Peronización forzosa e inesperado beneficiario cordobés

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra capitanich pasando el plumero al silon de rivadaviaCuando al kirchnerismo le va bien, cae en los delirios de la progresía argentina, estilo FREPASO; pero cuando le va mal, se peroniza rápidamente, en un desprejuiciado retorno a las fuentes.
En 2003, a Néstor no lo conocía nadie. Fue presidente gracias al muy ortodoxo peronismo de Eduardo Duhalde y con él hubo de gobernar en los primeros meses de su gestión. Sin embargo, cuando los indicadores económicos comenzaron a sonreírle, sus aspiraciones de legitimidad izquierdista lo hicieron soñar con la transversalidad política y lo tentaron a conchabar la mano de obra desocupada que había generado el malogrado Carlos “Chacho” Álvarez. No fue sino hasta 2009, cuando luego de la crisis del campo sufrió una fuerte debacle electoral, que el kirchnerismo reparó en que necesitaba a los dirigentes del peronismo tradicional para superar el mal trago.
La muerte de Kirchner sobre finales de 2010 y la súbita simpatía popular que concitó la presidente Cristina Fernández (precozmente transformada en viuda) hicieron que el oficialismo regresara a sus instintos progres luego de la espectacular victoria de 2011. La Cámpora, que hasta aquel entonces formaba parte de la inofensiva escenografía del matrimonio gobernante, se transformó rápidamente en uno de los más importantes factores de poder. Con ella se colaron muchos jóvenes que, como Axel Kiciloff o Wado De Pedro, poco les interesaba el peronismo. Bajo extraños pretextos institucionales o necrológicos argumentos extraídos de los setenta, estos arribistas instalaron una agenda política mucho más radicalizada que la vigente en los dos primeros mandatos kirchneristas, un hecho que sin duda colaboró para arrastrar al gobierno a una nueva derrota en las últimas elecciones legislativas.
Esta crisis impuso un momento de reflexión a la presidente, cada vez más solitaria en el desempeño de su mandato. Trayendo nuevamente a escena los instintos de su difunto marido, reclamó al chaqueño Jorge Milton Capitanich que la auxiliara en sus dos últimos años al frente de la Casa Rosada. Cristina le ha dado a un barón del interior el comando de su gobierno izquierdista.
Capitanich es un justicialista tradicional. Trabajó con Menem y Duhalde sin mayores complejos de culpa. Luego apoyó a Néstor con la naturalidad de alguien que supone que, en el peronismo, la lealtad política sólo la merece quien se encuentra en el poder. Por supuesto, lo hizo con mucha discreción, sin aspavientos, como se hace entre los caballeros de este movimiento tan particular. En el medio, se transformó en un caudillo de monta en una provincia que tuvo gobernadores radicales durante buena parte de la democracia.
El hecho de contar con votos propios sobre sus espaldas le permite mostrar un estilo diferente dentro de un gobierno con claras señales de cansancio. En sus pocos días al frente de la jefatura de gabinete de ministros, Capitanich ha dado muestras de tener una agenda autosuficiente, muy distante de los modales tradicionalmente destemplados de la presidente y sus colaboradores más íntimos. Por caso, se propone reunirse con los opositores Mauricio Macri y Antonio Bonfatti antes que termine la semana. Difícilmente logre algún acuerdo con ellos (probablemente a ninguna de las partes le interese gran cosa el hacerlo) pero mostrará señales de distensión para con la oposición que, seguramente, serán bienvenidas dentro de la opinión pública.
La fruición por el diálogo que presenta el nuevo Jefe de Gabinete puede tener beneficiarios hasta hace poco insospechados. Es el caso de José Manuel de la Sota, un peronista clásico que no oculta su malestar con un gobierno al que no reconoce como del palo y que, por si fuera poco, lo ha maltratado como ningún otro durante los primeros dos años de su tercer mandato.
