Los fantasmas europeos



Ensayo del sociólogo
Juan Carlos Torre (*)

locoPara trazar el itinerario público de Juan Domingo Perón voy a comenzar en 1930, cuando se asomó por primera vez en la escena política del país pero entonces como actor de reparto. Ese fue el año del golpe de setiembre que puso fin al experimento de mocrático iniciado con la sanción de la Ley Sáenz Peña en 1912. Como ocurrirá más de una vez con los golpes militares, la Revolución de 1930 fue orquestada por dos facciones militares: la nacionalista acaudillada por el general José Félix Uriburu y la facción liberal que respondía al General Agustín P. Justo.
¿Adónde se ubicó Perón en esa encrucijada de las lealtades militares? Según su propia versión de la historia, en las vísperas del golpe se vinculó con la facción nacionalista pero bien pronto se apartó de ella, desilusionado por su incompetencia para las tareas conspirativas. De allí que el levantamiento militar contra el presidente Hipólito Yrigoyen lo encontrara junto a la facción liberal de Justo.
Producido el golpe, el general Uriburu, sobre quien recayó la jefatura de la revolución, una vez que ocupó la presidencia procedió a purgar a la nueva administración de elementos asociados a su rival, el general Justo. Entre ellos, Perón, quien al día siguiente del golpe había sido designado en la secretaría privada del ministro de Guerra. Un mes más tarde fue separado del cargo y transferido a la Escuela de Guerra, como titular de la cátedra de Historia Militar.
Los avatares de la política militar lo condujeron así al podio de profesor y en él adquiriría una experiencia crucial para su posterior carrera política. Allí tuvo la oportunidad de iniciarse en las rutinas de la docencia: hablar en público, expresar sus ideas, interesar y mantener la atención de la audiencia. El ámbito militar, acostumbrado a las consignas claras y a las órdenes simples, era poco propicio para la retórica engolada de los hombres públicos e imponía un estilo de comunicación llano y directo. De todo ello Perón sacaría buen partido cuando, llegado al poder, hizo de la Presidencia un púlpito al servicio de su propio mensaje ideológico.
En 1932 volvió al centro de la corporación militar traído por el desenlace final de la Revolución de Septiembre. Luego de que la tentativa nacionalista del general Uriburu fracasara, en medio de la mayor soledad política, a fines de 1931 se llevaron a cabo las elecciones que, con la proscripción del radicalismo, condujeron al general Justo a la presidencia. Fue entonces cuando Perón fue designado ayudante de campo del nuevo ministro de Guerra, el general Manuel Rodríguez, al tiempo que retuvo su cátedra en la Escuela de Guerra. Desde esta nueva posición pudo observar de cerca la exigente tarea que el Presidente encomendó a su Ministro de Guerra: devolver la disciplina a un Ejército que acabada de salir de los cuarteles para hacer conocer al país sus preferencias políticas. La preservación de la unidad militar demandó, en esas circunstancias, una vigilancia incesante así como la manipulación constante de las rivalidades existentes en el cuerpo de oficiales.
Vista a la distancia, esa fue otra experiencia formativa en la carrera militar de Perón ya que lo inició en el arte de las intrigas palaciegas del que sacó también buen partido años más tarde, cuando se abrió paso arrolladoramente entre sus camaradas de armas para conquistar la jefatura política de la Revolución de junio de 1943.

Hacia Italia
En este breve recorrido por el itinerario público de Perón quisiera ahora dar un salto en el tiempo para evocar un nuevo avatar, esta vez de índole más personal, que imprimió, a mi juicio, un giro decisivo en su trayectoria. Me refiero a que en setiembre de 1938 murió enferma de cáncer Aurelia Tizón, su esposa desde hacía diez años.
