El sistema de partidos

Por Martín D’Alessandro(*)

p09-1Es sabido que el regreso de la democracia en 1983 significó el nacimiento de una nueva fase en el desarrollo político de la Argentina. El sistema de partidos que se confirmó a nivel nacional fue un bipartidismo peronista- radical estable, fuertemente competitivo y con liderazgos nacionales muy acentuados. En los años noventa, la aparición de terceros partidos parecía poner en jaque el esquema peronista-radical, pero la formación de la Alianza fortaleció la estructuración de la pauta de competencia bimodal.
Luego, la crisis de 2001 pareció hacer estallar en pedazos el sistema partidario, pero el tiempo y la estructura institucional –básicamente, el diseño federal y el sistema electoral– hicieron del caso argentino uno muy distinto al de Venezuela o Ecuador, donde todos los partidos tradicionales prácticamente desaparecieron. En efecto, a pesar de las transformaciones de los ‘90 y del cimbronazo de 2001, el sistema de partidos muestra fuertes signos de estabilidad: los protagonistas principales siguen siendo, en primer lugar, el justicialismo y sus variados realineamientos y, en segundo lugar, el radicalismo.
Los terceros partidos con aspiraciones nacionales (UCD, Frepaso, APR, Recrear, CC, PRO) a pesar de que pueden ser fuertes en las grandes ciudades y/o en los medios de comunicación, desaparecen o se debilitan porque se ven desalentados por la tendencia del diseño institucional a favorecer a los partidos grandes. En 2003, a pesar de que tanto estos factores institucionales como el hecho de que el PJ no fuera afectado por la crisis del “que se vayan todos” alentaban la continuidad, el kirchnerismo interpretó que su propio surgimiento se daba en un contexto de descomposición del sistema de partidos y que su voluntad podría reestructurarlo a su gusto.
Sobrevalorando que las elecciones de ese año mostraron la mayor desconcentración electoral de la Historia Argentina moderna, y ante un peronismo que creyó que se escindiría definitivamente, el kirchnerismo fantaseó con una estructura de competencia política más a tono con su aspiración de renovar la política: un polo de centroderecha y otro de centroizquierda.
En este último polo el kirchnerismo podría absorber a la declinante UCR, y de allí los intentos de incluirla primero con la Transversalidad y luego con la Concertación Plural. Sin embargo, estos intentos estaban destinados de antemano al fracaso: ni el Gobierno estaba en condiciones de deshacerse del peronismo de derecha ni la UCR, más allá de algunas estrategias personales, diluiría su centenaria identidad dentro del peronismo, sobre todo en el marco de un diseño institucional que la favorecía (y la favorece) como principal partido de oposición.
Los principales cambios en el sistema de partidos se dieron, paradójicamente, por lo que fue sucediendo adentro de los mismos. En términos generales, hay bastante acuerdo entre los politólogos en que una de las principales falencias del sistema de partidos argentino en los últimos años es la fragmentación partidaria interna, que hace que los partidos nacionales funcionen en realidad como federaciones de partidos provinciales.
Esto trae algunas consecuencias negativas: la “territorialización” o “provincialización” del sistema de partidos –que deliberadamente se profundizó en el país a partir de 2003– desincentiva la institucionalización tanto de los partidos hacia adentro como del sistema de partidos, porque afecta negativamente la responsabilidad electoral en la medida en que al tener partidos más imprevisibles –hoy nadie puede anticipar ni esperar coherencia ideológica o programática en las estrategias partidarias a través de los distritos–, hay incertidumbre en el sistema político, la política electoral es más errática y construir legitimidad democrática es más difícil. Es lo que se llama un sistema de partidos rudimentario o no institucionalizado.
Teniendo en cuenta todo esto, y como ha sostenido Andrés Malamud, al sistema de partidos argentino hay que observarlo y analizarlo en varios niveles simultáneos: a nivel presidencial hay un partido predominante (el PJ, por supuesto); en el Senado lo mismo; en Diputados hay un multipartidismo moderado, y a nivel provincial hay un PJ dominante, una UCR presente, y terceros partidos muy localizados (como los partidos provinciales, el PS y el PRO).
La década kirchnerista no ha renovado ni generado beneficios democráticos en esta materia: por un lado, el Gobierno ha relativizado la importancia de los partidos políticos (empezando por el propio) y ha profundizado la desnacionalización de la política a través de su sistema de distribución de los recursos estatales centrado en los municipios, lo cual profundizó aún más la fragmentación partidaria.
Por otro lado, el desconcierto, la falta de ideas, la especulación miope y una vanidad parroquial han mantenido a la oposición atomizada durante diez años. Como consecuencia de todo ello, el sistema de partidos goza de una salud bastante precaria: además de poco previsible, es menos competitivo y ofrece menos oportunidades de producir propuestas y/o liderazgos a nivel nacional.
Ahora bien, ¿se producirán cambios significativos en el sistema de partidos de aquí en adelante? Todo parece indicar que ni factores endógenos al sistema de partidos (cambios profundos en las preferencias de los votantes, fusiones partidarias, coaliciones electorales y de gobierno novedosas) ni factores exógenos (la reforma política de 2009, los actuales avances contra la Constitución y el régimen democrático, la todavía incierta elección popular de miembros del Consejo de la Magistratura) vayan a afectar la cantidad de partidos que podrán acceder a cargos gubernamentales o formar coaliciones parlamentarias.
En definitiva, tenemos un sistema de partidos posbipartidista, territorializado, poco institucionalizado, poco ideológico, imprevisible y con dificultades para producir liderazgos o generar cambios profundos. Una situación que no invita precisamente al optimismo.
(*) Profesor de Ciencia Política de la UBA e investigador del CONICET.

Publicado en El Estadista