Cuando los partidos piden auxilio



Por Gonzalo Neidal

P1090411La propuesta realizada por tres fuerzas políticas a una popular locutora radial, ha actualizado nuevamente el debate acerca del rol, la pertinencia y la razonabilidad de la presencia en la política, propuestos a los más altos cargos electivos, de hombres y mujeres cuya popularidad se ha forjado en actividades completamente ajenas al quehacer político.
Así, personajes populares, conocidos ampliamente por el gran público y apreciados por él, que en muchos casos jamás revelaron inclinación alguna por la política y que jamás opinaron públicamente sobre temas sustanciales, son tentados por los partidos, que le abren la puerta a candidaturas espectables para cargos prominentes. El tema se presta para la polémica desde diversos ángulos.
Hay quienes censuran esta posibilidad por diversos motivos. Muchos lo ven como un intento de los partidos para dotar a sus listas de candidatos de una frescura, simpatía y honestidad de la que carecerían si sus grillas estarían integradas exclusivamente por las figuras conocidas e incluso desgastadas, cuando no desprestigiadas por su paso por el poder. Las nuevas figuras, ajenas a las fricciones de la lucha, muestran rostros poco ajados, lozanos y frescos, incontaminados y, en la mayoría de los casos, insospechados de los vicios que normalmente se atribuyen a los políticos tradicionales.
Así, los “outsiders” contarían con una ventaja estimable en momentos en que la política está impregnada por los vahos de la corrupción. Ellos ofrecerían una presunción de honestidad que, se pretende, operaría como una garantía insobornable de buen comportamiento futuro para la lista completa de los candidatos del partido.
Otra de las objeciones apunta a señalar la falta de experiencia de los recién llegados, su condición de no versados sobre los temas propios de la política, su escaso conocimiento sobre los problemas que deberán afrontar como legisladores o como responsables de áreas importantes de un gobierno.
Los nuevos incorporados siempre obvian el escalafón tradicional para hacer carrera: pegar afiches, llenar colectivos para concurrir a actos púlicos, controlar una franja territorial, hacer méritos diversos durante largos años para finalmente acceder a un cargo electivo como concejal y luego aspirar a un lugar en la legislatura provincial y, posteriormente, abrigar la pretensión de un cargo nacional. Frecuentemente, los dirigentes partidarios de segunda línea se sienten recelosos de los que llegan sin pasar por estos trajines de rigor.

Menem lo hizo
A nivel nacional, ha sido Carlos Menem el que inauguró este mecanismo de selección de candidatos. Y con bastante éxito. Ramón Palito Ortega fue consagrado gobernador de Tucumán por el voto popular y luego fue candidato a vicepresidente acompañando en 1999 a Eduardo Duhalde para finalizar su carrera como senador nacional. Carlos Reuteman fue dos veces gobernador de Santa Fe y actualmente senador nacional. También se dio el lujo de renunciar a la posibilidad presidencial al no aceptar la candidatura que le fuera ofrecida para 2003.
Está también el caso de Daniel Scioli, que fue diputado nacional a partir de 1997, secretario de turismo y deporte de la Nación, vicepresidente y actualmente gobernador de Buenos Aires, en segundo período. Tiene también firmes y sólidas aspiraciones a la presidencia de la Nación para 2015.
Después de la crisis entre el gobierno y el campo en 2008, algunos representantes del sector accedieron a cargos legislativos y existen también periodistas, economistas, empresarios, deportistas, actores, humoristas y amas de casa que han accedido a cargos electivos sin mayores antecedentes en el mundo de la política.
Las objeciones por la supuesta falta de experiencia, entonces, parece naufragar por la abundancia creciente de personajes provenientes de diversos ámbitos que desembocan en cuerpos legislativos y ejecutivos sin desentonar demasiado respecto del nivel habitual que puede observarse entre los políticos con origen tradicional.
Los observadores y comentaristas se suman casi siempre a muchos políticos tradicionales a la hora de manifestar su escepticismo cuando ven desembarcar a estos personajes extraños al ámbito convencional de la actividad. Lo ven como una suerte de “farandulización”, como un avance de la frivolidad sobre los temas serios que son materia de las disputas del poder.
Por supuesto que hay algo de cierto en la creencia de que los partidos buscan refrescarse con la incorporación de candidatos incontaminados, llegados desde mundos ajenos a la política. Es cierto que buscan beneficiarse con una simpatía popular hacia los recién venidos, que nada tiene que ver con sus opiniones políticas previas, muchas veces inexistentes.
Cada uno de los más importantes partidos de Córdoba han recurrido a esta táctica: el radicalismo, el juecismo, el peronismo y también el PRO han incluido en sus listas a gente que debe su instalación en el conocimiento del público a otras actividades, muy diversas y distantes del mundo al cual se incorporan.
Es probable que muchos de los votantes se sientan más identificados con ellos, con los que llegan, que con los de siempre, con sus prestigios ajados, desteñidos o simplemente deteriorados por el paso del tiempo y las presunciones –justas o no- que los acompañan: ineficacia, corrupción o poca contracción a trabajar por el bien común.
En cualquier caso, nada está escrito. Serán los votos los que decidirán el apoyo con que cuentan y será lo que haga cada uno de ellos en sus nuevas funciones lo que determinará si su paso a la política será o no un acierto.
Con las nuevas caras, probablemente se vaya consolidando la idea que la política es algo demasiado importante como para que quede en las exclusivas manos de los políticos.