Retorno de una larga siesta tanguera



Por Gabriel Ábalos
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IMG_7280Con la memorable actuación del sexteto porteño Astillero, el sábado, concluyó en Cocina de Culturas el Festival de Tango Alternativo El Banquete, una producción que apunta a acercar al público cordobés algunos de los hitos de la evolución de la música de Buenos Aires post-piazzolleana. La experiencia promete repetirse en 2014, como espacio puntual para un movimiento amplio y rico que comprende proyectos floreciendo en varios puntos del país, sin omitir a Córdoba.

Seis solistas
La noche de cierre permitió una toma directa de la música de Astillero, sexteto que dirige el pianista Julián Peralta y que integran Mariano González Calo y Diego Maniowicz en bandoneones, Alicia Alonso en violín, Luciano Falcón en cello y Federico Maiocchi en contrabajo, quienes probaron aquello de que la muerte del tango no era otra cosa que una larga siesta. La audición fue un genuino privilegio para el numeroso público de la última velada. Astillero mostró garra, emoción, creatividad y la bravura de un puñado de instrumentistas excepcionales con la camiseta puesta y transpirada por el equipo. Esto sin contradecir lo expresado en una entrevista, tras el concierto, por Julián Peralta: que “no siempre se trabaja en equipo, es un grupo donde se escribe para seis solistas”.

La entrega
La orquesta presentó en Córdoba temas de sus dos discos editados, y adelantaron composiciones de su último trabajo, Registros de Balvanera, un Astillero ataviado con orquesta de cuerdas. Dichos adelantos son obra de cuidadosas adaptaciones, debido a la necesidad de reducir la versión a sexteto, una tarea que aún no se hizo con todos los temas. Fueron muy buenas muestras Línea de tiempo, el onomatopéyico Paribum, donde el motivo rítmico citado en el título salta entre los instrumentos o Fetiche (en versión cuarteto, sólo un bandoneón y sin piano), bello trío de las cuerdas que arranca en el cello y recoge un doliente bandoneón para crecer hasta alcanzar un pico de entrega de los cuatro músicos. Y A suerte y verdad, pieza en la que conviven el impulso rítmico (con algo de ostinato piazzolliano esta vez) y el lírico, tras negociar sus reinos. Estos y otros temas de sus discos anteriores plantearon una sucesión de texturas del sexteto, que peló un arco extraordinario para describir su “tango de ruptura” en poco más de una hora de concierto.

Volver
El director del grupo hizo mención al contexto de surgimiento de Astillero, señalando la centralidad popular que tuvo el tango en los años 40, 50, y el posterior alejamiento de la juventud en los 60, encandilada por otras músicas urbanas y foráneas de moda. “En los 90 –dijo Peralta- tuvimos que ponernos en actitud de resistencia cultural, prácticamente lo único de bueno que tuvo esa década, y volvimos al tango, que no tenía la culpa de ese alejamiento de la juventud. Tuvimos que pasar una década estudiando a los grandes maestros, para luego hacer música nueva, o seguir profundizando la búsqueda, para mostrar un cacho de nuestra realidad, cómo disfrutamos y cómo sufrimos nuestras ciudades hoy”, dijo, antes de ir hacia el cierre de la noche con toda la carne a la parrilla.

Tango a remo
La energía, la actitud de los músicos en escena la noche del sábado parecía brotar de una lucha de cada uno de ellos por arrancar el sonido exigido a su instrumento, usando todo el cuerpo para conseguirlo. Para Peralta, referirse como “energía rockera” a esa intensidad de los músicos es erróneo. “Si vos veías a la orquesta de D’Arienzo empujar, había una energía tan rockera como la nuestra, o sea era rockera antes del rock; igual los cuatro fueyes de Pugliese, cuando tocaban decían que iban a romper los bandoneones, de hecho lo hacían: el ‘Tano’ Ruggiero tiene la anécdota de haber roto cuatro bandoneones en una noche. Un poco exagerado, tal vez, pero posible. Uno se siente identificado con la generación que ocupa y con el contexto que uno vivió, pero no es necesariamente ‘joven’ ponerle polenta, ni todo lo joven es necesariamente rockero. Nosotros grabamos en nuestro segundo disco con Leopoldo Federico, y no sabés: tocar con Leopoldo, con 85 años, lo que era, no podías controlarlo; la función del piano normalmente es ir sosteniendo el ritmo, y Leopoldo te empuja como un caballo”, dijo el músico. “Si es por actitud arriba del escenario, creo que se da porque nosotros tenemos una vida de remar, no sabés lo que es hacer música en estos días, hay que tirar para adelante y empujar, porque todo el tiempo es lucharla, sostenerla”, concluyó el líder de los Astilleros.