Daniel, Mauricio y Sergio



Por Oberdán Rocamora
para JorgeAsísDigital

scioli“Cristina, Mauricio y Daniel” es la consagrada miniserie del Portal que mantiene su continuidad. Sólo que hoy se asiste al desplazamiento de Cristina, La Doctora. Al personaje femenino se le reserva la gravitación lateral. A su pesar, Cristina cede importancia. En favor de Sergio.
Es -Sergio- el protagonista que, desde La Franja de Massa, se dispone a alborotar los destinos de los otros tres. A condicionarles las respectivas cuadraturas personales. En principio, Sergio desaloja a Cristina del centro de la escena. Mutis por el foro, durante algún capítulo. Sólo se escucha esporádicamente su voz, con aplausos menos convincentes.
En adelante, la miniserie pasa a titularse “Daniel, Mauricio y Sergio”. Con suficientes actores de reparto. Podrán lucirse, incluso, con alguna aparición tangencial.
Decir la Franja de Massa dista de ser un hallazgo afortunado del lenguaje. Para aludir obviamente a la “Franja de Gaza”. Al contrario. Ocurre que la Franja de Sergio Massa, La Rata del Tigre, Aire y Sol II, se impone, en la práctica, como una franja de verdad.
Una “fracción”, como se decía en la izquierda festiva de los 60 (para aludir, por ejemplo, al Partido Comunista Revolucionario). Una virtual escisión ocasionada al cristinismo. Hasta perforarlo. Con una característica destacable: la Franja, o Fracción, supera al tronco original. Lo demostró en agosto. Técnicamente, Sergio es El Cismático.
Quiso asociar, en la idea del cisma, a Daniel Scioli, el Líder de la Línea Aire y Sol I, que prefirió quedarse con Cristina. Aunque ella se hubiera obstinado, con suerte relativa, en la faena de demolerlo. Sergio, Aire y Sol II, le produjo el cisma definitivo al cristinismo declinante, que integraba hasta tres meses atrás. Y del que fue Premier. O apenas un vulgar Jefe de Gabinete. Es la función devaluada que hoy ocupa Abal Medina, El Abalito, el hijo profesional que se reporta, con disciplina ejemplar, a Carlos Zannini, El Gran Consumidor de Pescado (Podrido).
Por su parte, Zannini es el antiperonista sigiloso que logró la hazaña de transformarse en el conductor real del gobierno peronista. O de matriz peronista. Que derivó en el frepasismo tardío. Para naufragar en la amplia banda de la incoherencia. En algún momento, con el sigilo habitual, Zannini amagó secretamente con convertirse en el personaje fundamental de la miniserie. Para pulverizar a Daniel y erigirse en el sucesor de Cristina. Pobre, ni siquiera pudo despegar.
Con el respaldo de La Doctora, Sergio accedió también a la mini-gobernación de Tigre, hoy Tierra Santa. Para intentar, desde Tigre, otra hazaña, casi equiparable a la de Zannini, pero con mayor fundamento. Suceder, desde la alcaldía de Tigre, a Cristina. Aunque con una escala intermedia en la monotonía del parlamento.
El Cismático marcha, con apasionamiento y los astros alineados, hacia la segunda victoria, en octubre. Para aburrirse, como sospecha, en el Congreso, que se presume como el próximo marco de la transición. Donde Sergio tendrá que compartir el mismo proyecto presidencial con otros dos legisladores triunfales. Ambos carecen de la marca peronista que cansa, en cierto modo, al amontonamiento que se llama “la sociedad”.
Son dos representantes de la ilusión social-demócrata. Julio Cobos, El No Positivo, y Hermes Binner, el John Wayne de El Hombre Quieto. Y estará también, invariablemente, en El Bolillero, Elisa Carrió, Highlander, Ex Empresaria en Demoliciones.
