La consigna de la hora: todos contra Massa



Por Pablo Esteban Dávila

ilustra maza y sciioliEn la provincia de Buenos Aires, antes de Sergio Massa todo parecía bastante claro. De un lado estaban los pretendidamente buenos (Francisco de Narváez el más connotado), del otro los pretendidamente malos (la presidente Cristina Fernández con un largo etcétera por detrás) y, en algún rincón, el dirigente “ni chicha ni limonada” (Daniel Scioli). A su modo todos eran felices. Los malos haciendo maldades y los buenos intentando que dejen de hacerlas. Con sus argumentos a cuestas, cada uno imaginaba un futuro mejor sin el otro.
Hasta que llegó Massa. Con su inexplicable aura de popularidad. Con su promesa de llevarse puestos a los buenos y los malos. A modo de que sucede con los GPS ruteros cuando los conductores equivocan el camino, tanto el kirchnerismo como la oposición debieron comenzar a recalcular la ruta a seguir. Las cosas ya no son lo que eran; el debate maniqueo con el que se planteaba la confrontación electoral probablemente deba ser reconfigurado a tono con el recién llegado.
La candidatura de Massa estuvo rodeada de una gran dosis de misterio pese a que, con el diario del lunes bajo el brazo, ahora todos pretendan haber conocido sus intenciones originales. La verdad es que el hombre amagaba desde hacía rato con postularse, pero sus indefiniciones habían logrado que el imaginario colectivo terminara por situarlo en las proximidades metodológicas de Scioli, una posición desde la cual –se sospechaba– no molestaría en lo inmediato. Pero finalmente decidió jugar, una posibilidad que ninguno de los contendientes ya instalados deseaba en absoluto que sucediese.
Ni De Narváez ni los cristinistas estaban preparados para lo que finalmente sucedió. Massa pretende ser una cuña discursiva entre ambas posiciones, asumiendo que el electorado bonaerense percibe en su figura una síntesis simbólica en eso de mantener lo bueno del modelo y corregir lo que parece no serlo tanto. Esta pretensión es compleja de atacar, pese a que, cuando se escarba un poco en ella, las diferencias con las ideas de la oposición no parecen diferir demasiado. No obstante, en política no ganan quienes tienen los pensamientos más profundos sino quienes se posicionan mejor. Cuando alguien ocupa de pronto las alturas desde donde se domina mejor el escenario, pues entonces debe ser expulsado rápidamente por sus competidores, bajo el riesgo de perder la batalla. Ha llegado el momento de darle masa a Massa.
En la vida democrática, son las palabras las armas apropiadas para llevar a cabo este tipo de desalojos. Y los contendientes no privaron de usarlas tan pronto la amenaza se volvió real. Desde el kircherismo, uno de los primeros en hacerlo fue el vocero de Carta Abierta, el intelectual Ricardo Forster. El ahora candidato a Diputado por la Capital Federal no se anduvo con chiquitas. Dijo que Massa fue “un error” de Cristina y de Néstor, y que el intendente de Tigre “nunca estuvo compenetrado con las estructuras fundacionales del kirchnerismo”, identificándolo con la “visión conservadora neopopular de derecha con matriz liberal que funcionó en los ’90”. Todo un insulto. El ministro Julio de Vido también aportó lo suyo, afirmando que los candidatos como Massa expresan un “proyecto contrario” a las linduras de la “Asignación Universal por Hijo, las reestatizaciones de YPF y Aerolíneas, la Ley de Medios y la reforma judicial”. Sin embargo, el más didáctico fue el presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, quien redujo la cuestión al principio aristotélico del tercero excluido: “los que no son candidatos del Frente para la Victoria están en contra del proyecto”. Carta Abierta debería sumarlo a sus filas.
La oposición, por su parte, lo atacó desde varios flancos. De Narváez prefirió hacerlo desde la historia clásica, lanzando la sospecha sobre que Massa pueda llegar a ser “el Caballo de Troya de Cristina” para lograr su reelección, sugiriendo además que se trata de “kirchnerismo encubierto”. A estas críticas se les sumaron las del diputado nacional Gustavo Ferrari, quien prefirió destacar la pureza ideológica del espacio que integra: “El denarvaísmo tiene una lista coherente, de candidatos homogéneos, que representan una opción claramente opositora a este gobierno nacional. (La lista de Massa) es un crisol de candidatos heterogéneos donde todos piensan diferente”. Más hacia la izquierda, Margarita Stolbizer, candidata del Frente Progresista Cívico y Social, embistió desde la duda metódica: “No se sabe si es oficialista u opositor”. Para no ser menos, también desde el PRO se dijo lo suyo. El economista Carlos Melconian (una de las “viudas” de Macri tras sus indefiniciones en la provincia de Buenos Aires) prefirió la tercera vía peronista: “Mauricio me pidió que no me hagan hablar mal de Scioli ni de Massa”, una confesión sobre que, si pudiera, tampoco diría cosas alentadoras sobre ellos.
Pero, de entre todos los damnificados por la candidatura de Massa, es Scioli el que ha quedado peor parado. Si el intendente de Tigre llegase a triunfar, la posición del gobernador como presidenciable quedaría muy comprometida a menos, claro está, que una amplia derrota en octubre hiciese comprender a la presidente que la única chance de retirarse con alguna dignidad sería designar al bonaerense como su sucesor. Sin embargo, aún no existen señales que esto podría llegar a ocurrir, por lo que las actuales preocupaciones del gobernador son pertinentes. Quizá por este hecho se haya visto obligado a explicar su extraño comportamiento antes del cierre de listas, cuando se sabe que conversó con Massa sobre la posibilidad cierta de acompañarlo en su empresa electoral. “No soy esclavo, ni opositor, soy colaborador”, fue la justificación utilizada ayer para continuar en la vereda del Frente para la Victoria, pese de los permanentes destratos que recibe desde el sector.
La única estrategia razonable que le queda al bonaerense por estas horas es tratar que a Massa no le vaya del todo bien. En su lógica, y ya excluido del juego electoral inmediato, es preferible que De Narváez logre una buena performance antes que lo haga el intendente. Si, asimismo, Martín Insaurralde hace pato, mejor que mejor: el gobernador sería el único que, nominalmente kirchnerista, habría salvado la ropa en medio de la debacle. Por tal motivo, no debería sorprender a nadie que Scioli atacara –aunque con su característica mesura– a Massa durante la campaña. Ayer lo hizo, descalificando precisamente la primera definición concreta del intendente respecto a que no apoyaría una reforma constitucional para permitir la reelección de la presidente: “Cristina fue clara… Entiendo que haya ansiedad en buscar definiciones, pero no discutamos cuestiones abstractas que no están en agenda”.
El tema no es menor en lo que a Scioli respecta: la única carta fuerte que le queda en su baraja es confiar en que el proyecto reeleccionista caiga por su propio peso tras los resultados de octubre. Confía en que, al final y después de tantos disgustos, el kirchnerismo terminará decantándose por él ante la perspectiva de perder por paliza en 2015. La otra posibilidad, esto es, ser el líder de una oposición moderada, acaba de ser virtualmente amputada por la irrupción de Massa: forzado por las circunstancias, al gobernador no le queda otra que continuar formando parte del risible proyecto nacional y popular del que hace rato no se siente parte.