El regreso de Cristina o los trabajos de Hércules

Por Pablo Esteban Dávila

p04-1Vuelve Cristina, aunque, en su caso, ya no es necesario que se luche por el regreso, a diferencia del Perón de los ’70. La suya es una vuelta menos épica, sólo precedida por un parte médico. Y por muchas dudas, más dudas que certezas.
En principio, parecería claro que la Jefa de Estado se encuentra recuperada de la afección que originó su operación un mes atrás. Esto es motivo de alivio para todos los argentinos. Sin embargo, no queda claro si su patología de base –en el caso que existiese, cosa que tampoco ha sido debidamente explicada– se encuentra resuelta o si, de no estarlo, incidirá en el futuro sobre la marcha de los asuntos del gobierno.
Todo indica que el regreso será a media máquina, lejos de la Cristina totalizadora que le deparó su inicial fama. Esto no sería nada malo si el gobierno que encabeza fuese uno de corte “normal”, es decir, del tipo que funciona con reuniones de gabinete, ministros plenamente responsables de sus carteras y un funcionariado razonablemente alineado con las políticas ministeriales establecidas. Pero este no es el caso del Estado kirchnerista, acostumbrado a obrar, desde su propio origen, como un archipiélago de decisiones inconexas y, a menudo, enfrentadas entre sí.
Es un hecho comprobado que el gabinete de Cristina es una organización dislocada, cuyo único punto en común es el liderazgo decisionista que ejerce la presidente. Cuando este componente falta, cualquier cosa puede ocurrir. Tómese, por ejemplo, el ministro Florencio Randazzo, quien decidió estatizar una ramal ferroviario sin consultar con el vice presidente a cargo del Ejecutivo en una suerte de fait acompli institucional. Dejando de lado el dato cierto que Amado Boudou se encuentra muy lejos de ejercer alguna influencia entre los ministros del Poder Ejecutivo, no puede soslayarse, sin embargo, que las formas deberían respetarse. No por un mero instinto burocrático –lejos estamos de sugerir tal proceder– sino como un reflejo de supervivencia ante otros posibles intervalos de ausencia presidencial, algo así como una lista de chequeo de emergencias ante la inminencia de un potencial mal funcionamiento del sistema de poder.
Pero este comportamiento de auto preservación no es posible de encontrar en los manuales del funcionario kirchnerista promedio. Sólo están acostumbrados a responder su Jefa sin intermediarios ni coordinación con sus pares, así como Cristina sólo pretende comunicarse con el pueblo sin la mediación de las instituciones. El culto al líder forma parte de la dramaturgia política del Frente para la Victoria; si el líder no está, o se encuentra sólo parcialmente disponible, pues el liderazgo será asumido provisoriamente por cada uno de los que antes se le reportaban tan dócilmente como un gatito faldero. Esto, se comprende, es la antesala a la anarquía.
Tal especulación, no obstante su validez teórica, se ha mostrado como exagerada durante el mes de convalecencia cristinista. El gobierno continuó funcionando, aunque sin tomar decisiones de peso. Probablemente conscientes que el retorno de la presidente ocurriría tarde o temprano, las internas palaciegas tuvieron dimensiones prudentes. Esto no quiere decir que las cosas hayan marchado bien. Por el contrario, las contradicciones económicas continúan profundizándose sin que se sepa qué medidas se tomarán para combatir la inflación, reactivar la creación de empleo o detener la sangría de dólares que pende a modo de espada de Damocles sobre la salud macroeconómica.
El anunciado retorno light de Cristina no ayuda a esclarecer el panorama. En forma paradójica, la presidente es víctima de su propia forma de ejercer el poder, esto es, de gobernar sin un gabinete que funcione como tal. De la misma manera, no puede dejarse de lado que la suya es una presidencia sin relevo, dadas las debilidades que, para una sucesión sin plazo definido, presentaría Boudou. El actual vicepresidente –vale la pena recordarlo– es fruto de una decisión absolutamente suya, personal, lejos de cualquier lógica de conservación o acrecentamiento del poder. Despreciado por el peronismo, ninguneado por quienes se encuentran próximos a Olivos y sospechado por la mayor parte de la población, Boudou es sólo parte del decorado dentro de la escenografía institucional del gobierno. Difícilmente podría pensarse en él como un punto de apoyo de largo plazo para un gobierno que debe tomar decisiones complejas en sus últimos dos años.
Los bloques del Frente para la Victoria en el Congreso también están complicados. Ahora que ya no existe ninguna esperanza que Cristina pueda permanecer en el poder más allá de su actual período constitucional, muchos legisladores se encuentran haciendo cálculos sobre quiénes serán los próximos dioses a servir dentro del Olimpo político nacional. Estos movimientos probablemente sean más larvados dentro del Senado (con intereses más cercanos a los de sus provincias antes que al alineamiento nacional) pero son inocultables dentro de la Cámara de Diputados. Entre los representantes bonaerenses la tensión es mucho más fuerte. Daniel Scioli, que, con sus dimes y diretes, es un fiel escudero de los K, ya no posee el monopolio de la popularidad dentro de la principal provincia argentina. Sergio Massa es la estrella que amenaza eclipsarlo y, con su ascenso, debilitar aún más el maltrecho poder del kirchnerismo. Es perfectamente posible que la fuga de dirigentes, hasta hace poco alineados con Cristina, se profundice en los próximos meses, más aún cuando su presencia en la Casa Rosada se encuentra condicionada por sus problemas de salud.
Gobernar con un gabinete libanizado y con un Congreso crecientemente desalineado es, en sí mismo, un problema objetivo, pero tener que hacerlo, además, afrontando los dos años más difíciles a los que se haya enfrentado el kirchnerismo se antoja como una tarea hercúlea, desproporcionada. Es que la impericia colectiva que demostrada –primero por Néstor y después por Cristina– en organizar gobiernos que funcionen con cierta independencia de sus improntas personales, ha producido el indeseado efecto que existan grandes cuestiones que deban ser abordadas en el momento de mayor debilidad y complicación de la autoridad presidencial.
Una de las tareas a las cuales la presidente debería abocarse de inmediato es la economía. Esta enfrenta un escenario temible: estancamiento relativo, reservas del Banco Central que ya no alcanzan, necesidades de adquirir cada vez más energía en el exterior, severas inconsistencias en materia de comercio exterior, economías regionales cada vez más comprometidas por el cepo al dólar y el deterioro del tipo de cambio real y una inflación que no deja de crecer desde hace tres años son algunas de las cuestiones sobre las que el gobierno debería diseñar un plan coherente. Sin embargo, ni siquiera Cristina parecía dispuesta a tomar el toro por las astas antes de su obligado reposo, mucho menos su gabinete virtual durante tal período.
La gravedad del panorama se agiganta porque ya casi no quedan cajas a las que echar mano para continuar financiando la fiesta populista. Los que había en las AFJP están siendo dilapidados puntualmente por el ANSES de Diego Bossio, en tanto que la reforma de la Carga Orgánica del Banco Central permitió hace algún tiempo imprimir a destajo cuando papel moneda hiciera falta para abastecer un gasto público tan elevado como improductivo. El único reservorio que parecería quedar al margen de la voracidad del Estado K son las cajas de las obras sociales sindicales, aunque de vez en cuando surgen versiones de su apropiación por parte de un gran sistema colectivo de salud que, previsiblemente, liquidaría la sustentabilidad –por decirlo de algún modo– de los liderazgos sindicales. ¿Llegarían los K al extremo de desafiar a la nomenclatura gremial argentina en su desesperación por tomar financiamiento de corto plazo para ganar un par de semestres de tranquilidad? Parece improbable, pero nada debería descartarse en un gobierno que, de lo único que puede hacer gala, es de su infinito ingenio para procurarse de recursos ajenos.
Parece claro que el modelo redistribucionista que, tan alegre como irresponsablemente el kirchnerismo inauguró tras la bonanza internacional de la commodities agrícolas, ha llegado a su fin. La gran pregunta es qué hará para reemplazarlo por otro que privilegie la creación de riqueza en un país en donde ni siquiera sus habitantes invierten a largo plazo y que, si se les diera a elegir, no dudarían un instante en pasar todos sus ahorros a dólares constantes y sonantes. Para colmo, tanto Axel Kiciloff como Guillermo Moreno continúan al comando de la economía, profundizando sus errores y tomando a la Nación como un gran experimento de laboratorio de recetas que huelen a naftalina.