Existen rumores sobre que la convocatoria de Capitanich a De la Sota sería inminente y que ya han sido tiradas las primeras líneas en orden a formalizar un encuentro. El convite sería bien recibido por el cordobés –después de todo, es lo que viene reclamando desde hace ya largo tiempo– pero de ninguna manera considerado como una tabla de salvación para su gestión. En realidad, el gobernador está relativamente cómodo en lo que a recursos se refiere. Su política tributaria se ha revelado como eficiente (los recursos propios han crecido más que los nacionales en los últimos años) y la Tasa Vial le ha deparado un colchón para obra pública en absoluto desdeñable. En tal situación, el probable café con Capitanich sería más una capitulación del oficialismo K antes que un inevitable besamanos destinado a la obtención de fondos nacionales.
Hay otro factor que, sin duda, galvaniza la paciencia del gobernador. Se trata de la Corte Suprema de Justicia, en cuyas manos se encuentran dos reclamos de la provincia y un agravio del kirchnerismo para con el gobierno delasotista. Los reclamos son bien conocidos: el acuerdo incumplido por el ANSES respecto del déficit de la Caja de Jubilaciones y la devolución del 15% de la coparticipación cedido por las provincias a la Nación en 1994. La querella nacional, en tanto, se basa sobre la supuesta inconstitucionalidad de la Tasa Vial cordobesa. Entre ambas posiciones media la indisimulada pugna por el manejo de los recursos públicos.
Aunque De la Sota no depende de una sentencia para calzar financieramente su gestión, un fallo favorable de la Corte respecto a la cuestión de la Caja de Jubilaciones sería una victoria moral y una bienvenida inyección de fondos para cimentar sus sueños presidenciales. Los supremos no estarían lejos de resolver el asunto. Todavía se recuerda el misterioso cable de TELAM (sugestivamente aparecido un par de días antes de las elecciones) en el cual se afirmaba que el gobierno nacional estudiaría un acuerdo con la provincia en el cual se incluiría su reclamo a la ANSES “por una supuesta deuda de 1.039 millones de pesos (pese a) que la Nación considera que no corresponde”. No parece razonable que la agencia oficial de noticias de un gobierno tan centralizado publique una novedad tan relevante sin la aprobación de algún funcionario de peso y sin la certeza que, al menos en este punto, la Corte volvería a darle la espalda a la Casa Rosada. Ante tal escenario, mejor es prevenir que curar.
Seguramente Capitanich sea puesto al corriente de esta situación al sentarse en la mesa de diálogo con De la Sota. Como buen político, probablemente quiera evitarle a Cristina el mal trago de un nuevo fallo adverso, pactando con el cordobés las condiciones para enviarle las remesas debidas. Si este fuera el caso, el gobernador se encontraría con un escenario de inesperada solvencia económica, con una liquidez digna de mejores tiempos. Claro que todavía quedaría la espada de Damocles que pende sobre la constitucionalidad o no de la Tasa Vial, pero es poco probable que la Corte se expida sin antes revisar el asunto de la coparticipación que, con sólidos argumentos, han planteado tanto Córdoba como Santa Fe y San Luis.
El único que no parece anoticiarse de esta situación es Ramón Javier Mestre, empeñado en diferenciarse del gobernador justo ahora que éste podría transformar sus habituales gestos paternales en dinero contante y sonante. El intendente tiene argumentos para exigirle a la Provincia, pero no del mismo peso. Sus reclamos lucen como un recurso de último momento para sumarse a la cadena trófica inversa en que se ha transformado la política argentina, en donde los más chicos quieren morder a los más grandes. Tampoco tiene Mestre la tranquilidad financiera que, con perfil bajo, exhibe el gobernador. A pesar de incrementos de la presión tributaria, la ciudad está lejos de recuperar la autonomía necesaria como para encarar obras de envergadura sin el concurso de otras jurisdicciones. Para colmo, ni siquiera tiene a mano una excusa similar a la que el kirchnerismo le ha proporcionado a De la Sota en los últimos años: el intendente ha estado sentado en la misma mesa del gobernador casi tantas veces como ha querido.