Guillermo Moreno, made in Argentina

Por Gonzalo Neidal

DYN20.JPGLos jóvenes de hoy seguramente podrán relatar a sus nietos, que a ellos les tocó vivir en el tiempo en que la economía de la Argentina era manejada por un hombre extravagante llamado Guillermo Moreno. Podrá asombrar a los jóvenes de su familia relatándoles en una tarde de invierno, al lado de un hogar encendido, algunos de los dichos, declaraciones y ocurrencias de Moreno. Como es probable que ellos no crean sus relatos y lo atribuyan a fallas de la memoria o a esa inclinación hacia la fantasía y la exageración que suele atribuírsele a la gente de edad, será mejor que hoy mismo comiencen a guardar los recortes de los diarios de este tiempo. El papel envejecido siempre es más persuasivo y convincente que un link de Internet.
En el futuro, los estudiosos de la economía investigarán cómo ha sido que durante todos estos años la economía argentina ha logrado aumentar los sueldos a sus trabajadores al ritmo de un 25 – 30% cada año mientras la inflación apenas registraba subas de 10% en los precios. Pensarán que ha sido una distracción de la Academia sueca, o una conspiración de silencio instigada por los imperios, lo que ha impedido a Moreno acceder al Premio Nobel de Economía.

Por qué Moreno
Hay muchos que no logran explicarse cómo es que la economía argentina conserva como figura rutilante y hombre fuerte a alguien que acumula, cada semana, rotundos fracasos y que demuestra con sus afirmaciones osadas y temerarias que algunos temas fundamentales de la economía se le presentan como un misterio insondable.
Moreno piensa que la economía puede ser manejada a voluntad en todos sus aspectos y durante el tiempo que fuere necesario al poder político. El corolario inevitable de esta convicción es que, todo aquello que funciona mal, es producto de una conspiración maquinada por quienes se benefician de ello o por quienes desean infligir, con malicia, un daño al gobierno nacional y popular.
Aún recordamos, cuando el dólar bordeaba los 7 pesos en el mercado libre, sus llamados y conminaciones formulados a los operadores financieros para que el próximo lunes, sin falta, comenzaran la jornada vendiendo la moneda norteamericana a 5,10. Ni un centavo más.
O cuando anunció, en varias ocasiones, un estricto control de precios, algunos de ellos, proclamados con bombos y platillos por la propia presidenta de la Nación, y custodiado por los jóvenes revolucionarios de La Cámpora, munidos de pecheras que identificaban su pertenencia al gobierno.
La última de Moreno ha sido un largo reportaje concedido una semana después de los comicios al diario oficialista Tiempo Argentino. En él asegura que la inflación no es un problema. Se preguntó: “¿De qué inflación me hablan si hace tres años que la carne está al mismo precios?”. Por supuesto que una negación como esa genera bronca en quienes cada día la padecen y seguramente sienten que el secretario de comercio les está tomando el pelo. Todos sabemos que la carne, base de la dieta alimenticia de los argentinos, ha venido subiendo cada año desde hace mucho tiempo.

Cazador cazado
Pero puede haber algo peor que esta irritante mentira: que Moreno realmente crea en lo que dice. Si es así, la situación es aún más complicada porque si el problema no es percibido, es razonable que no se intente ninguna solución. El caso argentino debe ser único en el mundo: el país integra el top five de países con mayor inflación pero el gobierno no lo reconoce pese a las gruesas evidencias que existen.
Porque, es claro: si Moreno no está convencido de que las mediciones de la inflación realizadas por las consultoras privadas sean acertadas, cuenta con otros mecanismos para determinar la verdadera inflación. O, cuanto menos, que la inflación dista de la que nos arroja a la cara cada mes el INDEC. Un modo alternativo es el que ya señalamos: los salarios. Ninguna economía soportaría durante cinco años aumentos salariales diez o quince puntos por encima de la inflación. Otro mecanismo podría ser el de la recaudación tributaria, que cada año bate un nuevo record, 25 puntos por encima del año anterior. Y así: el tipo de cambio libre, que nos indica que nadie se desprendería voluntariamente de un dólar al valor oficial. O la tasa de interés, que escala decenas de puntos por encima del valor de la inflación del INDEC. Etcétera. Todas ellas, variables que nos indican con claridad la franja en la que se mueve la inflación real.
Moreno está perdiendo la batalla contra una inflación que, según él nos dice, no existe. Está siendo derrotado por un fantasma, por una creación de la oposición, por un invento imperial. Nos señala al INDEC y nos dice: “He ahí la inflación”. Pero ya nadie cree en su palabra. Moreno nos dice que ha vencido a la inflación pero está siendo derrotado por ella de un modo abrumador. Por goleada.
Pero hay algo más: si Argentina puede darse el lujo de que su economía pueda ser manejada –por así decirlo- por Guillermo Moreno, es que su vigor intrínseco y su potencialidad productiva es verdaderamente espectacular. Desde la partida de Roberto Lavagna, no ha existido un ministro de economía que haya ofrecido un plan, un programa, un camino, una orientación para que los operadores económicos, los que producen, puedan tener una guía que le permitiera tomar decisiones con eficiencia.
En su reemplazo, tenemos a Moreno.
El hombre que no reconoce la inflación.
Que impulsó un segundo blanqueo y fracasó.
Que prometió un dólar a 5,10 y ahora está a 10 pesos.
Que llevó a la presidenta al papelón de Angola.
Que se pelea con todos los países del Mercosur.
Que dijo que llovería combustible y ahora tenemos un déficit energético de US$ 7.000 millones al año.
Que impide a supermercados y comercios de electrodomésticos avisar en los diarios.
Que impulsó la tarjeta Supercard y fracasó.
El hombre que decide cada día quién puede comprar en el exterior y qué productos pueden ser importados.
Un populista típico, hecho en la Argentina.