Una visita a la unidad básica vaticana

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra francisco y de la sotaLa foto con el Papa es un clásico de la política nacional, casi una estampita de campaña. Lo era con Papas de origen italiano, polaco o alemán pero, ahora que es argentino, la postal se ha vuelto obligatoria. Ningún candidato puede obviar la visita al Vaticano, no importa su ideología o, aún, su fe religiosa. José Manuel De la Sota, por supuesto, no podía ser la excepción.
Para el gobernador la visita que le realizará cerca del mediodía no es sólo protocolar. Francisco es un Papa peronista, con los ademanes, poses y estética de un dirigente de tal extracción. “El justicialismo no sólo ha puesto presidentes” – puede que reflexione ante su presencia – “sino también a un ‘Vicedios’, tal como decía Voltaire”. En su pensamiento, el encuentro con Bergoglio es la ratificación que la liturgia peronista histórica, lejos de agostarse, se encuentra en el pináculo del mundo, orientando a millones de almas en toda la tierra.
En algún sentido, la audiencia de hoy será un coloquio entre dos compañeros dentro de aquella Unidad Básica Celestial en que se ha transformado el Vaticano. De la Sota, como es evidente, no es el primero en visitarlo pero, al menos, tiene algunos temas en su agenda que trascienden la instantánea electoral. El principal es, por lejos, la beatificación del Cura Brochero, tan cordobés como la peperina. El proceso se inició en la década del ‘60 y, por feliz coincidencia, será Francisco el pontífice que lo declare beato el tema. La ceremonia se llevará a cabo el próximo 16 de septiembre en la villa que lleva su nombre, un evento al que se estima que asistirán no menos de 200.000 fieles de todo el país. Aunque el Papa no vendrá a Córdoba para la ocasión, el cardenal Ángelo Amato, prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, será su vicario espiritual. De la Sota, un tanto más modestamente, aspira a representarlo desde el poder temporal que le otorga el ser la máxima autoridad secular en la provincia donde obró sus milagros.
Aunque más no sea para imponerlo de los avances en las obras que se están ejecutando en la localidad serrana para el evento, el gobernador podrá afirmar que es él – y no Cristina Fernández o Daniel Scioli, sus antecesores en esta visita ritual – quién realmente tiene una agenda de interés bilateral que tratar con Bergoglio. No sería extraño, por consiguiente, que se esforzara por remarcar el hecho que, en su caso, la peregrinación va más allá de una cuestión de corrección política. También en el Vaticano, De la Sota intentará mostrar que “Córdoba no para”.
Este objetivo es parte de su agenda de diferenciación con el kirchnerismo. Aún está fresco el recuerdo del ignoto candidato bonaerense, Martín Insaurralde, robando una fotografía electoral con el Papa colgado de las faldas presidenciales. Aquella maniobra, lejos de redituarle algún voto colateral, lo malquistó con buena parte de la opinión pública, evidentemente refractaria al uso político de la figura de Francisco. De la Sota, buen observador, ha logrado su audiencia en una fecha lo suficientemente lejana de octubre como para evitar tal sospecha, pero lo bastante próxima del 14 de septiembre como para no quedar al margen de la ola de veneración que provocará la beatificación del Cura Brochero.
Es de presumir que el objetivo de mostrarse dialogando con Francisco sobre temas de mutuo interés será cumplido a cabalidad, con lo cual el viaje del gobernador será presentado casi como un acto de gobierno, un diálogo entre dos personalidades con responsabilidades concretas de conducción y temas en común. Pero a su regreso, el cordobés tendrá que evaluar como empalma este baño de espiritualidad con asuntos más terrenales como, por ejemplo, el planteado por Daniel Scioli respecto del futuro del peronismo.
El bonaerense es uno de los tantos que se dicen contagiados por el espíritu del Papa peronista, algo que calza como anillo al dedo en su talante contemporizador. Esta coartada le ha permitido, junto a los preocupantes resultados del oficialismo al que nominalmente pertenece en las PASO, proclamar con natural certeza que Cristina no podrá superar la interdicción constitucional para un nuevo mandato. Esta limitante, como es obvio, inaugura una nueva etapa, cual es la relativa a la sucesión presidencial dentro del justicialismo, el partido – abstracción que kirchnerismo supo producir y que, ahora, aparece como una estructura urgida a su perentoria normalización.
La propuesta de Scioli, en este marco, tiene un deja vû. Es su idea pública que el próximo candidato a presidente del justicialismo surja de elecciones internas, como aquellas que protagonizaron Carlos Menem y Antonio Cafiero en 1987. De la Sota, como se recuerda, fue el candidato a vicepresidente de la fórmula derrotada y, poco más de veinticinco años después, resulta uno de los principales destinatarios del desafío de su colega bonaerense. Ayer, en un reportaje concedido a la Voz del Interior, Scioli manifestó su respeto por De la Sota y sus reparos para Sergio Massa, una muestra concluyente sobre entre quienes imagina el debate nacional sobre el peronismo venidero.
Una potencial interna de cara a 2015 sólo sería posible en un marco de razonable confraternidad justicialista, un estado espiritual que ha sido imposible de alcanzar dentro de la década K, signada por una versión partidaria de la que muchos de sus dirigentes se sintieron excluidos. Con los elementos disponibles es imposible, por el momento, deducir alguna influencia papal en esta propuesta “urbi et orbi” de Daniel Scioli, pero bien podría marcar un futuro de interesante análisis dentro de la fuerza. Alentados por similar mensaje de hermandad que emana desde un vaticano identificado con la sonrisa de Perón, muchos de sus referentes podrían verse tentados a recoger el guante arrojado por el bonaerense y clausurar la era de Néstor y Cristina mediante una compulsa civilizada, algo que conllevaría un metamensaje de significado inequívoco: ni los modales ni los métodos impuestos a partir del 25 de mayo de 2003 podrán mantenerse en adelante.
Cuesta pensar que Francisco pudiera aconsejar a los líderes temporales sobre estas cuestiones, pero bien podría resultar una invocación de última ratio para llamar al orden a las ovejas que se apartasen del camino de la convergencia que pretende reinaugurarse dentro del movimiento. Si alguno de los potenciales candidatos aspirara a construir alguna versión electoral por fuera de un peronismo reunificado, el anatema político caería sobre el hereje. “Escuchen el mensaje del compañero Papa”, bien podrían proclamar quienes se esforzasen por devolver algún contenido a la cáscara vacía en que se ha transformado el partido. El inverosímil camarada papal tal vez ni siquiera podría ser consultado positivamente por tales minucias, pero su vigilia permanente sobre los asuntos de este mundo tal vez lo conviertan en el mensajero involuntario de la concordia interna, erradicada tras años de furibundas consignas kirchneristas.