Que vuelva Cristina

Por Gonzalo Neidal

cristina_pza101211_5_22726Se atribuye al cómico mexicano Mario Moreno, más conocido como Cantinflas, la sentencia que asegura que “Argentina es un país integrado por millones de personas que quieren hundirlo pero no lo logran”. En la misma dirección apuntaba Georges Clemenceau quien habría afirmado que “Argentina es un país que crece cuando sus gobernantes duermen y, por lo tanto, dejan de robar”.
Un premio Nobel de Economía clasificaba a los países en cuatro grupos: desarrollados, subdesarrollados, Japón y la Argentina, a la vez que confesaba su impotencia para explicar cómo a Japón podía irle tan bien y a la Argentina tan mal. Para muchos la pobre performance de nuestro país, en relación con su dotación de recursos, constituye un misterio más intrincado que la concepción virginal de María.
Un país rico que nunca alcanza a despegar. Una tierra ubérrima que está a punto de importar trigo y que va liquidando raudamente su existencia de vacas. Una promesa que nunca se concreta. Un futuro promisorio que jamás se transforma en presente. El reino de la excusa. El imperio de las culpas ajenas.
Las elecciones han sido una bisagra para la batalla de ideas que sobrevuela este tiempo político. Un punto de inflexión en el debate acerca de la pertinencia de un modelo de país, de un modo de ver la política y la economía. El populismo ha entrado en crisis pero enfrente de él no hay un sólido modelo alternativo sino simples críticas fragmentarias, como ráfagas de verdades parciales que apuntan a cuestionar tal o cual aspecto parcial del estilo que perpetra el gobierno de Cristina Kirchner.
El populismo concibe el poder de ese modo, le parece natural que el Ejecutivo, elegido por la gente, concentre el poder absoluto.
Que el Congreso sea apenas un rejunte de levantamanos, sin personalidad propia.
Que las provincias dependan de los fondos nacionales y que la Nación pueda extorsionar a los estados federales en forma cotidiana.
Que la Justicia, en los temas esenciales, falle a favor del gobierno.
El populismo concibe que es ese el único modo de gobernar. Exige además, poderes extraordinarios al Congreso para hacer y deshacer en relación con las partidas presupuestarias. Todo el poder al Ejecutivo, lo que es lo mismo que decir todo el poder al Presidente de la Nación.
La justificación política de esta forma de gobierno es muy sencilla: se necesita un poder fuerte para llevar a cabo una revolución, para derrotar a las oscuras fuerzas de la reacción que desde tiempos inmemoriales tratan de someter a los argentinos, impidiendo que el país pase a integrar el selecto grupo de las naciones desarrolladas.
El poder total incluye, como siempre, amordazar a la prensa independiente. Es decir, a la que no piensa como el gobierno. A la que se entusiasma y propala los argumentos oficialistas, publicidad y subsidios.
Pero la propia dinámica de su funcionamiento lleva al populismo a la impotencia. En el caso argentino, esto ha ocurrido por el agotamiento o simple debilitamiento de las condiciones de prosperidad que permitieron sostener durante algún tiempo el círculo virtuoso.
El populismo depreda los recursos, los agota. Exprime las posibilidades del país con el único objeto de permanecer en el poder. Eso supone, casi siempre, subsidios y despilfarros por los que luego hay que responder. Porque en algún momento llega la hora del ajuste, de las correcciones, de un necesario cambio de rumbo para recuperar la energía dilapidada durante tantos años.
Y hacer un ajuste enferma a cualquiera.
Es una tarea ingrata, ominosa.
Siempre es mejor dar buenas noticias.
Además, si uno corrige el rumbo, los opositores no le reconocen el esfuerzo. Al revés: le enrostran que debió hacerlo antes, tal como ellos aconsejaban.
La tropa propia mira con desconfianza. Y muchos de ellos, se apartan.
Además, el relato sufre. Y eso es quizá lo más complicado de todo. Reconocer el fracaso de una idea tiene efecto retrospectivo. Y deja desnudo al que tiene la osadía de intentar una autocrítica.
Entonces, lo mejor de todo es seguir adelante. Contra viento y marea.
La inflación no existe.
La falta de combustible es causada por el crecimiento económico.
El cepo cambiario es un invento de la prensa.
No hay trigo culpa de la oligarquía que busca desestabilizar al gobierno.
El precio de la carne no aumentó en tres años.
La emisión no causa inflación.
La Ley de Medios procura democratizar la prensa.
Se puede comer por 6 pesos.
La pobreza ha descendido.
La indigencia no existe.
El kilo de pan cuesta 10 pesos.
La inseguridad es una sensación.
Ah, y hay peces en el Riachuelo.
Por eso: lo mejor es seguir adelante con las ideas y el programa de siempre. De todos modos, si las cosas siguen desmejorando siempre habrá tiempo para adjudicar los problemas a una conspiración urdida por los poderes económicos concentrados, cuyos intereses están siendo afectados por la revolución en marcha.
Así funciona el populismo. Nada de lo que ocurre es causado por sus políticas.
Aquello que no puede explicarse o cuyo reconocimiento resulta perjudicial al discurso, se niega.
Si se ha querido crear expectativas con la salud y el regreso de Cristina, se lo ha logrado. Ya casi estamos extrañando sus discursos en cadena nacional. Sus invocaciones a Néstor Kirchner. Sus ataques a la oposición. Sus loas al modelo.
Ya es hora de que regrese Cristina y nos vuelva a explicar, cada día, lo bien que marcha el país.