Sin justicia el árbitro es la violencia

Por Pablo Esteban Dávila

cordoba_monsanto3_44702¿Qué es lo que le sucede a los fiscales de la provincia de Córdoba que no se animan a hacer cumplir la ley? Hay fallos del Tribunal Superior y de una Jueza de Primera instancia que autorizan a la multinacional Monsanto a llevar adelante la obra civil de su planta en Malvinas Argentinas. Sin embargo, los trabajos están paralizados por culpa de un raquítico piquete de ambientalistas que impide el ingreso de materiales y obreros para su construcción. Es como si existiera temor a hacer cumplir la ley de parte de quienes deben garantizar su aplicación.
Esta situación existe desde hace ya dos meses. Un puñado de personas que dice perseguir una causa noble coarta ilegalmente el derecho de empresarios y trabajadores a llevar adelante sus tareas. Hasta el presente, nadie puede explicar racionalmente el porqué las órdenes de la Justicia no se cumplen. Y, menos aún, la parálisis del Ministerio Público Fiscal para llevar adelante las acciones necesarias para terminar con esta situación tan irregular.
La inacción de los Fiscales sólo conduce a la privatización de la violencia, que es precisamente lo que ocurrió ayer frente a las obras de Monsanto. Cuando el Estado no ejerce la “violencia legítima” que, en ciertas ocasiones, es necesaria para hacer cumplir la ley, otros la ejercen en su lugar.
Los hechos que generaron la refriega son simples de analizar. Observando la extrema fragilidad – tanto conceptual como numérica – del acampe ambientalista, los obreros de la UOCRA decidieron ingresar al predio para continuar las obras. Su ansiedad es comprensible: tras 60 días de cobrar sin trabajar, todo indica que, próximamente, dejarán de percibir sus jornales. Como cabría esperar, los manifestantes anti Monsanto reaccionaron de la única forma que conocen: con violencia. Intentaron detener el ingreso de los trabajadores tirándose debajo de los camiones (la vieja técnica del “escudo humano”) y arrojando piedras y palos. Los obreros, como podía esperarse, pagaron con la misma moneda. Con pocos policías en los alrededores, fue inevitable el enfrentamiento entre estos grupos de choque, un acontecimiento que ocurre sólo porque el poder público ha abdicado de su obligación de hacer cumplir lo que dictan la constitución y las leyes. La imagen de ayer se repetirá en el futuro si no se toman cartas en el asunto.
Es bastante obvio que la izquierda que se manifiesta en Malvinas Argentinas no es un ambientalismo pacifista, estilo Gandhi. Como son pocos (basta ver las imágenes de su “campamento”) necesitan ser activos para que la protesta no pierda intensidad. Esta actividad generalmente adquiere el formato de bloqueo – en donde escasos activistas paralizan sin ningún costo la actividad de muchas personas – o se manifiesta en violencia lisa y llana, con el folclore de militantes que arrojan piedras con la típica estética de la intifada, esto es, capucha, kufiyya (el pañuelo palestino que sirve para taparse el rostro) y palos, un uniforme tan predecible como la corbata en un abogado. Con esta metodología intentan lograr lo que no pueden desde la razón. Casi siempre cuentan con la alianza involuntaria de la Prensa que, por cierta necesidad de noticias truculentas y – en determinados casos – por alguna que otra simpatía personal, funge como amplificadora de este tipo de escándalos, aunque estos sean generados por minorías tan absolutas como antidemocráticas.
Lo curioso del caso es que esta izquierda tan particular se trenza en lucha contra obreros que quieren trabajar, es decir, contra los integrantes de aquél proletariado en que Carlos Marx (el supuesto inspirador de la protesta) depositaba sus esperanzas de redención de la clase trabajadora. Es difícil que la UOCRA termine mirando con simpatía a semejante muestra de solidaridad de clase de parte de aquellos que, al menos nominalmente, dicen luchar contra el capitalismo y en defensa de los explotados del mundo.
Justo es decir quela protesta también se ve facilitada por la cercanía de Malvinas Argentinas a la ciudad de Córdoba. Es fácil advertir que, para cierto tipo de manifestante, la posibilidad de hacer turismo militante al módico precio de un pasaje urbano será siempre tentadora, especialmente cuando se identifica a la militancia con los opinables modales del campamento permanente, el bloqueo de corte fascista o las marchas enardecidas con las infaltables banderas rojas al viento.
Es probable que la elección de Malvinas Argentinas haya sido un error geopolítico en miniatura. La planta de Monsanto debería haberse situado en alguna de las ciudades de la pampa gringa, que en Córdoba abundan y que son sumamente receptivas a las inversiones que agregan valor a la producción agropecuaria. Seguramente allí no habrían existido protestas ni oposición, tanto por su lejanía con la Capital (sede natural de la izquierda anticapitalista) como por el compromiso de sus habitantes con el complejo agroindustrial.
El riesgo de la localización había sido avisado por un ex Secretario de Ambiente de la provincia. “No instalen Monsanto cerca de Córdoba por un tema de militancia ambientalista. Aquí es fácil y barato bloquear cualquier cosa”, fueron sus proféticas palabras. Sin embargo, la advertencia cayó en saco roto. En la lógica cartesiana del gobierno provincial – y también de la presidente Cristina Fernández, quién anunció la inversión públicamente – era una locura que alguien se opusiera a la generación de cientos de puestos de trabajo en una industria prácticamente sin riesgos ambientales y directamente ligada a una de las ventajas competitivas de la provincia.
Pero la lógica no es el fuerte de los grupos que protestan. Ya lo hemos dicho muchas veces: este tipo de ambientalismo no admite relaciones de causalidad: es un dogma, una suerte de religión y, por lo tanto, fuera del sistema de valores de la ciencia. No es temerario suponer que continuarán con sus bloqueos y reduciendo el importante debate medioambiental a una serie de consignas panfletarias y de extrema vulgaridad conceptual. Ante esta intransigencia la Justicia debe actuar y poner las cosas en su lugar. Porque, sin Justicia, el árbitro es la violencia.