Por lo que sabemos a través de testimonios, la muerte de Aurelia fue un golpe duro para Perón: decidió alejarse de todo e hizo en soledad un viaje de 18.000 kilómetros en automóvil a través de la Patagonia, una región que conocía bien porque su padre había tenido allí propiedades rurales y en donde había pasado sus primeros años de vida. Como ha escrito Joseph Page, uno de sus biógrafos, a esta altura de su vida Perón estaba en un pantano emocional. Es posible que, a la distancia, resulte difícil imaginarlo en un estado de depresión afectiva. Los que sí lo vieron así, en ese estado, y se esforzaron por darle una mano fueron sus camaradas más allegados; con ese fin se las ingeniaron para que los altos mandos del Ejército lo designaran en una misión en el extranjero.
En febrero de 1939 Perón viajó a Italia para perfeccionarse en las prácticas de los ejércitos de montaña. Este nuevo destino le ofreció un balcón apropiado para observar de cerca la Italia de Benito Mussolini. Su temporada italiana habría de ser, lo repetiría más de una vez, una verdadera experiencia iniciática. El encuadramiento y la movilización del pueblo italiano bajo la conducción de Il Duce le dejaron una fuerte impresión, al tiempo que le permitió entrever en el corporatismo mussoliniano el sendero de la genuina democracia social hacia el que se encaminaba el mundo para poner bajo control los desafíos de la lucha de clases. Esto es de sobra conocido y me parece innecesario extenderme en ello.
Sí me interesaría hacer aquí una pausa para detenerme en las vueltas de la suerte y preguntarme: ¿Y si no hubiera muerto Potota, como era llamada en su familia la esposa de Perón, y se hubiese prolongado en el tiempo ese matrimonio feliz? Esto es, ¿y si Perón no hubiese conocido el dolor de esa pérdida y por lo tanto sus allegados no hubieran tenido que acudir en su auxilio maquinando para que fuese enviado en una misión de estudios a Italia, desde donde regresaría al país en posesión de las claves maestras de su futura empresa política? Estas son todas conjeturas, ya lo sé: la historia es lo que fue y no lo que pudo haber sido. Pero estas conjeturas tienen un valor heurístico: nos traen al primer plano el papel que tienen las contingencias en la vida de los hombres públicos y, como sería el caso de nuestro personaje, también en los derroteros de los países.
Con los elementos que hemos reunido hasta aquí podría decirse que, hasta su viaje a Italia, Perón muy seguramente tenía por delante una brillante carrera como oficial del Ejército. La formación militar era el principal activo con el que contaba. Por tratarse de una formación dentro de una institución tan omnicomprensiva sobre la vida de sus miembros, cabría esperar, por lo tanto, que ésta impregnara con su lógica bélica la visión de la vida pública de un hombre que desde los quince años se había desenvuelto en sus filas.
En consecuencia, no sorprende que cuando las vicisitudes de la historia del país lo proyectaron fuera de los cuarteles razonara el ejercicio de la política como una contraposición beligerante entre ejércitos en pugna. Dentro de esta matriz de pensamiento, la paz es sólo un breve interregno en la ambición natural de prevalecer el uno sobre el otro y, a su vez, la conducción política es el arte de suscitar obediencia dentro de la propia tropa con vistas a una guerra inminente e inevitable. Esta matriz de pensamiento ha sido la pista por muchos explorada con el fin de esclarecer y dar sentido a la actuación política de Perón.

El estilo
No es esta, sin embargo, la pista que me interesa explorar en esta ocasión. Mi foco no será el estilo político de Perón, un estilo que, a mi juicio, se habría de desplegar por otra parte con una paleta más matizada que lo que se desprendía de su formación militar. El foco del ejercicio especulativo que me propongo estará más bien colocado en la trama de las preocupaciones políticas que pautaron su comportamiento en dos momentos centrales de los diez años en que ejerció sus primeras presidencias: el momento de su ascenso al poder en 1946 y el momento de su derrocamiento en 1955. Esas preocupaciones le fueron dictadas por la perspectiva desde la que observó la cambiante coyuntura política argentina.