Nadie debe extrañar entonces que Sergio se transforme en el imán poderoso que más atrae “El vuelo de los garrocheros”. La conjunción inagotable de protagonistas que supieron registrar el paso por la patología del kirchner-cristinismo. Para estar siempre en la tibieza del oficialismo es necesario, de vez en cuando, saltar. Hacerse opositor, para volver pronto, después, a ser oficialista.
La irrupción de Sergio desplaza las ambiciones de permanencia de Cristina, La Doctora. Pero lo legitima, en el fondo, a Daniel. Como si Aire y Sol II -o sea Massa- se elevara como una fotocopia que valoriza, sobre todo, al original, Aire y Sol I. O sea Scioli. Aunque Sergio lo arrastre, a Daniel, hacia la situación límite de enfrentarlo.
Por el peso prepotente de su presencia, Sergio genera pronto otro logro inimaginable. Casi milagroso. El acercamiento compulsivo entre Cristina y Daniel. Y que se junten. Hasta el riesgo severo de fundirse. Juntos.
Sin otra alternativa, Daniel se pone al frente del ejército demacrado que debe remontar al buenito de Martín Insaurralde, El Barrilete de Plomo. Ejército compuesto por soldados sin fe, que tenían la instrucción inicial de aislar a Daniel. Justamente a quien hoy los comanda. Son, como Cristina, Scioli-dependientes. Un castigo cultural. Pormenores tristes de la tragedia recíproca, que surcan la miniserie.
Significa confirmar que Sergio desplaza a Cristina y legitima a Daniel. Pero a quien más afecta Sergio es a Mauricio, El Niño Cincuentón. Mauricio queda diluido en el primer capítulo. Detrás, casi oculto, en su alianza unilateral con Sergio. En la provincia inviable.
Trasciende que Mauricio, ostensiblemente afectado, se siente invadido por los celos repentinos. Se divulgan (los celos) entre los pasillos del PRO, la expresión institucional del macri-caputismo. Es el lugar idílico de perfección positivista, donde casi nadie usa corbata.
Son todos preferiblemente jóvenes, “en forma”, en lo posible bellos, lozanos y elegantemente frescos. Un partidito sin viejos ni gordos.
Marche más Aire y más Sol. “Coppertone para todos”. Son infatigables cultores de “lo nuevo”, que persisten extasiados por el vitalismo teórico que suele bajarles, filosóficamente, don Jaime Durán Barba, El Equeco. Y que Marcos Peña, Marquitos, les pasa en limpio. E instrumenta.
Pero de tanto jorobar en el PRO con las intrascendencias líquidas de “lo nuevo”, les apareció de pronto Sergio. Un nuevo de verdad, “que es también parte de lo viejo”. Un Capriles sonriente que es, para colmo, trece años más joven que Mauricio, El Niño Cincuentón.
Con crueldad generacional, Sergio le despojó, a Mauricio, hasta el cetro simbólico de “el opositor”. El rol que le otorga, infatigablemente, La Doctora, que se desvive por tenerlo a Mauricio. Como rival. “Si tiene que elegir entre Sergio y Daniel, Cristina lo prefiere a Mauricio”. Es una conjetura del portal. Para que conste en actas.
A través de la multiplicidad de reportajes simultáneos, El Niño Cincuentón salió -tocado- a ocupar la inmediatez del escenario. A suplir, con declaraciones, la carencia de pegada política. Consecuencia de la dejadez de seis meses de hacer (muy mal) la plancha.
Aunque encuadrado, felizmente, en los sublimes atributos de “la gestión”, que comienza a mostrar los rasgos inapelablemente rescatables. Sobre todo entre las obras que aliviaron la circulación de la Avenida 9 de Julio, en el pulmón más espacioso del Artificio Autónomo.
Por la avenida que Sergio se decide a bajar, ampulosamente, desde el Norte. Como si la ciudad le quedara chica. Viene predispuesto a doblar por Diagonal, hacia la izquierda. Hasta determinada explanada, más allá de la Plaza de Mayo.