemas a la crisis mundial o a los Estados Unidos.

Socios industriales
Decirle a un industrial que debe invertir es una recomendación un tanto liviana y ociosa. Los industriales saben que deben mejorar cada día aquello que producen porque si no, sucumben. Siempre que exista competencia, claro. Si el estado los protege, los apaña y restringe la competencia, ellos sienten que tienen la vaca atada y se despreocupan por mejorar, por su eficiencia, por bajar los precios. Sin competencia no hay estímulos genuinos a mejorar ni a invertir más.
Pero la frase más significativa que pronunció Kicillof es la invitación a que los industriales lo acompañen. Alegó que “somos socios en esto para que el empresariado pueda ser un líder en la Argentina y en el mundo”. ¡Socios! ¡Qué frase inesperada y halagadora!
Es una tranquilidad saber que el presunto marxismo que maliciosamente se le adjudica no lleva al ministro a aspirar a la dictadura del proletariado sino, apenas, a posicionar a los industriales como líderes en la Argentina y en el mundo. Hay países que lo han logrado: son los denominados desarrollados. Hay otros que están en curso de hacerlo. Brasil, por ejemplo. Quizá Chile.
Pero la Argentina no ha hecho otra cosa que agredir a los empresarios. Rurales e industriales. Salvo el pequeño grupo de amigos del poder, de quienes se sospechan sociedades con personajes encumbrados del gobierno, los demás empresarios han sido motivo de agresiones, reproches, controles asfixiantes, limitaciones en el acceso a los insumos, descalificaciones.
No deja de ser alentador que el ministro se ofrezca como aliado del empresariado. Quizá sea la nueva “columna vertebral” en esta nueva etapa del gobierno, post derrota electoral. Será una experiencia muy interesante para observar en su despliegue completo. Ojalá el hilo que resta en el carretel del gobierno le alcance para desarrollarla en toda su extensión.