Aldo Ferrer y el modelo económico K

Por Daniel V. González

p11-1La crítica más feroz y el señalamiento más severo pueden pasar por un comentario favorable si se escogen las palabras apropiadas. Esto queda claro si uno lee con suficiente atención el reportaje realizado al economista Aldo Ferrer y publicado esta semana en el diario oficialista Página 12.
Ferrer no es cualquier economista. Es quizá el más prestigioso y prolífico de todos los que han apoyado el programa económico en vigencia. Siendo muy joven asumió como ministro de economía de Oscar Alende en la provincia de Buenos Aires. En aquellos años sostenía una posición afín al desarrollismo, inclinada a la industrialización aunque crítica del peronismo de Perón, al que cuestionaba por su insuficiente potencia industrialista. Luego, en 1970, Ferrer fue ministro de economía del presidente de facto, General Roberto Marcelo Levingston al que, aún hoy, le reconoce ímpetus anti imperialistas.
Muy crítico de la política económica de los años del Proceso, durante el gobierno de Raúl Alfonsín fue convocado para la presidencia del Banco Nación. Posteriormente cuestionó durante su vigencia el Plan de Convertibilidad y adhirió al programa económico actualmente vigente y fue nombrado embajador en Francia, cargo en el que cesó hace pocos meses.

Logros relevantes
Ferrer le reconoce al gobierno, en lo económico, “muchos logros relevantes que le otorgan un apoyo significativo sobre el electorado”. Este comentario no se condice con el resultado de los últimos comicios y, aunque Ferrer no lo aclara, es probable que se refiera al apoyo electoral recibido por el gobierno durante todos los años previos. Ferrer le reconoce al programa vigente una intención industrialista y una recuperación del manejo de los resortes económicos, que él vincula con el ejercicio de la soberanía.
Ferrer ha abrevado siempre en el nacionalismo económico, en la utilización de recursos keynesianos para orientar la economía, en la implementación de subsidios y controles de diversa índole. Ha apoyado siempre –al mejor estilo desarrollista- la existencia de un tipo de cambio sobrevaluado para proteger y estimular a la industria nacional y se ha mostrado firme partidario del manejo estatal de los resortes básicos de la economía como de la propiedad pública de las empresas de servicios públicos y la energía.
Pero a partir de los iniciales comentarios favorables, todo lo que sigue en el reportaje son críticas respetuosas pero sumamente certeras y duras hacia el modelo kirchnerista.

Sustentabilidad del modelo
Dice Ferrer: “los riesgios que se plantean ahora están asociados a la sustentabilidad del modelo”. Señala que hay “que resolver problemas estructurales fundamentales como el energético o el déficit en el comercio exterior de manufacturas”. Y agrega que “también hay desequilibrios macroeconómicos que hay que atender”. Casi nada. Apenas pequeños detalles.
Ante una pregunta del periodista sobre a qué se refiere con “desequilibrios macroeconómicos”, Ferrer le aclara: “Hay una situación muy tensa en las finanzas públicas por la política de subsidios destinados a contener la inflación. También existen tensiones con los precios internos y con el tipo de cambio. (Hay que) sostener espacios de rentabilidad a largo plazo que contribuyan a frenar la fuga de capitales”. Y sigue: “es necesario recuperar la solvencia fiscal y la competitividad”. Esa frase de Ferrer sobre la necesidad de sostener “espacios de rentabilidad” ha de haber horrorizado a Kicillof pues no se trata de otra cosa que de la existencia de un “clima de negocios”, algo que a él le parece horrible, según propia confesión.
A todo esto, el periodista de Página 12 pretende alertarlo sobre la crítica que Ferrer acaba de deslizar y dice: “Ese análisis se asemeja mucho a los planteos ortodoxos”. Y allí el economista habla de la existencia de una ortodoxia irresponsable (¡el neoliberalismo!) y “otra ortodoxia que dice que hay que vivir con lo nuestro y mantener la casa en orden”. Y agrega: “Hay que buscar el pleno empleo, inducir la inversión y apuntar todos los instrumentos al crecimiento. Pero no se construye nada en el desorden ni en un escenario de tensiones”.
Enseguida Ferrer arremete contra los subsidios, unos de los pilares de la economía kirchnerista: “los subsidios deben estar bien focalizados y analizar si se justifican como instrumentos para contener el alza de precios”.



