El peronismo según Bárbaro

Por Daniel V. González

Julio Bárbaro, Bolsa de comercioJulio Bárbaro es un peronista “de consulta”. Ya en un lugar, ya en otro, ha habitado todos los gobiernos peronistas desde 1973 en adelante: Perón, Isabel, Menem, Néstor Kirchner, Cristina Kirchner. Nadie podrá nunca enrostrarle falta de pedigree.
En estos últimos años de su carrera política se nos presenta casi a diario en los programas políticos de la televisión, pontificando, cuestionando, reflexionando sobre el peronismo. Es una especialidad que ejerce no sin satisfacción y orgullo.
Bárbaro está enamorado del breve, brevísimo, peronismo del ’73. Los meses de un Perón que regresa moribundo al país, se abraza con Balbín, echa a los montoneros de la Plaza de Mayo y llama a la concordia entre los argentinos. Pero también es un entusiasta promotor del primer peronismo, del peronismo del 45, el de los años de gloria, el peronismo de las leyes sociales, del IAPI, de la industria floreciente, de los trabajadores vivando al líder.
En su libro Hablemos de política (de una vez por todas), nos vuelve a confiar esta preferencia pero principalmente formula encendidas críticas a las distintas variantes de peronismo que, muerto Perón, gobernaron el país durante más de dos décadas: Menem y los Kirchner. A decir verdad, la furia crítica de Bárbaro está puesta más en Menem que en Kirchner.

El peronismo del ‘45
No pondremos énfasis en los sucesivos desencantos de Bárbaro. En cómo, un peronista tan experto como él, reiteradamente integre gobiernos y también corrientes internas del PJ que luego terminan defraudándolo. Ocurre que, por supuesto, ningún modelo de peronismo que pueda presentarse a sus ojos jamás tendrá el encanto de aquél, del glorioso, del vecino a la épica del 17 de Octubre de 1945, con el Perón de la sonrisa amplia, montado en su caballo manchado, y con Evita ocupándose de los pobres, repartiendo juguetes y dinero a manos llenas.
¡Ah, qué tiempos aquéllos! El estado tenía dinero para ocuparse de todo: comprar los ferrocarriles, nacionalizar la telefonía, crear una marina mercante e incluso intentar suerte con el acero. Los tiempos en que el IAPI podía morder una porción de la renta agraria a la oligarquía y entregársela a los industriales bajo la forma de dólar barato para importar maquinaria e importar insumos. Tiempos de independencia económica, de autosuficiencia, de mercado interno, de ataque al imperio y de veleidades de proyección internacional.
Bárbaro parece pensar que esos tiempos se fueron por una simple decisión de los gobiernos posteriores, por la inclinación de ellos hacia el maldito neoliberalismo que corrompió todo y nos impidió seguir soñando con el país próspero del primer peronismo. No se tiene en cuenta que esos años de fiesta en realidad se acabaron antes de 1955, bajo el gobierno del propio Perón que rectificó el rumbo consciente de que su programa de los primeros años resultaba insostenible en el tiempo. Por eso llegaron algunos ajustes y correcciones importantes: Congreso de la productividad, Ley de Inversiones Extranjeras, contrato con la Standard Oil de California, cese de nacionalizaciones, etcétera.
De todos modos, si Bárbaro quiere una política económica que navegue sobre parámetros similares a los de aquellos años, aquí tiene la de Néstor y Cristina, con sus subsidios, estatizaciones, gasto público expandido, emisión monetaria, intervención estatal intensa. Y también sin sostenibilidad, sin posibilidad de proyección a lo largo de los años.

El odio a Menem
En diversos pasajes del libro, Bárbaro descarga toda su furia sobre el gobierno de Menem y sobre su ministro de economía Domingo Cavallo. Los peores adjetivos del libro son para ellos. Menem y Cavallo fastidian muy especialmente a Julio Bárbaro. Probablemente sea porque Menem concitó el voto popular mayoritario en varias ocasiones (1991, 1993, 1994, 1995) con políticas que Bárbaro desprecia porque considera “neoliberales”. En efecto, las reformas económicas implementadas por Menem fue lo que le valieron el apoyo popular y le permitieron gobernar sin mayores sobresaltos desde el lanzamiento del Plan de Convertibilidad hasta el final de su gobierno.
Las políticas impulsadas por Menem eran ciertamente muy distantes de la que impulsó Perón en aquellos años que Bárbaro añora. Pero, en realidad, había una distancia formal y una continuidad dialéctica, pues las circunstancias entre uno y otro momento histórico, habían cambiado.
Pero lo que resulta incomprensible es que Bárbaro no atine a realizar una interpretación política y económica, sociológica incluso, de los años de Menem. No existe ningún esfuerzo en ese sentido. Para él, las privatizaciones, la desregulación, la reforma del estado sólo fueron instrumentadas por razones de negocios, por simple ambición monetaria personal de los protagonistas, ávidos de llenarse los bolsillos con negociados. Ninguna otra consideración puede encontrarse en el libro acerca de la pertinencia (o no) de las importantes reformas realizadas en esos años.
(Aunque la corrupción aparece a lo largo de todo el libro, deja a salvo a Néstor Kirchner: “Con Kirchner…, nunca vi sobres ni nada parecido”, dice. Curioso señalamiento).
En su texto, Bárbaro no intenta una explicación sobre el sentido de la liberalización económica de esos años. Habla de “liberalismo demencial”, “discurso nefasto”, “vendepatrias”, “entreguistas” pero ni intenta entender y menos aún explicar cómo fue que esa política económica se instaló, logró apoyo mayoritario y, además, hizo crecer el país y la industria durante varios años. Además de lograr la liquidación de la inflación, antiguo flagelo contra el que habían fracasado todos los gobiernos civiles y militares desde 1955 en adelante.