¿Cuál era, pues, esa perspectiva? Esa es la pregunta que se impone responder. Y bien, según como veo las cosas, esa perspectiva fue una que Perón hizo suya como corolario de su breve pero crucial estada en Italia. De dicha estada regresó al país no solamente bajo la impresión de las grandes comuniones de masas en torno del liderazgo de Mussolini y cautivado por las promesas del corporatismo social como alternativa al orden liberal y a la dominación comunista. El impacto de su temporada italiana se tradujo en la gestación de un punto de vista que habría de distinguirlo entre sus contemporáneos; me refiero a su tendencia a considerar y, por lo tanto, a juzgar la cambiante coyuntura política argentina desde la perspectiva de los problemas y los desarrollos que caracterizaban las vicisitudes de la Europa de la época.
Para decirlo con otras palabras: la mirada de Perón sobre el panorama argentino se construyó desde el puesto de observación de la atalaya europea. Fue ella, la atalaya europea, la que le suministró claves interpretativas por medio de las cuales problematizó los cambios que tenían lugar en la sociedad y la política del país.

El fantasma rojo
Exploremos a continuación esta hipótesis en el momento de su ascenso al poder. Una vez que hubo consolidado su liderazgo en las filas de la Revolución de junio, Perón comenzó a desplegar una intensa actividad comandado por una obsesión: el fantasma del peligro comunista. Como lo dejó saber en más de una ocasión, el fin de la Segunda Guerra Mundial traería aparejado una expansión del comunismo. Si bien la marcha de los ejércitos soviéticos se iba a detener en el centro de Europa, la conquista de los países del continente se prolongaría en el trabajo de zapa de los partidos comunistas a los que la victoria de la coalición antifascista elevaría a posiciones de poder. Esto es lo que habría de ocurrir en Italia y Francia, en donde los jefes de los partidos comunistas (Palmiro Togliati y Maurice Thorez, respectivamente) fueron convocados a formar parte de los nuevos gobiernos.
Con esa convicción, Perón se enfocó sobre la coyuntura argentina y urgió a la implementación de una estrategia preventiva que cerrara el paso a las huestes comunistas dentro del mundo del trabajo, que crecía por obra de la expansión de la industrialización en curso. Esa estrategia preventiva tenía dos pilares: reprimir las expresiones militantes del comunismo y a la vez remover las causas del comunismo. La novedad de la propuesta de Perón estaba en el segundo pilar, y éste fue el que se plasmó a través de una apertura del Estado a las demandas del mundo del trabajo. Con la certeza de contar con una solución al peligro comunista se dedicó luego a hacer su propaganda en los círculos del establishment argentino.
Al respecto contamos con un valioso documento que ilustra el tenor de sus conversaciones con un grupo escogido de figuras públicas en diciembre de 1944. Ese documento, que consiste en la transcripción de las notas taquigráficas tomadas subrepticiamente por uno de los partícipes del cónclave, permaneció en las sombras hasta que fue publicado por Félix Luna en mayo de 1998 en el diario La Nación. En él leemos a Perón diciendo: “El problema de la Argentina de hoy consiste en resolver la cuestión social. Frente al comunismo sólo se pueden adoptar una de las siguientes actitudes. Primero, destruir por la violencia toda organización comunista. Segundo, hacer a los obreros promesas que no se cumplen, como antes. Tercero, quitarle su razón de ser, satisfaciendo con justicia las reclamaciones obreras. Es éste el camino que yo he elegido: siempre he creído mejor hacer que desaparezcan las causas en vez de empeñarme en destruir sus efectos”.
Con esas palabras aludía a su gestión al frente de la Secretaría de Trabajo: promover la negociación colectiva, reparar viejos agravios, estimular la sindicalización. En otro tramo de la conversación Perón reconoció: “Hay quienes se quejan de algunas medidas del Gobierno que les resultan onerosas, pero les digo que es mejor resignarse a entregar una parte de lo que tiene para no perderlo todo.” Con este razonamiento, Perón argumentaba en favor de su estrategia preventiva partiendo de la buena acogida que iniciativas como las suyas habían tenido en otras latitudes por parte de un establishment tan conservador como el de la Argentina.
