Buenos muchachos



Por Pablo Esteban Dávila

ilustra buenos muchachosA poco más de cuatro meses de haber cerrado la paritaria para todo 2013, el Suoem se encuentra al borde de reabrirla. Cuenta para ello con la complacencia de dos funcionarios del Departamento Ejecutivo, Sergio Torres y Diego Dequino. Ambos han sido los responsables de negociar con el gremio durante la gestión de Ramón Javier Mestre sin que, hasta ahora, hayan logrado morigerar las pretensiones tradicionalmente maximalistas del sindicato que conduce Rubén Daniele. Con estos antecedentes, y si de resultados se trata, la inminente reapertura “de facto” de las paritarias anuales podría tener un final cantado si no media la voz de mando y de prudencia del intendente Ramón Mestre.
Hace ya algún tiempo que se percibe un cierto malestar en la, de por sí, susceptible nómina municipal. Asambleas, quites de colaboración, protestas más o menos ruidosas y uno que otro reclamo por insumos faltantes (un clásico dentro de las excusas para nuevos conflictos) vienen poniendo en jaque la consigna de orden con el que presenta a su gestión el intendente. Detrás de todos estos fragotes se encuentra, como no podía ser de otra manera, la cuestión del vil metal.
Ocurre que el Suoem tiene un problema, al menos definido como tal dentro del modelo Nac & Pop del kirchnerismo: sus afiliados gozan de muy buenos sueldos. Esta realidad produce un efecto paradojal, que consiste en que cualquier incremento salarial que se obtenga en paritarias queda luego neutralizado por la aplicación del impuesto a las ganancias. Dicho sea en términos simples: cualquier aumento siempre luce insuficiente porque Cristina se lleva una generosa tajada de lo conseguido. El asunto se agrava cuando se considera que la reciente dispensa presidencial sobre los sueldos menores a $15.000 beneficia a relativamente pocos municipales. Los primeros cálculos indican que, a pesar de tal mejora, el 76% de la planta continuará pagando ganancias.
Aunque Ramón Mestre observa los acontecimientos, Torres y Dequino se encuentran siempre listos y dispendiosos. Sucede que, ante el malestar de sus afiliados por las exacciones de la AFIP, el Suoem no tiene mejor idea que volver a presionar a ambos funcionarios por mayores remuneraciones. Este apremio no es, como podría imaginarse, tan brutal como para plantear abiertamente un nuevo reajuste salarial, sino que adquiere formatos algo más sutiles. Por ejemplo, se requieren más horas extras (aunque no se realicen) o el incremento de las bonificaciones (que tal vez no se necesitan). Ambos conceptos, aunque integran el recibo de sueldo y son sujetos a ganancias, contribuyen a paliar en algo lo perdido a manos de la Nación.
Por donde se analice, el reclamo luce como totalmente improcedente. El municipio no tiene porqué hacerse cargo de un problema generado por otro nivel de gobierno y al margen de las concesiones salariales oportunamente convenidas. De hecho el Suoem, junto a otros gremios, acaba de hacer una presentación judicial contra la aplicación de este impuesto a sus afiliados, lo que constituye una verdadera confesión de parte sobre quién es el auténtico responsable de estas distorsiones. Pero esto es intrascendente, al menos desde la particular lógica de Daniele. El simplemente quiere más. Es sorprendente que, a pesar de los numerosos infortunios financieros que ha vivido la ciudad por culpa de una nómina absolutamente desproporcionada y poco productiva, el Suoem nunca haya variado su estrategia de apriete.
Dejando de lado a Germán Kammerath (demasiado golpeado por una crisis sin precedentes) y a Luis Juez (que siempre entregó todo lo que el gremio le pidió sin intentar regateo alguno), tanto Daniel Giacomino como Ramón Mestre tuvieron siempre en claro que lo que le otorgasen en exceso al Suoem se lo estarían retaceando a la ciudad. Esta certeza bien podría haber sugerido alguna continuidad en las políticas de negociación –aunque, por supuesto, con diferentes actores– pero esto no fue así. Bien se recuerda que, pese a su debilidad política, Giacomino planteó en 2009 una dura batalla en las paritarias anuales, una posición que, entre otras, terminó de dinamitar su relación con Juez. Aunque posteriormente relajó aquella postura, lo cierto es que Daniele nunca las tuvo fácil con el ex intendente.
Muchos suponían que Mestre continuaría, incluso desde una posición de mayor poder, el talante iniciado por Giacomino, y lo siguen esperando. Es un hecho que el actual intendente ha sido menos belicoso que su antecesor en su relación con el sindicato. Buena parte de tal postura ha sido producto de los negociadores designados para hacer frente a los aguerridos delegados municipales.
Torres y Dequino son funcionarios que temen al conflicto, que lo consideran una anomalía dentro de una gestión ordenada. Esta aprensión explica el porqué siempre terminan cediendo ante las embestidas gremiales, una expresión hiperbólica que disimula la realidad del permanente drenaje de fondos municipales debido a las extorsiones del Suoem. Probablemente olviden que Giacomino alcanzó el punto más alto de aprobación popular en medio de una agria disputa sindical, y que no siempre decir “sí” es el expediente más directo a la fama, especialmente cuando son los contribuyentes quienes luego deben pagar impuestos más altos debido a esta bonhomía.
La tentación de los arreglos fáciles siempre estará a la vuelta de la esquina, especialmente en una organización en donde es más fácil echar a un intendente que a un mal empleado. Pero esto no debería ser una excusa para no intentar una negociación más seria, menos permisiva, con un gremio que, como la perinola, gusta de “tomar todo”. Los negociadores municipales representan a una administración legítima, que ha tomado decisiones duras y que cuenta con un importante respaldo público. Esto debería alentarlos a escuchar un poco más los intereses de largo plazo de la ciudad antes de comerse rápidamente los amagues con los que tan magistralmente flirtea el Suoem desde hace tanto tiempo. Pero adoptar tal camino tiene un efecto que ningún funcionario desea: aparecer como el responsable de la discordia primero, o del caos más tarde. Por eso siempre resultará más sencillo estrecharse las manos con Daniele de vez en cuando y mostrarse sonrientes ante las cámaras como buenos muchachos que todo lo arreglan con buena voluntad.