Economía y política
Todo el libro rezuma apelaciones al patriotismo y el sentimiento nacional. En este sentido, Bárbaro nos recuerda mucho a Juan Carlos Pugliese y su “les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo”: una incomprensión completa de cómo funcionan la economía y el capitalismo. El empresario invierte o deja de invertir en función de la rentabilidad no en razón de consideraciones de tipo ideológico o de patriotismo.
El rechazo a la inversión extranjera que propone Bárbaro es rústica y elemental, propias del primer peronismo. Eso ya fue rectificado por el propio Perón, que tuvo que luchar contra los nacionalistas de su partido para imponer el contrato con la Standard Oil, poco antes de caer en 1955.
Bárbaro sostiene, en el mismo sentido que lo hace el kirchnerismo, la supremacía de la política sobre la economía. Es una frase general sobre la que uno no puede sino estar de acuerdo. Pero requiere una puntualización, al menos: esto no significa pensar que la economía puede ser manipulada a voluntad, moldeada por cualquier capricho político. La economía tiene leyes que no pueden ser burladas sin pagar las consecuencias, más tarde o más temprano. Bárbaro es de los que piensan que existen “soluciones políticas” para todos los gustos y para todos los problemas, que los políticos –grandes arquitectos, dueños de una visión general abarcadora- pueden determinar objetivos económicos a voluntad sin restricción alguna.
Su precariedad en el tema queda expuesta en esta propuesta: “El gobierno debería formar una mesa de economistas para configurar una política común y establecer un tipo de cambio que nos haga competitivos a la hora de exportar”. ¡Es increíble que nadie haya vislumbrado siquiera una solución tan sencilla a un problema tan complejo!
Relata Bárbaro que él participó de las negociaciones entre Carlos Menem y el Grupo Bunge y Born que desembocaron en el nombramiento de Roig y luego Rapanelli, ambos de ese grupo económico, como sucesivos ministros de economía. Pero su valoración de la “burguesía industrial”, sin embargo, no le permiten comprender y aceptar el significado de la Fundación Mediterránea, fundada en 1977 con el auspicio de importantes industriales de Córdoba y otras provincias y que tuvo desde un comienzo a Domingo Cavallo como cabeza más visible. La llama “la escuelita economicista”. Sin embargo fue uno de los intentos más importantes y exitosos de organización gremial y política de los industriales nacionales con el objetivo de influir sobre la política económica del gobierno nacional. ¡Y vaya si lo lograron! Muchos industriales del interior del país invirtieron tiempo y dinero en la construcción de un foro industrialista, financiando con sus empresas la constitución de una Fundación con técnicos que, pasados los años, lograron cambiar políticas económicas agotadas y estériles. Piero Astori intentó incluso sostener un diario (Tiempo de Córdoba) con estas ideas y propuestas. Bárbaro desprecia todo este impulso y se jacta de gestión a favor de Bunge y Born.

Llorando a Perón
Todo el libro se disuelve en la nostalgia por los buenos años que el peronismo supo brindar. Bárbaro clama por el retorno a aquellos tiempos de abundancia y amplias políticas sociales. Propone, además, políticas de conciliación, de acuerdo, poniendo como modelo al Perón de 1972, cuando tras su retorno al país, tendía un brazo amigable al resto de los partidos políticos y ya no alentaba a los terroristas de Montoneros sino que, por el contrario, los repudiaba.
Pero la amplitud de Julio Bárbaro parece no incluir a los que pueden sentirse alentados a modificar las políticas estatistas y nacionalistas del peronismo clásico. Quien cuestione esta línea de pensamiento e indique sus reiterados fracasos nacionales e internacionales, será señalado como un ávido negociante embanderado con la antipatria. Un vil entreguista.
Bárbaro está anclado en 1945, con una escala en 1972/73. Adora las bolillas fáciles del peronismo. Los años de recursos abundantes y manos llenas.
Pero Perón ha muerto. Y con él también se ha ido un mundo con un escenario completamente distinto del actual. Mirar el pasado, muchas veces, más que una guía para obrar sobre el futuro, es una forma de eludir el debate sobre los temas actuales.
Enamorarse del pasado no suele ser un modo lúcido de abrir las puertas que dan al porvenir.