Viento de cola
Inmediatamente el periodista alude al “escenario internacional de crisis donde cayó sensiblemente la demanda (para los productos industriales)”. La respuesta de Ferrer parece de la “opo”: “Así como no es todo viento de cola, no todo es por el viento de frente”.
En el tema de la competitividad, Ferrer se distancia de una modificación del tipo de cambio (devaluación): dice que “hay que apelar a todos los instrumentos necesarios para fortalecerla”. Pero no aclara cuáles son.
Pero las críticas al modelo no terminan ahí. Habla de la necesidad de “una política explícita de incentivos a la inversión privada en sectores estratégicos”. Con incentivos y castigos, según el modelo asiático. Y agrega: “Si no lográs la incorporación de la inversión privada a la reindustrialización y el cambio tecnológico, descansás esencialmente en la inversión pública y de las pymes, que son fundamentales pero no alcanzan”. Y concluye con una frase significativa, para quien quiera oírla: “Los cambios necesarios para el desarrollo, para el crecimiento con inclusión social, creación de empleo y cambio tecnológico no se pueden lograr en un marco de hostilidad continua entre el Estado y los sectores privados”.

Las cosas por su nombre
Ferrer parece temer que su crítica al programa económico pueda ser tomada por “neoliberal” (¡horror!). Pero está claro que su larga lista de señalamientos y objeciones han sido puntualizadas durante años por muchos economistas de corrientes opuestas al populismo.
Antes de partir hacia su destino diplomático parisino, Ferrer era un insistente propiciador de un “tipo de cambio competitivo”, es decir, subvaluado. Luego se tomó un descanso y ahora regresa con esta larga lista de objeciones que en general son muy acertadas.
En consecuencia, le resulta difícil explicar cómo se ha llegado a estos desequilibrios macroeconómicos tan pronunciados. Le es muy complicado establecer una línea argumental que separe lo que él considera “importantes logros” de la política económica K, con los desfases que prolijamente enumera y cuestiona.
Elude hablar con claridad de la reverdecida inflación y sus causas. No habla de la influencia del aumento del gasto público y la emisión monetaria pero advierte que hay que poner la casa en orden y recuperar la solidez fiscal. Dice, por ejemplo, que “la reacción a los problemas se dio cuando éstos eran muy agudos”. Pues bien, cabría preguntar cuándo fue que los problemas comenzaron a ser agudos. O, en otras palabras, si no existe un vínculo causal entre los denominados “logros” y los “problemas agudos”.
Pero esto sería demasiado pedir pues implicaría aceptar que los graves desequilibrios existentes en la actualidad provienen, precisamente, de la etapa previa en la que se descuidó el autoabastecimiento energético, se expandió el gasto público a fuerza de amplios subsidios, se enfrentó al sector privado, se impulsó la inflación y se retrasó el tipo de cambio. Que los problemas actuales tienen un origen en la propia política económica vigente es una verdad que Ferrer no está dispuesto a admitir. Aceptar que fue durante la etapa de supuestos logros cuando se comenzaron a generar los desequilibrios que ahora se manifiestan, crearía severas inconsistencias en su propio discurso.
La política que a Ferrer le parece plausible y a la cual le reconoce apoyo popular es la que nos ha llevado a la situación actual con una larga lista de desequilibrios y amenazas graves en materia de sustentabilidad. Esta es la principal contradicción en su discurso.
Así como el gobierno está atendiendo tarde los problemas económicos, Ferrer también llega tarde con sus apuntes críticos. Pero no se trata de una mera distracción: es la expresión de la inviabilidad de una propuesta económica populista que, tras un período de mieles, ahora encuentra su hora de la verdad.