El guitarreo sobre la unidad latinoamericana

Por Gonzalo Neidal

La unidad de América Latina es un antiguo objetivo que figura en las plataformas de casi todos los partidos con sesgo popular de la Argentina. Los intentos siempre fracasaron o fueron parciales, mezquinos. En los años cincuenta, Perón planteó el ABC, un bloque formado por Argentina, Brasil y Chile, que no prosperó. Luego, en los sesenta, llegó la ALALC (Asociación Latinoamericana de Libre Comercio), transformada en ALADI (Asociación Latinoamericana de Intercambio), que también se frustraron rápidamente.
Fue el Mercosur, fundado por el Acta de Asunción en 1991, el proyecto más exitoso hasta el momento. Y se firmó bajo la presidencia de Carlos Menem y la gestión de Domingo Cavallo como canciller. Aunque sólo incluía a cuatro países, integró en un mismo bloque a Brasil y Argentina, los más poderosos, cuya presencia es casi una garantía de continuidad y éxito. Antes del Mercosur, justo es recordarlo, los primeros pasos fueron dados en 1985 por los presidentes Alfonsín y Sarney, que firmaron varios protocolos de integración, que sirvieron como base al Mercosur que además añadió a Uruguay y Paraguay.
Los avances fueron notables durante los noventa. Se estableció un arancel externo común y se comenzó a hablar de una moneda única, objetivo ambicioso y lejano pues supone la consolidación de avances decisivos como la coordinación de las políticas macroeconómicas y, con el tiempo, la existencia de organismos supranacionales con capacidad de decisión.
Para los gobiernos kirchneristas, la unidad de América Latina siempre ha figurado en lo alto de sus banderas políticas. Es que se trata de un ideal que remite a San Martín y Simón Bolívar, a Antonio José de Sucre y José Gervasio Artigas, a las luchas contra el colonialismo español y a la creación de un bloque político y económico que dispute la hegemonía continental a los Estados Unidos.
Pero tanta poesía épica no ha sido correspondida por este gobierno con los pasos políticos necesarios tendientes al fortalecimiento del más sólido y antiguo espacio que podría ser el núcleo motor de la unidad de los países al sur del Río Bravo.
Para ello, basta repasar algunos hitos importantes en la relación con nuestros vecinos. Respecto del Uruguay, es inevitable recordar la chapucería con la que se manejó el tema de la pastera Botnia. Néstor Kirchner se puso al frente de la reivindicación de los vecinos de Gualeguaychú y tuvo la intención, no lograda, de transformar el problema en una causa nacional casi equivalente a Malvinas.
Con Paraguay ocurrió otro tanto. El senado de este país hermano no había hecho lugar al pedido de Venezuela de ser admitido como miembro pleno. Cuando el presidente Fernando Lugo fue destituido, por iniciativa de nuestro país Paraguay fue excluido del Mercosur. Removido este obstáculo, inmediatamente fue aceptada la incorporación de Venezuela, de un modo tramposo y por razones de afinidad política. En una insólita intromisión en los asuntos internos de un integrante del Mercosur, nuestro país tomó la iniciativa para su exclusión, aunque ella también fue acompañada por Brasil y Uruguay. Lugo fue destituido conforme a la ley paraguaya, sin mayores reclamos de ninguna de las partes, ni siquiera del propio Lugo. La posterior elección de un nuevo presidente confirmó la instiitucionalidad del desplazamiento, realizado por ambas cámaras, con la confirmación de la Suprema Corte paraguaya.
Con Brasil, las rispideces van creciendo día a día. Para sólo tomar los últimos hechos, es inevitable que mencionemos el caso de Vale, el grupo económico que había decidido realizar una importante inversión en Mendoza, para la extracción de potasio. Las razones de su deserción fueron evidentes: los brasileños no hacen beneficencia. El debarajuste del tipo de cambio los obligaba a traer dólares a 5 pesos para luego tener que recuperar la inversión con dólares a 9 pesos.
Luego vino el fracaso por la frustrada venta de las instalaciones locales de Petrobrás a Cristóbal López. Y quizá fue esto lo que hizo a la presidenta decidir la expropiación del Tren de la Costa, servicio explotado por la brasileña América Latina Logística (ALL). Quedan también las innumerables fricciones aduaneras perpetradas por Moreno aunque luego tuvo que retroceder por las represalias brasileñas.
Argentina siente afinidad con Venezuela, Bolivia y Ecuador. Son los gobiernos que verdaderamente le gustan y con los que tiene mayores coincidencias políticas e ideológicas. Porque son las palabras lo que verdaderamente parece importar. Las declaraciones, los comunicados, los gestos, más que la consolidación efectiva de un espacio político y económico potente y sólido.
La unidad sudamericana, si eso es lo que efectivamente se busca, no puede depender del signo político circunstancial de los gobiernos de estos países. Es una bandera de largo aliento que supera toda consideración coyuntural y demanda ser pensada en términos de décadas, de objetivos estratégicos de largo plazo, intereses permanentes. Pero para este gobierno, lo que importa son las puras declaraciones, la tribuna, los discursos y las menciones a la lucha de San Martín y Bolívar.
Como si eso relevara a nuestra generación de hacer la parte que le corresponde. Porque una cosa es el guitarreo inconducente y otra muy distinta trabajar para lograr lo que se declama.