La soledad de Cavallo

Por Daniel V. González

domingo_cavallo_Recientes dichos de sendos prominentes representantes de los dos principales partidos de Córdoba son sumamente reveladores del aislamiento político y, sobre todo, ideológico de Domingo Cavallo, inesperado candidato a diputado por el partido de los hermanos Rodríguez Sáa, desde Córdoba.
En respuesta a una observación de Cavallo, Carlos Caserio, candidato por el oficialismo local, acusó al ex ministro de economía de haber “desindustrializado el país” durante su gestión en los años noventa.
El radical Oscar Aguad salió a responderle diciendo que Juan Schiaretti (que encabeza la lista que integra Caserio), fue Secretario de Industria en ese tiempo que, también él, calificó como de desindustrialización.
Ninguno de ambos, claro está, hizo mención a que Domingo Cavallo fue ministro del gobierno peronista de Carlos Menem (apoyado por Caserio) y luego del gobierno radical de Fernando de la Rúa (respaldado por Aguad). Ambos candidatos suscriben en este punto la versión propalada por el gobierno nacional en el sentido de que los noventa fueron años de desindustrialización y devastación productiva.
Si uno revisa el espectro político argentino concluye rápidamente en que salvo Domingo Cavallo, nadie reivindica ni siquiera aspectos parciales de la política económica de aquellos años. Su demonización es completa y absoluta y se trata de un valor sobreentendido de que durante los noventa no hubo más que enajenación del patrimonio nacional y destrucción fabril y productiva. Ningún político de relevancia, ni siquiera los que irradian algunas ideas de un funcionamiento económico más libre, sustentado en la empresa privada y distante del estatismo, se atreven a argumentar a favor de aspectos, aun parciales, de la economía de aquellos años.
En tal sentido, la soledad de Cavallo es completa y absoluta. Ni Carlos Menem insinúa alguna defensa. Ni qué hablar de políticos, gobernadores y legisladores que tuvieron un papel protagónico en ese tiempo. Entre ellos, no pocos kirchneristas.
La política económica de los noventa ha quedado instalada en una ancha franja de la conciencia colectiva como la causa relevante del estallido de 2001. Esta interpretación de los hechos económicos del pasado reciente olvida considerar la situación de la economía durante los años previos a la convertibilidad: el tiempo de Alfonsín, del proceso militar, y de Isabel Perón, por no ir más hacia atrás.
Cualquiera que tenga suficiente edad, memoria y un mínimo de objetividad podría recordar cuál era la situación de la economía argentina al momento en que la fue lanzada la convertibilidad, en abril de 1991. La hiperinflación había hecho estragos al final del gobierno de Alfonsín y en los primeros años del de Menem. El gasto público era incontrolable, las empresas del estado, una calamidad nacional por largas décadas de desinversión y sobreempleo. La inflación era un flagelo desbordado, el presupuesto nacional no existía pues carecía de sentido echar números que fueran devorados por la inflación. Ciertamente la situación previa a la convertibilidad no era un jardín de rosas.
La convertibilidad vino a poner orden en una economía desencajada. Detuvo la inflación y ello impulsó la producción y el consumo. Las exportaciones se triplicaron durante. El agro desarrolló tecnologías y eficiencia que luego, en la década siguiente, le permitió capitalizar con mayor producción el alza de los precios internacionales. El sector energético acumuló reservas que permitieron durante la década siguiente practicar una política de bajos precios al público. Las privatizaciones dotaron de eficiencia a sectores abrumados por la desinversión y el retraso tecnológico.
Hay que recordarlo: fue esta política económica lo que hizo que Menem ganara las elecciones de 1991, 1993, 1994 (constituyentes) y la reelección de 1995. Tal el apoyo popular que obtuvo. Menem y Cavallo triunfaron ahí donde todos los demás habían fracasado. La estabilidad duró 10 años, mucho más que cualquier otra política económica implementada desde la posguerra.
La acumulación de tensiones aconsejaba reajustes que nadie quiso realizar. Corregir la convertibilidad era mala palabra. Se le exigía que durara para siempre. La expansión del gasto público en el último tramo del gobierno de Menem y las devaluaciones de varias monedas en todo el mundo (el peso mexicano, el yen, las monedas asiáticas, el rublo y finalmente la moneda brasileña), fueron acumulando tensiones imposibles de resolver en una situación de debilidad política como la que se había apoderado del gobierno de De la Rúa.
En esa situación, todos miraron hacia Cavallo. Más del 70% de la población pensaba que sólo él podía enderezar nuevamente la economía. Cavallo, con un exceso de confianza y una subestimación de la situación política, aceptó el desafío. Pero no pudo. Y sobrevino el estallido del 2001, crisis cuya profundidad siempre se ha exagerado en cuanto a sus efectos estructurales.
Los economistas y políticos estatistas respiraron aliviados pues esta crisis les permitía demostrar, según sus puntos de vista, no sólo que la convertibilidad no era para siempre sino que también la reforma del estado y las privatizaciones eran inapropiadas. Todos tomaron distancia de lo que, hasta entonces, era motivo de disputas por su paternidad.
Todos condenaron las políticas de los noventa. El kirchnerismo en primer lugar. Pero también el peronismo no-kirchnerista, como puede verse en los dichos de Caserio. Y es este el principal punto de unión ideológica entre oficialismo y oposición: la aceptación de políticas económicas con gran dosis de estatismo, que fueron las que llevaron a la situación de ingobernabilidad previa a la convertibilidad.
Y en este escenario, con el sambenito sobre su cabeza, Cavallo tiene la osadía de reaparecer.
No le escapa al debate de aquellos años pero tiene los ojos puestos en el presente económico, sobre el que opina, advierte y propone. No habla con eslóganes ni con frases hechas. Incluso hace propuestas contrafácticas sobre aquellos años de crisis. Es un gladiador solitario con el que nadie quiere discutir. Se pretende que, para refutarlo, alcanza con el mero recuerdo del 2001.
La marcha de la economía dirá de qué lado está la razón. Y esto será más temprano que tarde.