Pero esta trasposición de la experiencia europea adolecía, sin embargo, de un defecto. Como lo señaló Tulio Halperín, en la Argentina de entonces faltaba la condición que llevó en los países fascistas a los círculos patronales a acompañar políticas de reformas laborales, aun al precio de sacrificios inmediatos. Esto es, no existía aquí como sí existió en esos países la sensación de amenaza frente a un movimiento obrero combativo. Uno de los interlocutores de Perón en diciembre de 1944 se atrevió a disentir con su diagnóstico y le señaló que “antes del 4 de junio no había en el país un problema comunista de importancia”.
A partir de lo que sabemos sobre la situación del movimiento obrero de la época, agrego yo, razones no le faltaban para descreer de la existencia de un peligro comunista. Como bien lo puso de manifiesto la referencia a la fecha del 4 de junio, si había en el mundo de los negocios una preocupación, el origen de ella estaba localizado más bien en la propia gestión de Perón, que en nombre de anticiparse al presunto peligro comunista lo que hacía era alentar la movilización obrera y exasperar las tensiones laborales.
A los ojos de sus interlocutores, Perón se comportaba como un bombero piromaníaco, según la expresión acuñada por Alain Rouquié, que provocaba incendios para ser luego llamado a sofocarlos. No se necesitaba demasiada sagacidad política para advertir en la gestión de Perón la tentativa de erigirse en árbitro de la paz social y de forzar a delegar en él todo el poder político. La perspectiva europeizante de Perón sobre la realidad argentina no se compadecía con la visión que de ella tenían los dueños del poder económico. En esas circunstancias, las medidas prolaborales fueron recibidas en principio con frialdad y más tarde con hostilidad. Este desencuentro tuvo una primera consecuencia: la posibilidad de que se formara una coalición conservadora popular, como esa que fue concebida por Perón al buscar el respaldo de los dirigentes obreros y la colaboración de las clases patronales para conducir, con el apoyo del Ejército y la bendición de la Iglesia, los destinos de la Argentina de posguerra.
Frustrado en su intento de formar una gran coalición, Perón radicalizó de allí en más sus políticas y apelando a una retórica que le ganó el fervor popular proclamó el advenimiento de la era de las masas, el fin de la dominación burguesa y convocó a los trabajadores a movilizarse en defensa de la obra de la Revolución de junio. Despuntó, de este modo, una nueva tentativa política. Entre el proyecto original y éste que fue emergiendo, en medio del hostigamiento de la oposición del mundo de los negocios y las clases medias liberales, habría una diferencia capital: el sobredimensionamiento del lugar político de los trabajadores, los cuales de ser una pieza importante pero complementaria en una coalición conservadora popular se transformaron en el principal sostén del liderazgo plebiscitario de Perón.
Nuevamente, todo esto es historia conocida como es también conocido el desenlace del 17 de octubre de 1945, la posterior victoria electoral de Perón en febrero de 1946 y su acceso a la presidencia desde donde prosiguió políticas proobreras que habrían de asegurarle una larga vida política.

Singularidad Argentina
Lo que me interesa destacar sobre el telón de fondo de esa historia conocida es lo siguiente: la estrategia preventiva de Perón, esto es, conjurar el peligro comunista actuando sobre las condiciones de postergación social y alienación política que eran propicias para su penetración en el mundo del trabajo fue, al final de cuentas, una empresa exitosa. En América Latina, la Argentina será un país donde las corrientes ideológicas de inspiración marxista perdieron gravitación en el movimiento obrero y quedaron confinadas a ejercer una influencia sobre todo en los medios culturales. Pero la contrapartida de este desenlace en el terreno ideológico fue un país que experimentó como pocos en la región las asperezas de la lucha de clases que, si bien no se libró con el lenguaje de la retórica marxista, mantuvo a la Argentina por largos años muy lejos del horizonte de paz y orden social hacia el que apuntó Perón en los tramos iniciales de su ascenso al poder.
(*)Publicado en el Estadista
(Texto resumido de la charla en las VIII Jornadas de Historia Política, Mendoza, 30 de septiembre de 2013)