Son tan anacrónicas sus posiciones que hasta el ortodoxo – vergonzante de Amado Boudou parece ofrecer alguna garantía de racionalidad frente a tanto desatino. Es este escenario de locura el que Cristina debe afrontar con su salud resquebrajada.
Cuenta la leyenda que uno de los doce trabajos de Hércules al servicio de su primo Euristeo consistió en limpiar los Establos de Augías, uno de los argonautas de Jonás que lo ayudó a encontrar el vellocino de oro. Augías ofreció parte de su ganado a Hércules si era capaz de limpiar sus establos, que rebosaban de estiércol, en un solo día. Para lograrlo, Hécules hizo trampa: desvió el curso de los ríos Alfeo y Peneo y sus aguas lo limpiaron de inmediato, un trabajo que fue invalidado por su primo. Cristina se encuentra en una encrucijada similar a la de aquél personaje mitológico: necesita más recursos pero, para lograrlos, debe limpiar la economía argentina de tanta porquería acumulada en todos estos años. Ya hizo trampa muchas veces, apropiándose de recursos para no tener que hacer el trabajo sucio. Ahora que no tiene más ríos para desviar debería ponerse, de una vez por todas, a limpiar sus propios Establos de Augías. Un tema a dilucidar es que si, a diferencia de Hércules, la presidente tendrá las fuerzas suficientes como para llevarlo a cabo.