El almuerzo de los tres pesos

Por Gonzalo Neidal

3 pesosLa inflación es la materia de la que está hecha una inmensa cantidad de los problemas económicos que hoy tiene la Argentina. Para ser algo que casi no merece la consideración de los gobernantes, su mérito no es modesto.
En una actitud displicente y burlona, más propia de María Antonieta que de una gobernante republicana, la presidenta inauguró un comedor de la Casa de Gobierno donde quien trabajan ahí pueden comer por la irrisoria cifra de $ 3,00 (tres pesos). No hay error en la cifra: tres monedas de un peso.
Esta actitud payasesca, displicente y liviana de Cristina Kirchner quizá intenta tomar el pelo a quienes afirman que en la Argentina nadie puede comer con $ 6.00 por día, como afirma el INDEC, o los que advierten por la escalada inflacionaria.
Porque, entre los problemas a futuro de compleja solución que tiene la economía argentina del presente, la inflación se cuenta entre los principales. Si uno mira a su alrededor, si anda por la calle, si conversa con el vecino, si analiza algunas situaciones comerciales que lo rodean, se encuentra con esa vieja amiga de la economía argentina, cuyas visitas son siempre prolongadas y nos conmocionan cada vez que ocurren.
Nueve de cada diez cortes de calles, manifestaciones callejeras, cese de servicios, tomas de establecimientos, tienen su origen en una suba de precios que ha dejado descolocados los salarios y ha originado una medida de fuerza.
La inflación se mete en nuestras casas, aspira nuestros bolsillos y nos llena de angustia cada mes al ver que nuestros ingresos caen al ritmo del aumento de los precios.
Nuestro vínculo con la inflación ha sido siempre complicado. Ella y sus derivados eran temas excluyentes del debate económico durante las décadas de los setenta y ochenta. Ningún gobierno, ni siquiera el de la dictadura militar que contaba con todo el poder, pudo con ella. Pasaban los años y seguíamos enredados en nuestro problema inflacionario.
Con inflación, va desapareciendo el horizonte del largo plazo. Resulta imposible realizar cálculos más o menos certeros sobre rendimientos de un proyecto de inversión. Con inflación desaparece el crédito a largo plazo porque nadie quiere prestar dinero para terminar de cobrarlo un par de décadas después, completamente devaluado.
Pero la inflación también nos trae otros problemas, que hacen a los equilibrios macroeconómicos y que condicionan el conjunto de las variables. El principal: la inflación va haciendo que el tipo de cambio se atrase y esto perjudica crecientemente a los que exportan. Y, en el caso de la Argentina, siempre el sector más perjudicado es el industrial pues siempre ha necesitado el apoyo de un tipo de cambio subvaluado (“competitivo”) para compensar su retraso relativo.
Y un problema va trayendo otro: el dólar subvaluado va quedando barato y, en consecuencia, crece su demanda. Todos perciben que su precio es bajo y todos desean hacerse de la moneda extranjera.
Pero aunque el tipo de cambio se atrase, al gobierno le resulta complicado devaluar: de ese modo ratificaría la tendencia alcista de los precios y la espiral inflacionaria daría una nueva vuelta hacia arriba.
Poco a poco, la inflación se va transformando en una maldición. Es cierto que los gobiernos populistas siempre hablan, en voz baja, de que “un poco de inflación es bueno para la economía”. Algunos prominentes funcionarios del gobierno nacional llegaron a afirmar que “la inflación perjudica a los ricos”, aunque luego no insistieron en esta curiosa visión.
Ahora bien, al momento de señalar el origen de este desbande de los precios, cuyas consecuencias son imprevisibles en el mediano plazo, la visión populista de la economía encuentra una explicación micro económica, conspirativa. La adjudica a los empresarios, a su sed de crecientes ganancias o bien a su voluntad de complicar al gobierno. Es una explicación rara sobre todo para un gobierno que es tan severo con los empresarios, que se relaciona con ellos a través de un personaje como Guillermo Moreno, que mañana y tarde se empeña en disciplinarlos.
Para el gobierno y sus economistas afines, la inflación no tiene nada que ver con la emisión monetaria. Y ésta, no está ocasionada por un gasto público en expansión. No: son oscuros intereses los que atentan contra la economía a través de la suba de precios.
Pero, además, la inflación no es reconocida como un problema de envergadura porque, después de todo, es insignificante. A quienes dudan de su módica magnitud, ahí está el INDEC para atestiguarlo. Y, por si eso fuera poco, ahí está el comedor de la Casa Rosada, donde uno puede almorzar por módicos tres pesos.